Archivo mensual: agosto 2009

Sampán

Conozco a un japonés cuyo nombre significa “cuarto hijo del naranjo salvaje”: se llama Yoshiro Tachibana y la última vez que le vi, en 1994, vivía encaramado sobre una colina de rocas, en un pueblo gallego, Muxía.

Conozco a otro, Michio Kodama, que practica el noble arte de la mano vacía, el karate.

En 1995 me hirieron en una pelea campal entre aficiones de fútbol encontradas: me estallaron un cenicero en la cabeza.

Recuerdo mi mano teñida de sangre caliente tras el impacto, apenas doloroso: a veces las heridas son caricias animales.

No sé qué sifgnifica Michio Kodama, pero también le vi por última vez hace mucho, en 1995.

Yo no era aficionado al fútbol, sólo un vecino del barrio del estadio.

Michio Kodama no hablaba como un japonés, parecía chino:

Cuando llegas sin esfuerzo, el cielo te escucha.

Yoshiro Tachibana sí parecía japonés:

Necesito sufrir para espabilarme.

En una playa del municipio de Muxía lancé una botella al mar: una ceremonia vulgar que algún día repetiré, un bingo oceánico.

La botella contenía un mensaje, citaba al poeta chino Yu So:

Pienso en mis hijos cuando como melón.

Añadí mi dirección postal: no tenía correo electrónico en aquel tiempo; tenía melones, hijos, playas…

Antes de ser poeta, Yu So navegó por el mar de China en un sampán dedicado al tráfico de opio; apresado y condenado a muerte, a Yu So se le concedió la posibilidad de retractarse por escrito para morir en paz con los dioses y el Emperador: emocionado por la lectura de su epístola, el gobernador de la provincia de Hainan conmutó la pena y le nombró escribano.

Yu So murió a los 103 años tras una borrachera de vino de arroz.

Fumé opio dos veces, me gustó mucho.

Siempre tuve conmigo uno o dos libros de poesía china.

Las palabras son meros indicios, dedos apuntando a una realidad que nunca albergan del todo: el cenicero que golpeó mi cabeza era cuadrado y transparente: esos dos adjetivos no dicen nada sobre la sangre caliente y la ausencia de dolor.

Acabo de buscar en las estanterías y no encuentro ningún libro de poesía china; hay, sin embargo, unos cuantos, siete u ocho, de poesía japonesa.

Viajé a Dongfang, en la provincia de Hainan, por una casualidad laboral: la ciudad me pareció fea y polvorienta, pero trabé amistad con un inglés que me arrastró hacia las dunas del sur y me enseñó a pescar con redes lanzadas desde la playa, donde asábamos los peces, pequeños y barrigudos, y bebíamos cerveza.

Mi amigo inglés, al que vi por última vez en 1996, se llamaba Loth y trabajaba como ingeniero en una empresa trasnacional con intereses en Lejano Oriente: tenía bastante tiempo libre.

Sé por terceros que Yoshiro Tachibana regresó a Japón hace unos meses: antes de marchar quemó todos sus papeles en una playa de Muxía, la misma desde la que yo lancé al mar la botella.

Una tarde, en el cuarto de Loth, vi sobre la mesilla una antología de Yu So; también un estuche con una pipa de opio.

Tú encontraste mi botella, muchacha sampán.

Acabamos de cenar melón.

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Kine

Eres mi brigada de incendios.

Ella tenía siempre la frase en los labios.

Él decía:

Aplaude cuando te sirvan carne, ataca cuando te sirvan verdura.

Ella escribía libros para niños, él se dedicaba a la lucha libr: El Escorpión Negro. Otro enmascarado.

Las peleas estaban amañadas, solía ganar uno de cada tres combates.

Los libros infantiles también eran un engaño: ella los traducía de otros idiomas y los firmaba como propios. Nadie se preocupaba por autorías en aquel entonces.

Se llamaba Martinella y había nacido en Rapone, una municipalidad de la Basilicata italiana. El se llamaba Erskine y era escocés, de Wick, un lugar cuyo único decoro es el aeropuerto más nórdico del Reino Unido. La geografía es el mejor anillo de boda.

