Hot Parade

Siempre me gustó recortar. Gran parte de mis libros guardan reseñas, entrevistas, artículos y, por desgracia, una progresiva cantidad de obituarios.

Siego revistas, agrupo postales, tomo esto y aquello y lo dejo en una caja de zapatos.

Me fascinan los libros de Sebald, donde las fotos son parte de la historia y se abren como mapas o telas de araña.

Porque no tengo ánimo para las tijeras y la goma arábiga, estar sentado me consuela y poder reunir, por simple capricho, imágenes, vídeos y música es como bailar con el mundo, he abierto un álbum virtual de recortes.

Se llama Hot Parade. Es, como indica la traducción textual, un desfile caliente de sensaciones físicas y también un hit parade de lo que voy recolectando en estos días de mareo y pérdida.

Las palabras, escasas o excesivas, seguiré anotándolas aquí, y mis fotos, cada vez menos, cada vez peores, seguirán apareciendo, en silencio, en Flickr y, con algún somero comentario, en Cadena de Huesos.

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Aquí

rendido aquí
ante los charcos de lluvia

los dedos índice heridos tras doblarte
y la música portátil de los Rolling Stones
tan idiotas tan sagrados tan malasombra en 1970

aquí escribo
nuestra biografía

crucificado
aquí ante los tomavistas
ceñido al rótulo Se Vende

como un lisiado a las muletas
de la sangre antigua derrochada

aquí ardo
en el lado oscuro
“para gloria de las artes”

según consta en el monumento ecuestre
con sus fauces de caballo

sobre la mandolina
de los niños jugando
aquí rapto

la floresta
soñando almendras

aquí en la orfandad de tus canas
en el compás de espuma
hundida atada

mía
aquí escribo

la única cifra
el número de un culto
la ceremonia de tu nostalgia

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Difunto

No busques a nadie, opta por la primera persona que encuentres, opta por la primera idea que tengas.

El rock trata casi siempre sobre trasladar grandes cajas negras de un lugar a otro de la ciudad en la parte trasera de tu coche, tu propio coche, O SEA QUE no hace falta nadie para conducirlo porque puedes hacerlo TÚ MISMO.

A veces llevas el cadáver de uno de tus hijos en una de esas cajas y no recuerdas quién lo ha metido ahí, tan bien doblado que parece esperar que lo despiertes con tierra o que llame por teléfono uno de sus limpios amiguitos.

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Las únicas canciones que valen de algo son aquellas por las que transitan personajes que saludan al perro, piensan en profetas, viven en un mundo sin electricidad, aseguran que el asesinato es una forma de protesta social, dejan de escuchar para siempre los discos de Neil Young, entran en un bar y hablan con la camarera, compran una camiseta con la inscripción: I like The Kinks, life stinks, saben quién era Sugar Ray Robinson… Personajes peligrosos como lápidas.

El rock es mala poesía pero, gracias a dios, la vierten sobre primitivos ritmos folklóricos, es decir, la redimen.

Y al final regresas a tu cuarto: para matarte o para quedarte dormido.

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No es verbal, no es narrativo, no pierdas el tiempo pensando cómo es.

La ropa interior del rock debe estar sucia; el alimento, amargo; el futuro, muerto.

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Escenarios recurrentes: casas humildes, bares sin posters de John Lennon en las paredes, cañaverales en las riberas de un río contaminado….

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Nunca te vistas de rayas, nunca uses zapatillas: contraste y botas.

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duerme, niña, duerme, no dejes que la sierra te despierte
envuelve en tus sábanas de bucanera las espinas de cristal
destellos y crepúsculos para ti, delirante
ventanas de lágrimas para ti, gota de sangre
rock and roll all night long para ti
ebria y blanca, so fuckin’ nigger

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En la tradición de la música folklórica, a la cual el rock se encadena de manera inevitable, la imagen del río es una de las más poderosas.

