Poniente

Los mapas me seducen. Entre mis primeros recuerdos prevalece el de un gran atlas universal, muy pesado y de cubiertas sólidas. Lo desplegaba en el suelo de mi cuarto y, tendido sobre él, comenzaba el juego que superaba en hechizo a todos los demás. El Gran Juego: recorrer con el dedo caminos, ríos, elevaciones, sendas, terrazas, desiertos, tundras, bahías, cordilleras…

Todos los territorios del mundo eran abarcables y, pese al vértigo profundo de aquella inmensidad, me sentía como una melodía topográfica. El dedo escribía una balada de nombres de ciudades y villas, deteniéndose en cada una para que mi lengua pudiese pronunciar, en voz baja y de seguro con hartas deficiencias lingüísticas, los topónimos que desconocía.

Aún puedo perderme en la meditación cartográfica con tanta alegría como entonces. Creo, y espero no perder esa fe como tantas otras cuyo culto he descuidado, que cada mapa es un poema, que cada recorrido es una canción y que todos los lugares, espacios y rincones son la cadencia de la canción.

Por consejo de un viejo amigo al que veo de tanto en tanto –también contra la amistad he pecado por negligencia­–, estoy leyendo un libro sustentado sobre un mapa. Se titula Otra idea de Galicia y no me había enterado de su éxito y del pequeño revuelo que ha montado en los círculos nacionalistas, siempre dados a la crucifixión propia o el martirio ajeno según, por este orden, la partida de nacimiento, el currículo indígena o la sumisión obligatoria al sacrosanto canon del idioma, un canon tan llamado a ser profanado como cualquier otro símbolo patrio, es decir, despótico.

Lo firma Miguel Anxo-Murado, uno de los mejores escritores gallegos y de seguro el mejor de los muchos periodistas que sobran entre mis paisanos. Está escrito en castellano por encargo de una editorial con base en Cataluña y, pese a estas patrias de cartografía tan encarada, es el más admirable ensayo divulgativo sobre Galicia desde Otero Pedrayo.

El libro empieza con la glosa de un mapa, el publicado en 1834 por el topógrafo y terco andarín Domingo Fontán, al que sólo la pericia fría y reciente de los satélites ha logrado superar en exactitud y ojo. El mapa de Fontán es “el rostro del país”, dice Murado citando a  Alvaro Cunqueiro, otro gran prócer que escribía en castellano, aunque sus libros hayan sido fruto de presurosa y correcta traducción al gallego subvencionada por el erario público regional.

Un país de tierra ácida, escasas ciudades en el sentido metropolitano –la mayor, A Coruña es en esencia una aldea, bien lo sé por la duración de las envidias e inquinas personales– y pequeño territorio (el seis por ciento de la superficie española). En esa menuda tierra se aglomera casi la mitad de los núcleos de población de todo el país.

En Galicia, si tiras una piedra de forma arbitraria, cae en una aldea. Soy hijo de una de ellas. La profusa toponimia gallega, que Fontán repasó a pie o a lomos de bestia, abunda en las monotonías. No puede ser de otra forma dado el laberinto de unidades de población: casi 30.000, de las cuales 12.600 tienen menos de una decena de casas. Es normal que predominen las aldeas con el mismo nombre o especulaciones sobre el mismo (una figura santa, un elevación del terreno, un bosque, un río, un antiguo señorío…), pero ninguna otra se llama como la mía, Instrumento.

Mi aldea tiene una docena de casas, está orientada al sur y edificada sobre una de las laderas del valle del Sar, un río con orla sacramental por su aparición en la obra de la poetisa nacional, Rosalía de Castro, una depresiva –quizá también anoréxica– a la que se exalta con demasiada indolencia crítica y cuya “negra sombra” se ha elevado a categoría de himno, lo cual me parece, cuando menos, cálido. ¿Qué otro país puede pavonearse de la tendencia neurótico-depresiva de sus habitantes? Una sola excepción que no lo es: Portugal, una misma tierra con Galicia.