Tenían dos hijos y vivían en una casa prefabricada a dos manzanas de nuestro edificio.

A él le diagnosticaron un cáncer a los 28 años.

Los médicos dijeron:

Le quedan seis meses de vida.

Kine no contó nada a Martinella, pero comenzó a actuar de modo extraño: rebuscaba entre la basura, caminaba en círculos, no jugaba con los niños, dejó de lavarse.

Mi padre estaba seguro de conocer la causa de las extravagancias:

La enfermedad le aprieta los huesos de la cabeza.

Mi padre y sus malditas certezas.

Kine no era peligroso, pero daba miedo. Todos, menos Martinella, sabíamos que se estaba muriendo.

Ella preguntaba los sábados:

¿Vamos a bailar, Ki?.

Él no contestaba: sólo caminaba en círculos. Todos necesitamos surcos.

Seguía metido en la lucha libre y, a veces, ganaba un dinero extra ayudando a mi padre en el aparcamiento. Dejaba que yo le pegase puñetazos en el estómago.

Decía:

Más fuerte. No pegues como un gallego, pega como un escocés.

Le prepararon un combate contra El Dragón Chino, el rey de los sucios: usaba algún tipo de tóxico –la sustancia prohibida– para untar los ojos del rival y cegarlo.  También llevaba una rodillera de metal bajo la pernera del pantalón.

Era una pelea de máscara contra máscara y el perdedor mostraría su cara públicamente desde el centro del ring. El Escorpión Negro debía salir derrotado, así estaba decidido, porque el otro era un ídolo local al que los promotores y la televisión deseaban enfrentar contra El Santo, El Enmascarado de Plata, el mítico luchador mexicano que tenía su propia productora de películas y fotonovelas.

Kine peleó bien, era ágil y, durante varios asaltos, llevó el combate a su terreno, eludiendo el cuerpo a cuerpo. De pronto, empezó a caminar en círculos, desentendiéndose del rival y gritando al público:

¡Ya estoy muerto!, ¡ya me mataron!.

Una vez y otra, en círculos, gritaba:

¡Ya me morí!.

Anularon la pelea y ninguno tuvo que mostrar su cara. No me importó, ya conocía la del Escorpión Negro: se llamaba Erskine, era de Wick y tenía los pectorales más sólidos de América.

A la semana siguiente salí hacia España para empezar a estudiar una carrera universitaria que nunca debí estudiar. Unos meses más tarde, las últimas líneas de una carta llegada de casa decían: “ayer murió Kine”. Mi madre contaba que había ayudado a Martinella a vestir el cadáver.

Añadía:

Es la primera vez que le pongo el traje a un muerto. Tuve que estrecharle la ropa. El cáncer lo había consumido.

También en eso mintieron: al Escorpión Negro lo mató El Dragón Chino.

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Bob Positioning System

Dylanok

Anota los temas del centenar de programas de radio de Bob Dylan como cien contraseñas, cien gotas desprendidas del chorro grande de la manguera.

Anótalos: automóviles, el diablo, bebida, divorcios, teléfonos, trenes, lágrimas, pájaros, médicos, más trenes, locura, guerra, fruta… Un menú lacónico de voces tuertas, empleado por aquellos que nunca dicen “soy”, que nunca dicen “tengo”, que sólo desayunan tierra y surco, que son, como Rimbaud, “avaros como el mar”.

Advierte ahora el elenco de voces: Judy Garland, Fats Domino, Otis Span, Sonny Rollins, Wanda Jackson… Concibe, como merece ese tipo de gente, un espacio fértil, el horizonte despoblado, la nada positiva y naciente, el claro del bosque.

Piensa: Dylan, joder, Dylan, musa pagana, tacto de gloria, intoxicación de niebla.

Ahora postulante como locutor para los sistemas de navegación GPS de los coches:

Creo que sería interesante que puedas escuchar mi voz cuando busques direcciones. Diría algo así como: ‘A la izquierda en la siguiente esquina… No, mejor a la derecha… ¿Sabes qué? Sigue recto’.

Acepta. Está bien, déjate conducir por Dylan.