Se trata de un refugio de ópalo, un mustio crepúsculo para el amor empobrecido, donde, como sucede en Down in the Banks of the Ohio o Story of the Knoxville Girl, las jóvenes preñadas son asesinadas por sus amantes y arrojadas a las aguas.

La esencia del rock es un crimen.

Neil Young la respetó en Down by the River y Bruce Springsteen la profanó en The River, donde el incorrecto crimen se transforma en un moral doble suicidio (quizá en un crimen y un posterior suicidio).

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los discos deben saber a sal
a tristeza sin nombre
al espíritu del viejo río callado

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En febrero de 1923, para contestar a los universitarios burgueses y protofascistas de Lisboa que pretendían moralizar a la sociedad, Fernando Pessoa difundió un manifiesto:

Ser joven es no ser viejo. Ser viejo es tener opiniones. Ser joven es no tener que dar opiniones (…) Escuchad niños: estudiad, divertíos y callaos la boca (…) Porque sólo hay dos maneras de tener razón. Una es callarse, y es la que corresponde a los jóvenes. La otra es contradecirse, pero hay que tener más edad para practicarla.

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El rock de ahora –si es que tal cosa pervive–, comparte jeringa con el dogma: pienso esto, creo aquello, conviene que hagas tal movimiento, sufro mucho…

Hedonismo pancista.

Un tipo como Presley –cuyas letras son accesorias: aire y fonemas– es inconcebible en estos tiempos.

Lo lapidarían por ser tan católico, tan Niño Jesús.

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Por ejemplo, la desesperación de imitar.

Todos esos hijos renegados, ¿la sienten?.

O, ya que quizá no dispongan de la sensibilidad adecuada para sentir, ¿la perciben?.

Tienen suficiente competencia (económica) para descubrir Japón y talento (de sastrería) para moverse por el downtown de Nueva York.

Pero no tienen dignidad para reconocer a sus padres.

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Esto no es una narración, esto es la realidad tal como sucede en este momento, Radio Verdad.

Así era el rock en otros tiempos, puro hasta la obscenidad, expuesto como la cuchara de plata de un viejo yonqui.

El mundo era de cera y el rock la moldeaba.

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Por ejemplo, el exhibicionismo sacerdotal de los prima donna de este tiempo, la relación sexual que mantienen con los medios de propaganda (el photocall, el phoner cronometrado, el estilismo, los negociados de imagen y comunicación…).

El ruido, el maldito ruido manso.

Cuando solamente necesitamos cebollas y pan.

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Arcilla febril en las manos de un niño: una bendición nacida de la inagotable fe en las múltiples formas del futuro, en los sueños ganados.

Así era el rock de los años puritanos, acaso por ello él mismo puro, ignorante, un canto total y nada confortable.

Un canto que hacía sonreir a la muerte, como en las canciones de la Carter Family.

Un canto de baratijas momentáneas, porque, hermana, nadie leía a Schopenhauer, a Walser, a ninguno de esos feriantes europeos.

Manchar de arcilla tus labios tras robarte un beso, eso era lo necesario.

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En el prólogo a la primera edición castellana (1947) de la insólita novela Ferdyduke, publicada por primera vez en Polonia diez años antes, Witold Gombrowicz (1904-1969), resume en dos los problemas de su protagonista, la inmadurez y la forma:

Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño.

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Los mitos del rock, una forma culturalmente no lograda, son mitos inmaduros: el camionero (Presley), el granjero (Hank Williams), el mentiroso (Dylan).

Amenazantes, absurdos, anárquicos.

No les importaba el baile: bailaban.

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Ahora priman los grupos de artificiosa inmadurez, grotescos en su niñería treintañera, irresponsables, sub-cultos, animadores del Halloween-todos-los-días.

O bien los cargantes artistas de lo artístico: intelectualistas de birra y estrellas, mórbidos nuevos rojos, payasetes con derecho a titular, tan educados que apestan.

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En fin, el racismo contra todas las personas, animales y cosas que pueblan los Estados Unidos.