Mi río Sar, en el que me bañé de niño, llevé maíz a sus molinos comunales y pesqué truchas, ya no huele al romanticismo lastimero de la señora De Castro:

Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente
los múltiples arroyos que de los montes bajan;
y cuando de las penas el caudal abundoso
se aumenta con los males perennes y las ansias,
¿cómo contener, cómo, en el labio la queja?,
¿cómo no desbordarse la cólera en el alma?

El Sar es desde hace muchos años, y nadie ha movido un dedo para evitarlo, un río pestilente, cargado de aguas fecales y residuos de una papelera… Tras las crecidas invernales, que dejan el cauce a diez metros de la casa de mis padres, las bolsas plásticas azules, blancas y verdes cuelgan de los pocos árboles de las riberas, quemados por la química.

Acaso por la distancia, acaso porque me siento habitante de una discutible pero probable Galicia fuera de Galicia, el libro de Murado me emociona. No carga las tintas en las previsibles y coreadas peroratas sobre la tierra verde, madre, bravú y poblada de seres entrañables dotados por una especie de divina genética de capacidad para el humor con retranca. Tampoco se solaza en la sensiblería arcádica a la que conducen, si no te pones el tan necesario bozal de estilo, el paisaje y el océano.

Otra idea de Galicia habla de los males del monocultivo del maíz traído de América, del ilusorio sueño del reducto celta del que sólo se encuentran pruebas en los mercadillos de artesanía, de las hambrunas, de la pobreza intelectual de los padres del nacionalismo, de las mentiras históricas consentidas en pro de un bien superior (la patria, siempre la patria), del pérfido trato de España (y sus prohombres, desde Lope de Vega hasta Unamuno) con los gallegos (“gitanos, desterrados, delincuentes y gallegos”), de la influencia benéfica de la costa (dos mil kilómetros), de los falsos mitos de la “Galicia salvaje” y la “Galicia adánica”, del también incorrecto lugar común del atraso y el talante conservador…

Y, claro, de la emigración, la diáspora que me tocó vivir de niño en la Venezuela del petróleo y que practicaré otra vez en pocos meses, saltando contigo el Atlántico hacia el único rumbo posible, el oeste.

Murado concluye que el pesimismo y la melancolía de los gallegos tienen que ver con el mapa, inclinado hacia poniente. Estés donde estés el ocaso es visible. Todo en Galicia, desde las tumbas megalíticas hasta las almas, esta orientado hacia el horizonte donde el sol naufraga.

En unos días iremos juntos a Galicia. Veremos el atardecer final de Europa que tanto asustaba a los fenicios, a los romanos, a los suevos…

Comprobarás entonces, en el fin de la tierra, que el paisaje, como decía Pessoa, “no está en parte alguna”. Está allá, más allá, en la forma de soñar, con todo el cuerpo sorprendido, el mapa que nos espera tras la lejanía, en la distancia.

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¿Por qué?

¿por qué vivo asombrado?
¿por qué estas señales de radiofrecuencia?
¿por qué el filtro de la sangre?
¿por qué las leyes rotas del tiempo?
¿por qué el galimatías?
¿por qué el espejo en los charcos?
¿por qué el tunel repetido?
¿por qué la saturación del sistema?
¿por qué la dulce tragedia?
¿por qué el cerebro en las rodillas?
¿por qué el émbolo y los diezmos?
¿por qué lavar antes de la mancha?
¿por qué matar antes del tránsito?

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Apóstoles lunáticos

Mañana de sogas trepadoras. Un mono podría divertirse en mi selva de sudor. El soplete de julio.

Vivo aislado desde tu fuga anual hacia naciente. Conduzco con los ojos cerrados.

Veo el fútbol en la televisión. Cuando los jugadores españoles marcan, grito “¡gol!” pero interrumpo el grito porque es de lunáticos gritar para uno mismo.