Como él, añora comer por comer, no por alimentarte. Añora la corona triunfal del fracaso, la voluntad de tragedia y el amor de los fantasmas. Añora sembrar la duda inútil, como sembrando trigo en un día ventoso, y la candidez del niño en la roca, solitario entre las barcas que faenan.

Pero acepta de una vez que ese tipo te mal llevará:

No creo que sea la persona indicada para orientar a nadie, yo siempre acabo en un lugar, la Avenida de la Soledad. Por suerte, no estoy completamente solo: Ray Charles me lleva hasta allí.

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Ellie, rip

Hoy estoy un poco más solo. Bye, bye, Ellie, chica en slacks, En Excelsis, cartógrafa de todos mis mapas.

* * *

(post-edit)

¿Tienen sentido los tiempos verbales?. Trato sin éxito de entender a San Agustín:

Hay tres tiempos: un tiempo del presente, un tiempo del pasado y un tiempo del futuro

Me confunde esa constante necesidad de cómplices. Tiempo para perdurar y  amistades para pactar opiniones. Nunca tengo medida para esas ceremonias ¿Por qué esa enfermiza necesidad de pervivir y comunicar?.

Soy una caja caliente repleta de píldoras sedantes en el bolsillo de la chaqueta. Sé, eso sí, que el mundo es un canto de ondas líquidas, conozco el carácter acústico de la creación, siento la resonancia de las esferas y siempre hay una canción dentro de mí. Eso me salva.

He creído sucumbir mil veces, físicamente entregado a la disolución y mentalmente a los siquiatras o las dependencias emocionales, pero siempre ha llegado una canción para redimirme en el momento fatal.

Tres de cada cuatro –Baby I Love You, Then He Kissed Me, Da Do Ron Ron, River Deep Mountain High…- eran de Ellie Greenwich.

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Locutor

Inclínate para recoger el lápiz. Piensa en tu hijo. Mira el lápiz que aún rueda unos centímetros más. Fíjate en la refinada tarima de madera sobre la que rueda el lápiz. Pregúntate qué significa la emoción.

Visita una feria de artesanía. Compara los llaveros. Te gusta el de Kurt Cobain. Maréate un poco, sólo un poco. Compra el llavero de Kurt Cobain. Vete de allí, todavía mareado, sin saber cuánto pagaste por el llavero. Arroja el llavero a un cubo de basura rotulado como “Envases y plásticos”.

Considera el magnetismo. Entra en un bar, el primero que encuentres. Investiga por qué has entrado. Pide algo inesperado, distinto al café de siempre. Los brazos del camarero son los dos polos de un imán. Magnetismo, tienes razón.

En casa, intenta leer. Un libro es un espejo, lo sabes. Piensa: debería limpiar los estantes. No importa. Piensa: puedo limpiar otro día. No preguntes por qué. Aprecia lo qué sucede en el mundo reducido a onda media, a una lacónica vibración. Opta por no leer.

Abandónate a los estímulos. Intenta dejar de hablar de ti mismo. Eres una pared sin encalar. Quizá una caja de botones sin ojal. Comprueba el alcance del insomnio, un cartílago inmortal. Dobla el cuello para escuchar la música de los huesos.

Reconoce al insomnio agazapado en este montón de libros. Es una galleta de la suerte entregada por los dedos impávidos de una camarera china. El insomnio quiere saber de ti, es el rocío en la tapa de los cubos de basura.

Mira el reloj de pulsera: el tiempo, atómico, no rige. Recuerda que vives sin hora local. Admite el carácter sobrenatural de la noche. Repasa el nombre de todos los bares que has pisado. Desnúdate de su recuerdo y experimenta la limpieza como un espasmo.

Llama a un número de teléfono cuyos dígitos correspondan a tu fecha de nacimiento. Habla con quien conteste como si le conocieses desde la niñez. Anota sus respuestas en una cuartilla. Consérvala como una oración.

Traza un mapa, cartografía las muescas talladas por el filo de cuchillo del insomnio. Cíñete con la leche de las estrellas, tejidas sobre negro. Estudia tu deriva, como el río en el atlas: cruzando alquerías, almacenes de los años treinta, territorios de revolución, establos de caballos. Escucha como gritan las calles.

Juega. Patea la pelota con exactitud. Estúpido como la noche.