Una xenofobia de ámbito geográfico que se resume en la frase “no parece yanqui”, un recurso para emitir una condena a los malos y un salvoconducto a quien conviene, para no enviarle al crematorio que administra la podrida Europa y su podrido etnocentrismo.

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Por ejemplo, la única música viva que hereda el dolor del blues, la agitación del rock and roll primero y la sensualidad del soul es el hip-hop.

“Cosa de yanquis”, se dispara sobre el género al completo, sin esperar a la comprobación, sin interés por nada más que las emisiones de la MTV o la VH1, sin tener la decencia de escuchar, de reconocer, de dar nombre a cada canción.

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¿Hay algo más absurdo que las obras completas en el rock?

El verdadero juicio debería plantearse canción a canción.

Siempre triunfaría Phil Spector. En segundo lugar, la Stax. Después, Folkways. Más atrás, la Motown.

Todo lo demás es prescindible, placebo, mentira.

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No gusta la extravagancia sino la locura: vivos colores, grandes palabras, gestos…

La extravagancia susurra, elegante y sola, aniñada, arrimada a los calmantes: da miedo.

La locura vende bien.

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Natalia Ginzburg escribe sobre Emily Dickinson:

Bovaristas como somos, llenos de autocampasión, nos sentimos escépticos e incrédulos ante todo cuanto pasa a nuestro lado con indumentaria provinciana de diario.

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Así, digamos, Tom Waits es el inteligente loco al que adoramos: culto, con buenos amigos y bonita ropa, aire canalla y letras respetables según los cánones de las facultades de Filología.

Firmado, sellado, enviado, es nuestro: “parece europeo”.

Es decir: “no parece yanqui”.

Pese a que adora el rap (cuya técnica vocal utiliza desde desde hace años: llegó tarde al oficio, pero, al menos, se abrió de orejas) y su maestro, Harry Partch (1901-1974), del que bebe desde hace un cuarto de siglo, sigue siendo el provinciano extravagante del que reirse un poco.

Una moneda para el fundador de la música de huesos, el extravagante; un Nobel para Waits, el loco domado.

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En la última novela de Cormac McCarthy, The road, uno de los personajes afirma:

There is no God and we are his prophets.

Esa sencillez de la que brota una luz profética teñida de sangre es lo único que busco.

Es muy yanqui.

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No es arte, no tiene afán de perdurar, su olor subsiste menos que el de un excremento animal al sol.

La historia del rock es la de un exilio: llegar a otra tierra con dioses difuntos y ritos desacralizados por el roce.

Ya no queda nada, ni siquiera el perfume podrido.

El rock es un difunto y, como nos enseñaron padres, maestros y sacerdotes, honramos a los muertos.

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Este texto, una suerte de oratorio, me acompaña desde hace varios años. Añado cuentas al rosario de vez en cuando, copio nuevas diatribas que antes escribí en libretas o papeles sueltos. Es una salmodia. Por tanto, ha de ser repetido desde el inicio cada vez que se enuncia. Si alguien ha leído parte de él en alguna de mis casas virtuales, le permito eludir el sometimiento a esa regla, que me pertenece sólo a mí y que yo sólo estoy obligado a cumplir.