Me acompañan Gillian Welch (“nobody knows my name”), el Bob Dylan más zascandil (“I wanna be your lover, babe”) y algunas historias de malaventura, calamitosas crónicas de calamitosos músicos, que leí anoche por casualidad en una vieja revista musical.

“Unlucky!”, dice el titular, en letras capitulares roídas por los caninos biliosos de la sub historia y la ingratitud.

Estos son algunos de mis compañeros de parranda, no espero llamadas de otros, ya no quedan números, todas las llamadas son para ti:

1.
El telefonazo anónimo a la Policía sobre un cadáver de yonqui, en diciembre de 1980. El muerto, jeringuilla en el brazo, era uno de los compositores más sutiles del siglo, Tim Hardin, colgado de un sueño. El mundo estaba demasiado ocupado en esas fechas llorando a John Lennon para preocuparse. Más de un muerto por vez se nos atraganta.

2.
La faringe insaciable de Little Willie John (tono claro como el agua de una fuente, necesitada, para compensar, de la combustión del whisky). El suyo fue un r&b con percusión de puñetazos y cerrojos de celdas. Demasiada furia en 150 centímetros de altura. Murió en la cárcel, en 1966, año de sonrisas. Nadie se moría en 1966, las gafas de sol eran muy oscuras.

3.
El nuevo Job, Roy Orbison. Accidentes de moto, hijos quemados en un incendio accidental… Pretty O, corazón roto como papel de celofán de la voz.

4.
El infortunio de los Zombies, el pop más inteligente de la british invasion, sancionado con la omisión.

5.
El blues en blanco de Jackson Frank, de ternura nubosa. Hospital tras hospital, día tras día. Cuando descansaba la vejez y el desaliento en el portal de su casa de Queens, una bala perdida se le clavó en un ojo. Ningún obituario para los ciegos.

6.
Bobby Fuller sonaba a los Beatles antes de los Beatles. Sucedió en Texas, donde la arena tiene surcos de pentagrama. En una madrugada de 1966, se metió en su coche y chocó, por decisión propia, contra un tanque de gasolina. El humo dibujó letras en el amanecer:  I fougth the law (and the law won).

7.
Moby Grape, los primeros en encararse con tres guitarras al mismo tiempo. También se encaraban con otros instrumentos: durante la última grabación, el genio extraterritorial Skip Spence atacó al resto de la banda con un hacha.

8.
Calor fatídico. El mejor grupo de blues del planeta, Canned Heat, los únicos escuchados con respeto por los negros. Ganaron la lotería del cementerio: Al Buho Ciego Wilson cayó con los barbitúricos; Bob Hite, con la heroína, y Henry Vestine, con un infarto…

9.
Sadfinger. Apadrinados por los Beatles cuando quisieron ser mecenas, Badfinger fueron representaciones en negativo del primor de sus canciones. Pete Ham y Tom Evans, como buenos colegas, escogieron la misma puerta de salida: el suicidio.

10.
Terry Reid. Tuvo el coraje de decir no a Jimmy Page cuando lo invitó a ser el cantante de Led Zeppelin (una pena, la voz de Reid rasga con la espontaneidad de la que carece el niño de pasarela Robert Plant). Hizo un disco inolvidable, River, y se esfumó en la nada.

Apóstoles blandos, buena compañía para gritar como lunáticos.

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Gemido

El alambrista de la foto es Lois Pereiro. En algún momento de los años ochenta, la década en blanco.

La ciudad es la de su muerte (1996), A Coruña. Había nacido 38 años antes en Monforte de Lemos, una población ferroviaria del interior de Lugo. Alguna vez fue mi guía en la ciudad. Tomamos cervezas al borde del Cabe, un afluente del Sil, el Rhin privado de los gallegos.

Mi primer hijo fue concebido en una habitación de hotel con ventanales sobre el Cabe.