Recuerda la distancia entre tu hijo y tú: seiscientos kilómetros. No es una longitud incómoda –una hora de avión, seis de automóvil–, pero tu economía no permite que viajes a verle.

Llámale, como todos los días, por teléfono. Pregunta:

–¿Qué tal?

Entonces él dirá:

–Bien, ¿y tú?

Responde:

–Bien.

Observa la puerta de pino, seis cristales simples, sin bisel, que conduce a la cocina nueva. Olfatea la cera, la cola de contacto. Piensa en una obra cerrada.

Observa la puerta. Sus guarniciones, blancas como la fiebre. Un fogonazo contra la escasez. No temas. Piensa: la puerta es la cicatriz punteada en la piel. Nunca sabes qué esconde una cicatriz. Abre la puerta. Abre la otra puerta. Sal de casa. Húndete en el afuera. En la cicatriz. Eres su locutor.

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Mancha

Quiero pensar que Joseph Conrad redactó Lord Jim a partir de la picadura de un mosquito mientras su embarcación sobrellevaba una calma chicha en los bancales del río Níger.

Que William Faulkner desplegó Santuario en una visita de cortesía a un juzgado de paz, durante la cual sufrió un profundo mareo.

Que Robert L. Stevenson presintió Catriona en el aroma del tabaco de pipa que fumaba un amigo.

Que Edgar Poe descubrió el terror de Arthur Gordon Pym en la pesadilla de una duermevela.

Que Jorge Luis Borges escribió El hombre de la esquina rosada tras percibir el rostro de su abuelo materno en una de las manchas que agasajan a los ciegos.

Quiero pensar que, así, gracias a la afortunada intervención de una contingencia, un encuentro, un mareo, una mancha o un mal paso, algún día podré contar mi historia.

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Pynchon hace surf

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Este hombre con dientes de conejo (al parecer, acaso los haya domesticado algún ortodoncista), ese tipo cuyas novelas todos dicen haber leído pero nadie lee, ¡habla de surf! en su nuevo libro.

Thomas Pynchon -huidizo que deja a Salinger a la altura de una pop star- menciona y tritura un montón de canciones en Inherent Vice, recién publicada en los Estados Unidos. Desde el God Only Knows de mis Beach Boys, hasta Yummy Yummy Yummy, de Ohio Express, que hace unas semanas escuché en una autopista alemana.

Rodrigo Fresán, que ya ha leído el libro, dice que explora:

El entrópico derrumbe de la iniciática Era de Acuario hacia la terminal Era de Cáncer.

Para leerla en castellano nos toca esperar años. Tusquets, editora en España del misterioso y adorable Pynchon, todavía no ha publicado la novela precedente, Against the Day (2006).

Ahora han puesto voz a Pynchon en un videoclip distribuido con afán promocional.

Preferiría rebobinar y quedarme con lo que sabemos o creemos saber, dado lo cual se puede inferir que Thomas Ruggles Pynchon:

Nació (8 de mayo de 1937) en Glen Cove, una pequeña ciudad (27.000 habitantes, casi todos blancos) anclada en la costa norte de Long Island, en el estado de Nueva York.

Le gustaban las películas de Shirley Temple, jugó al rugby, tocó el trombón e hizo el servicio militar.

Sólo se conocen dos fotos y se consideran suposiciones las incontables leyendas: la camiseta de los 13th Floor Elevators que tanto le gusta; la residencia ininterrumpida en la ciudad de los anónimos, Nueva York…

Sus novelas, como el mundo, están pobladas por charlatanes, drogadictos, inocentes, decadentes, magos, espías, aventureras, ladrones, matemáticos y armas.

A veces aparecen personajes reales o casi reales: Nikola Tesla, Bela Lugosi, Groucho Marx…

Parece que Pynchon habló alguna vez de su territorio en uno de los foros de Internet a los que gusta asomarse:

If it is not the world, it is what the world might be with a minor adjustement or two.

El mejor novelista de la última mitad del siglo XX (junto, quizá, con Philip Roth, Saul Bellow y Vladimir Nabokov) está de vuelta.

Olvidemos los cuentos, volvamos a leer.

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