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Cuerpo a tierra

música a sangre fría para tus brazos blancos

música sin paisaje para el cuello oculto bajo el pelo

música esponja para tus labios finos

música panorámica para las noches geográficas

música simple como tus automóviles viejos

música alquilada para domar un abrazo

música seca para escurrir lamentos

música y tabaco para cultivarte en los bancales

música de los 20 para ir a la guerra

música de los 30 para el cabaret de tu vientre

música de los 40 para empezar a entendernos

música de los 50 para gemir nuestro éxodo

música de los 60 para falsificar mi nacimiento

música de los 70 para drogarnos púrpura, foxy lady

música de los 80 para los renglones vacíos

música de los 90 para astillar los vasos

música dominante para mirar hacia el suelo

música sin pentagrama para tu hombro dislocado

música en la tienda de guitarras, enséñame tu llanto

música para un aguacero, música para un estiaje

música en las paradas de autobús, en las esquinas de tu sonrisa

música para cruzar la calle, condúceme, no importa dónde

música jergón para una cabaña en el corazón del bosque

música indómita en la raga de tu camiseta

música palpable como un trozo de soga, un blues de nudos

música de clavicordio para recitar never more

música coincidente para nosotros boquiabiertos

música roja como la sandía de un esclavo

música grano de arena para jugar a la filosofía

música oxidada como las bisagras de mis piernas

música diagnóstico para las tierras de poniente

música memoria para escribir a cuatro manos

música tunel en el viaje hacia el norte

música de tejido basto para la bandolera de tu guitarra

música golpe para caer al suelo y hacerme huella

música de gatos negros y nubarrones

música torpe para nacer tropezando

música de agujas para despertar gritando

música cuerpo a tierra para el camino de montaña

música a velocidad inadecuada para el talón de tus sandalias

música huérfana para vivir hambrientos

musica tropelía para tu patio de recreo

música placebo contra la hambruna de ti

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Protégete

la nada decorosa muerte automovilística quizá no sea
el símbolo provocador y sexual que tanto excitaba
al aplaudido JG Ballard mientras el viejo verde inglés conjeturaba
sobre el bálsamo oculto en la ropa interior de Diana de Gales

tras el crash final del sapo contra el tabique

en un amasijo de hierros, repiten las noticias (de por sí amasijos)
para acercarnos a la física del impacto, las vísceras reventadas
y la manada de perros, bomberos, paramédicos y guardias
que cuadriculan el asfalto y redactan despachos en sus laptops

en el tramo de concentración de accidentes

casi mitológico, el espacio dorado de la medicina
sólo es un epílogo para la donación, consentida por la familia
de los riñones, el hígado y los ojos de la víctima
también la piel, si no ha resultado cauterizada

será el traje nuevo de una emperatriz impúber

en la sala de urgencias, de una transparencia celeste
destacan carteles que anuncian las bondades hospitalarias
la carta de derechos y deberes, el portal del paciente
la línea asistencial 24 horas, protégete y protege a los demás

sábanas metalizadas acarician a los politraumatizados

nada por hacer salvo pelear contra un peso dañino y mental
estrangulados en el territorio equívoco del dolor
siempre a un paso de la miserable matemática del collar de perlas
en la botella de solución glucosalina conectada al del tubo capilar

que desaparece en la cánula intravenosa del brazo aplastado del niño

cirugía infantil, así llaman a estos pasillos abrazados por la niebla exterior
en una de las paredes, mal pegados con cinta adhesiva, tres dibujos
(“un tractor”, “un payaso”, “un ciervo”)
vuelan como el cabello de un amor de Secundaria

en el palpitar demoníaco de la Unidad de Cuidados Intensivos

el tic tic tic del que dependemos, la mirada perdida en los dígitos
amarrándonos a las cifras sin mover los labios
mientras el médico, erótico y suave, atraviesa la sala
y hace sonar los dedos al ritmo de un fox

la historia de los contusionados brilla en las pantallas de sodio

pero ¿explican los ojos taciturnos de la niña?
¿incluyen el llanto silencioso del cuerpo inmovilizado por los tubos?
¿saben las pantallas diagnosticar las lágrimas, los juegos perdidos
y el amor que no vendrá a ofrecerte el chicle de la verdad?

la madrugada comenzó hace un siglo

silencio, ni siquiera sueño, ni siquiera agotamiento
sólo silencio y, en contrapunto, las lágrimas
el rumor de tormenta de las lágrimas
golpeando los altares de la falsa ciencia de la salud

ningún cargamento de bondad atracando en el muelle arruinado

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Año Rimbaud

A los 16 años busca agotar cada variedad de veneno para alcanzar un “largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Dice “trabajar para ser el vidente”, porque “yo es otro (…) ¡y al carajo los inconscientes que pedantean acerca de lo que ignoran por completo!”.