Lois era poeta en un país tan vernáculo que reduce la poesía a las palabras vaca, niebla y roble. Las tres bastan para que te aplaudan y optes a una plaza de profesor de Secundaria.

La uña metálica de la poesía no era la única que rasgaba las venas de Lois.

“¿Arrepentimiento? Nunca”, dijo en nuestra última conversación, una entrevista que publiqué en un diario. “Nueva luz para un joven príncipe gótico”. ¿Titulé así? No lo recuerdo y no guardo copia de la pieza. Malditas sean las entrevistas.

De Lois me gustaban su elegancia, el chaquetón de cuero negro y lo mucho que era capaz de ver entre cada pestañeo.Un mucho esencial, homeopático, nada vernaculista.

Viajamos una noche de Coruña a Santiago y los bancos de niebla de la cuenca del Tambre nos acariciaban como niñas sucias. Guardamos silencio. Lois sabía callar.

La Real Academia Galega –una sala de espera donde languidecen señores con legañas (o peor, con las legañas del resentimiento) que todavía odian (o, peor, interpretan por vía estructuralista) a Elvis Presley­– acaba de decidir que Lois será homenajeado el año que viene en el Día das Letras Galegas, una kermesse anual con coreografía de masturbación colectiva en torno a las palabras vaca, niebla y roble.

La decisión académica, que ha derivado en alguna provinciana polémica  indigna de atención (algunos opinadores menoscaban al poeta porque su obra se limita a dos poemarios, cómo si el peso en gramos determinara la gloria), está redactada, como no podía ser de otro modo, con la flema espesa de los profesores de Secundaria:

[Lois Pereiro] Cartografou coma ningúen o labirinto do mundo contemporáneo conciliando para tal fin o individualismo escéptico coa tradición demoledora do expresionismo centroeuropeo. A súa proposta callou na sensibilidade emerxente, mergullada no posmodernismo, e desexosa de atoparse nun discurso reflexivo, acuciante e non retardario.

Traduzco por mi cuenta. La Real Academia Galega, está en su derecho, nunca lo hace:

[Lois Pereiro] Cartografió como nadie el laberinto del mundo contemporáneo conciliando para tal fin el individualismo escéptico con la tradición demoledora del expresionismo centroeuropeo. Su propuesta caló en la sensibilidad emergente, sumergida en el posmodernismo, y deseosa de encontrarse en un discurso reflexivo, acuciante y no retardario.

Coetzee define la buena literatura como aquella habitada por palabras exprimidas, capa tras capa, hasta su esencia primera, desnuda. El párrafo de la Academia podría servir al escritor sudafricano como contraste para demostrar los peligros de quienes siguen la senda contraria, la de la idea esperada, consabida, correcta…

Me pregunto qué pensaría Lois ante esos oxidados ejercicios combinatorios (“individualismo escéptico”, “tradición demoledora”, “sensibilidad emergente”), cuando su búsqueda era la de la momentaneidad que se transforma en verbo inmortal.

Me pregunto también qué pensarán los escolares que, sometidos a la dictadura galego falante del nacionalismo cardenalicio, sean víctimas durante el próximo curso de una interpretación tan, ejem, retardaria.

¿Les dirán que Lois cultivó la drogadicción de la única forma posible: con la elegencia estética de quienes se saben condenados? ¿Les recomendarán que quemen los poemarios, que se entreguen a la decepción o al rock and roll?

En los últimos meses de su vida, Lois sacaba algo de dinero traduciendo al castellano películas pornográficas alemanas o sajonas. “Es el trabajo más fácil y mejor pagado de mi vida. El gemido es un idioma universal”, me dijo en aquella última maldita entrevista que no culminó con el abrazo necesario.

Estaba flaco como una cuchilla, más todavía que en la foto que encabeza esta entrada.