A los 18 se confiesa “maldito” y “hastiado”, reniega de la “mala sangre” europea y escribe el único libro que publicó en vida, Una temporada en el infierno, obra alquímica y de una perenne capacidad para producir vértigo: “La desgracia ha sido mi dios. Me he tendido en el fango. Me he secado al aire del crimen”.

El poeta borracho, el punk ilustrado, el salvaje niño de pies alados, tenía el carisma hipnótico y rebelde de una estrella del rock.

Su frenético vómito manchó a todos. Sin Arthur Rimbaud (1854-1891) no hubieran sido posibles, al menos tal como los conocemos, el surrealismo, los beats, Jim Morrison y la prole de chamanes aullantes del hipismo, Bob Dylan, Patti Smith, Kurt Cobain, Henry Miller, William Burroughs…

Entre los 14 y los 18 años, le llamaban “el niño sublime”. Era caprichoso, iluminado (pintaba “Muera Dios” en las iglesias) y daba sablazos a los amigos con tanta destreza como la que empleaba en la diaria nigromancia poética (“registrar lo inefable” para “cambiar la vida”). Todos sucumbían ante sus andrajos, cabellera desquiciada y santidad febril de los ojos azul pálido.

Dijo de sí mismo que sólo tenía un emblema, “la bandera del hombre que sangra”. Desde 1875 la desplegó para darle la espalda al niño en llamas y ser, finalmente, otro. Hasta su muerte -a los 37 años, con un cáncer de huesos agravado por una mal curada sífilis- no volvió a escribir literatura (“soy mayor para eso”). Quizá ya la había escrito toda. Quizá dolía demasiado.

Ahora tenemos la oportunidad de leer en castellano el único género que cultivó Rimbaud tras escapar de sí mismo, el epistolar. Todas las cartas conocidas escritas por el poeta son el debut de la editorial Barril & Barral (Prometo ser bueno: cartas completas, 25,50 euros).

El volumen revela con una luz de blancura despiadada la retraída intimidad y vocación de huida de Rimbaud: caminante sin rumbo, mendigo y empleado de circo en Alemania, Austria, Holanda e Italia; mercenario y desertor en Java; capataz de obra en Chipre y, finalmente, comerciante de lo que se terciase, traficante de armas y, según algunas biografías, también de esclavos, en Harar (Somalia).

Desde la ciudad islámica, asediada por siniestras hordas de hienas nocturnas, en la que Rimbaud vivió entre 1880 y 1891, proceden las misivas más conmovedoras y ajenas a la leyenda.

Gran parte están dirigidas a su querida hermana Isabelle. “La soledad es cosa mala. Yo echo de menos estar casado y tener una familia. Pero estoy condenado a errar”, dice en una. “Me porto bien, pero el pelo se me encanece por minutos”, añade en otra.

Pide que le compren una media para las varices en “una pierna larga y enjuta” que predice el tumor; reclama manuales de geología, un sextante, una cámara de fotos con la que se retrata con el rostro casi velado; da cuenta de negocios, del precio del marfil, el café y el oro, de sus tratos con reyes tribales y aventureros de fortuna, de temerarias expediciones a territorios casi incógnitos…

“Uno envejece muy rápidamente aquí”, escribe en una de las últimas cartas africanas. En marzo de 1891, con la pequeña fortuna que ha amasado, le trasladan a Adén en camilla. Los dolores en la pierna son insufribles. Embarca hacia Marsella. “Me cortaron la pierna hace seis días (…). En unos meses volveré a Harar”, escribe tras la operación. Sólo piensa en desaparecer.

Los dolores no le permiten dormir y la morfina no aplaca el tormento. “No dejo de llorar día y noche, soy un hombre muerto”, dice a Isabelle, que acude al hospital desde la villa natal, Charleville, en las Ardenas francesas. El padre, militar disoluto, había abandonado a la familia. La madre, autoritaria y rígida, abjuraba de su hijo.

El 10 de noviembre de 1891, Rimbaud muere sin saber que ya era un mito entre los simbolistas.

A los 16 años, el autor de la obra más inflamada de la poesía moderna había dictado el único mandamiento necesario para la vida: “Hay que ser absolutamente moderno”. Antes de fallecer, por deseo de su hermana, recibe los sacramentos. Sus últimas palabras fueron: “Me creen loco y tú, ¿crees que lo estoy?”.

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Entre ayer y hoy D. y yo hemos cruzado un par de correos sobre Rimbaud. Empezó él, siempre atento, informándome del hallazgo de una nueva foto del poeta, mayor y vacío, en Adén. Yo le envié un vínculo al artículo que escribí para el diario y que pego en el cuerpo principal de esta entrada. Al releerlo caigo en que lo publicaron el 16 de abril de 2009, hace hoy un año. No sé qué demonios significa la coincidencia. Supongo que nada, supongo que todo.

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La desesperada

La desesperada exactitud de una sola mirada, capaz, pese a ser única, sólo una, de abrir de golpe y al mismo tiempo todos los libros que permanecen cerrados.

De manera que cada una de las voces (personajes, objetos, relámpagos, sendas, alimentos, cópulas, sombreros, exámenes y crímenes) vuelvan a tener cuerpo desde la misma página en que esos libros fueron cerrados por última vez, quizá abandonados por pereza, cansancio o capricho.

En cualquier caso, abandonados de manera injusta, arbitraria, porque ningún libro, ni siquiera esos que odias pese a que no los has leído, merece el destino que tampoco quieres para ti mismo, el abandono.

Una mirada capaz de sincronizar tantas traiciones hacia los libros.

Una mirada peligrosa porque es diáfana y blanqueda, cordial y abrochada.

Sobre todo, embarullar, desde ya, desde el mismo momento de la mirada, en un instante que nadie podría trasladar a un código de tiempo, porque es un instante que no procede del reloj, a todos los autores que escriben para no vivir o viven para escribir o escriben para hacerse fantasmas de sí mismos, fantasmas que también escriben, aunque en letras de niebla que marchitan todo aquello que tocan.

El estruendo será entonces el de un despliegue de mapas y te darías cuenta de la necedad de todas tus condiciones, incapacidades, mellas, trotes de rata, vulgaridades, lugares comunes, mareos y puntos y aparte.

El ruido de todos esos libros que nunca nunca nunca leerás, tus huérfanos, tus pequeños niños tarados hospicianos, ¿podrás soportarlo?.

El olor de una calle, el final de un imperio, el choque de una chalana contra la aguja de roca que emerge del fondo marino y espera bajo el aceite de la fétida superficie del agua, el carro de la guerra, dos manos enlazadas, dos manos rotas, todos los nacimientos y todos las muertes, un paseo por la nieve, el momento de ponerse el pañuelo ante la boca para no morder el polvo, la sílaba sí repetida tantas veces, imnumerables, tantas como la sílaba no, el precio, la infame hipoteca, de ser quien da la espalda y no regresa, el precio, la deuda nunca cancelada, de regresar siempre, las malas madrugadas, un disparo trazando un decente esbozo, un siseo conversado, los ojos extendidos de Australia, la lengua curvada de un ser humano, la visión de un reptil, la dulce pena de la soledad, la huella de un perro sobre el barro, la búsqueda de amparo en un dios desamparado, el encofrado de la tristeza, una noche de fuegos artificiales, el codo derecho de un mendigo, el círculo de una ciudad, un paseo en moto, el fuego tras las montañas, un milagro fonético, la sed que interrumpe los sueños, la paz previa al fusilamiento, una carta doblada, la fruta podrida en una bandeja, la dicha terrible de los barcos, la muerte en un accidente laboral, la alegría del agua, las uvas, los brazos de un padre…

¿Soportarás el irremediable trueno de las palabras abandonadas tal como soportas, por ejemplo, la mediocridad, los discos de siempre y la traición cosida a tu chaqueta?.

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