No se me ocurre nada más que copiar otra vez a Coetzee, a quien, creo, Lois admiraría como admiró a Handke y Bernhard, hasta la afasia, hasta el maldito gemido pornográfico por lo que nunca fuimos:

La belleza del mundo en que vivo me corta la respiración. Del mismo modo, según se lee, caen las escamas de los párpados de los condenados cuando avanzan hacia el cadalso o hacia el tajo del verdugo, y en un instante de gran pureza, aquejados por la pesadumbre que les acusa el tener que morir, dan a pesar de todo gracias por haber vivido. Quizá debiera renunciar a mi lealtad al sol para entregársela toda a la luna.

* * *

Porque no sólo perdí aquel abrazo, sino también los dos libros de poemas, pego un abecedario sobre Galicia que Lois escribió para un programa de televisión emitido el Día das Letras Galegas de 1988:

‘¿Qué es Galicia?’ (Guión de televisión)
(Emitido por la TVG el 25 de julio de 1988)

Galicia… data
Run…

a. Agua. Aire. La Amnesia del vencido, la Atracción del Abismo, el Árbol junto al Árbol, y la alegría del espacio circundante. El Alma es el Atlántico y es el Acantilado el cuerpo de su llamada Atroz.

b. Barroco: la Belleza usual hecha materia en piedra en el Borde del Bosque omnipresente.

c. Calma. Castelao, Curros, Cunqueiro, Cultura, Celebración y Culpa: una conciencia Céltica del Cosmos.

d. Difícil definir ese Dolor, Doblegar el Destino, conseguir que el Deseo nos siga siendo útil. (Diluvia)

e. Espiral en el Espacio Esférico. Emigración: Estímulo de nuestro Exilio interior que nos lleva por el Este hacia Europa, por el mar hacia el Éxito y hacia la Enfermedad, y siempre hacia el eterno Extrañamiento del espíritu.

f. Fuego de hogar. Fantasía. Fábricas, Fiebre y Formas del Futuro, Figuras del pasado. El Fenómeno atmosférico de la Felicidad, y todas las Fiestas del mañana…

g. Gráficas del Granito, agua y silencio, donde transborda el alma de la Gulfstream. El gemir de las Gaitas, y en el carácter esa amable presencia de la Grasa.

h. Historia: Herbicida el olvido. La Humedad, el “Horror vacui” y la Humildad nos impiden convertir la Historia en Heroísmo. Nuestra Heredad adiestrada en la huída, con la sabiduría de las heridas viejas, por nuestras propias manos solamente vencidos.

i. Ironía: arte de convertir el Infierno en un cuento de Invierno.

j. Sonido oriental. Rotundidad sureña.

k. Kilowatios por tierra sumergida.

l. Luto: manchas en el paisaje, bolas negras sobre el tapete verde.

m. Lega muertos el Misterio de la Música, pero el Miño se va llevando ese Misterio al Mar.

n. Norte. Noche. Niebla. Negro: materia poética nacional.

ñ. Nh/ gn/ ñ.

o. Oeste: “Galicia atiende y obedece a la llamada del Oeste” (R. Otero Pedrayo). Tantos siglos de Ofensas y de Olvido crean anticuerpos en el Organismo de un pueblo, y esa continua Ofensa de la historia generará en el Orgullo de este pueblo apacible el destructivo Oxígeno del Odio, la Obsesión del fracaso y de la culpa.

p. Poesía. Patria. Pasión. Peligro de extinción, perdidos en nuestra propia Pureza, de la necesidad de ser un Pueblo. Nuestra indiferencia alimentará el Proceso de Autogenocidio que vivimos. Paisajes dispersos, alineados entre los Perfiles del Pasado, con la Presencia de una vegetal sensación de eternidad. Pasión y Poses “punk”, reflejos Postmodernos y altas horas en los diques urbanos de la noche.

q. Química del dolor Quintaesencia del miedo. ¿Ahí, pegado a mí, quién se ríe?

r. Río: el Rumor de la vida, la Religión de las aguas. Las Risas surgen siempre donde Reina la calma, en la quietud profunda de quien conoce el Riesgo y lo domina. Rural: corre sangre rural por estas venas; y si alguna vez la Razón opone Resistencia, se Reconoce el gallego en la tierra, en la lenta vitalidad del árbol, en la invencible resignación de la hierba.

s. El Sonido de la Soledad y el Silencio. El Salvaje Sarcasmo de los Sueños del presente, y la Silente atracción por el Suicidio: el Sil. El Miño es nuestra Sangre, el Sil su sombra. Serenos y Sombríos, finalmente trasciende la Sonrisa astuta.

t . Tierra. Y el Tiempo, y el Trastorno y sus Tinieblas. La Tradición de una
triste Ternura. La Tierra es el principio, y todo existe en ella y para ella.

u. Utopía: compaginar el deseo y la necesidad de nuestros sueños.

v. Vacas en Valles mojados, y la férrea Voluntad de los Viejos encadenados a la tierra, con el Vicio de su fatalismo escéptico. Verde. Verde y más Verde sobre otros Verdes, y por detrás: Verde.

w. Whisky: noche urbana. ¿Galicia es Wagneriana, o és más bien un Wolfgang Amadeus enfermo de paisaje, soñando con Sibelius?.

x. 25 de Xullo.

y. y

z. Fin

**

post script: han abierto una web oficial sobre Lois… Esta foto ilustró la entrevista a la que me refería más arriba.

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Bajo voltaje

Colocas las manos sobre las teclas. Te preocupas por elegir una fuente tipográfica y un interlineado sugestivos. Esperas escribir como, según dicen, sabes.

Anoche, en la mala novela que lees para perturbar al miedo de la casa vacía, encontraste una frase inesperada:

Correr es el bien absoluto, nuestro camino ritual hacia la aprobación y la benevolencia de los dioses.

Puedes recordar un mundo en que nadie corría. El croar de las ranas era importante, las palabras se quedaban prendidas a los labios y a veces ni siquiera eran pronunciadas porque debían esperar a que alguien las reclamara.

Si el desagüe de la memoria no hubiese tragado tanto podrías hacerte con algunas de aquellas palabras nunca dichas. Pero el candado de los dedos está obstruido, taponado por el óxido de la ansiedad y la desconfianza.

Lees otra vez la mala novela y, con un escalofrío también malo, una emoción de bajo voltaje, te reencuentras:

La malción del hombre de mediana edad era saber –o creer– que ya había contado todo lo que tenía que contar. Tan pronto como uno sospechaba eso, empezaba a desear algo, lo que fuera, para demostrar que en realidad no era así: y allí era donde comenzaban los errores, donde ocurrían las cosas malas.

Puedes recordar, pero el recuerdo es impreciso como la melodía de la canción que se te escapa de tanto ir tras ella, un mundo donde era posible contar sin repetirse, sin caer en el mal gusto de la reincidencia verbal.

¿Tengo derecho a un exilio?, te preguntas.

¿Con qué palabra nombras una frontera? ¿Oregon, Colorado, California…?

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Tinta válvula

“Soy la sed de la tierra de Joshua, algún día beberé”, había escrito Gram en una carta a Emmylou.

Hablaban durante horas, pero necesitaba escribirle: la tinta parecía dar más alcance a las palabras. La tinta, una vez derramada, sigue palpitando, es una válvula.

“Ha venido a verme la vejez al espejo, siempre el voraz mar en calma del cristal, encerrando mi alma en la oscura mazmorra, el eje sobre el que todo gira. Alojado en la memoria, en una posada subterránea. Así vivo. La luz del sol entra filtrada por un colador, nunca es íntegra. Me olvido con frecuencia, decaigo, conjugo el verbo trasladar y termino detenido. Quizá así sea siempre, todo oscuro, como la sombra entre las palmas de las manos. Tengo muy poco, Emmy, muy poco. Las bisagras de mi carrusel han encallecido: ya no se alza la montura, no se encabrita, el mundo se escurre y ni siquiera lo advierto, ¿es posible un endurecimiento de la vista, un desinflarse de la voz? El tiempo se disuelve, no queda rastro. Tengo miedo, pero ni siquiera padezco el miedo. Soy el sin sentir. Pero, tranquila, ardillita, será fácil olvidar. Es fácil considerar que vivir y revivir y pervivir y sobrevivir son colillas chupadas”.

Ella encontró la carta cuando, meses después de la muerte de Gram, fue capaz de sobreponerse y, soportando la mancha de petroleo de la ausencia, se decidió a repasar los papeles. No había leído nunca la carta, redactada en un incongruente papel cuadriculado. Gram no franqueaba el correo. Gram no sacaba la basura.

Emmylou leyó oprimida por una camisa de latón. Leyó por segunda vez y cerró los ojos. Leyó por tercera vez.

“Para siempre, para siempre a pesar de todo. Yo era la única que sabía del eclipse, pero no estaba allí para alumbrar, para encender la vela que parecía inagotable, la del pequeño vaso azul, nuestra hermana de tardes perezosas. Me has amputado”, escribió a lápiz en los márgenes de la carta, queriendo que las arañas de sus letras tendiesen una red con la caligrafía del muerto.

(Esto es una mínima porción de lo que algún día será mi libro pendiente. Lo publico en honor a una amiga que conoce los secretos botánicos de las flores que poblaban el jardín de Gram y Emmylou)

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Felicidad

(Muchas semanas, demasiadas, sin dejar aquí ni una sola palabra. En mi defensa, los malos tiempos, la tristeza y el proceso, largo y tedioso, de dejar el trabajo. Desde hace unas horas soy un parado, es decir, un hombre libre. No tengo miedo. Pego el correo que he enviado a toda la plantilla de mi empresa. Convierto los nombres en simples iniciales porque los nombres no importan, sólo vale el corazón)

Compañeros:

“Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”. Lo dijo un tipo tan pasado de moda como yo, Jean-Paul Sartre. Perdón por la petulancia de empezar con un entrecomillado, pero creo que todo lo que pueda decir lo habrá dicho otro y mejor.

De eso se trata, de felicidad, ese derecho fundamental que algunos quieren reducir a entelequia en este tiempo de piedra.

Es mi último día de trabajo en esta empresa. Me voy por voluntad más o menos propia (incluso cuando las decisiones que tomo son libres, dudo de que mi albedrío funcione sin ataduras). Me voy a seguir buscando la felicidad.

La notificación no merece ni un gramo de drama. En suma: casi cinco años en plantilla, dos antes como externo, peor salud de la que deseo a nadie, ni siquiera a quienes estigmatizan y hablan por hablar, y bastantes momentos de esa felicidad-felicidad de la que hablaba Sartre.

Necesarios agradecimientos:

A. E., por confiarme el mejor trabajo de mi carrera (no, no hablo de pluses de producción, hablo de iniciación personal): la serie “El tren de todos”, que cambió mi vida.

D. V.  el diseñador más ‘periodista’ que he conocido en 27 años de profesión.

P. A., por saber hablar (todavía) de poesía.

R. R., por prestarme su portadilla para escribir sobre ‘porreros’ en la sección fija más grata de este tiempo, Veroírleer.

A mis compañeros de Calle 20 (A., P., M.), a quienes deseo una inmensa suerte personal y laboral.

Añoro a otros, pero ya no están.

Si se me permite una segunda –y última– petulancia, un recordatorio para todos. Esta vez tomo las palabras de un comunista suicida, Antonio Gramsci: “ejercer el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.

Mi buzón: gonzalez.joseangel@gmail.com

Mi teléfono: (———)

Amor y luz:

jose ángel gonzález

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