Sampán

Conozco a un japonés cuyo nombre significa “cuarto hijo del naranjo salvaje”: se llama Yoshiro Tachibana y la última vez que le vi, en 1994, vivía encaramado sobre una colina de rocas, en un pueblo gallego, Muxía.

Conozco a otro, Michio Kodama, que practica el noble arte de la mano vacía, el karate.

En 1995 me hirieron en una pelea campal entre aficiones de fútbol encontradas: me estallaron un cenicero en la cabeza.

Recuerdo mi mano teñida de sangre caliente tras el impacto, apenas doloroso: a veces las heridas son caricias animales.

No sé qué sifgnifica Michio Kodama, pero también le vi por última vez hace mucho, en 1995.

Yo no era aficionado al fútbol, sólo un vecino del barrio del estadio.

Michio Kodama no hablaba como un japonés, parecía chino:

Cuando llegas sin esfuerzo, el cielo te escucha.

Yoshiro Tachibana sí parecía japonés:

Necesito sufrir para espabilarme.

En una playa del municipio de Muxía lancé una botella al mar: una ceremonia vulgar que algún día repetiré, un bingo oceánico.

La botella contenía un mensaje, citaba al poeta chino Yu So:

Pienso en mis hijos cuando como melón.

Añadí mi dirección postal: no tenía correo electrónico en aquel tiempo; tenía melones, hijos, playas…

Antes de ser poeta, Yu So navegó por el mar de China en un sampán dedicado al tráfico de opio; apresado y condenado a muerte, a Yu So se le concedió la posibilidad de retractarse por escrito para morir en paz con los dioses y el Emperador: emocionado por la lectura de su epístola, el gobernador de la provincia de Hainan conmutó la pena y le nombró escribano.

Yu So murió a los 103 años tras una borrachera de vino de arroz.

Fumé opio dos veces, me gustó mucho.

Siempre tuve conmigo uno o dos libros de poesía china.

Las palabras son meros indicios, dedos apuntando a una realidad que nunca albergan del todo: el cenicero que golpeó mi cabeza era cuadrado y transparente: esos dos adjetivos no dicen nada sobre la sangre caliente y la ausencia de dolor.

Acabo de buscar en las estanterías y no encuentro ningún libro de poesía china; hay, sin embargo, unos cuantos, siete u ocho, de poesía japonesa.

Viajé a Dongfang, en la provincia de Hainan, por una casualidad laboral: la ciudad me pareció fea y polvorienta, pero trabé amistad con un inglés que me arrastró hacia las dunas del sur y me enseñó a pescar con redes lanzadas desde la playa, donde asábamos los peces, pequeños y barrigudos, y bebíamos cerveza.

Mi amigo inglés, al que vi por última vez en 1996, se llamaba Loth y trabajaba como ingeniero en una empresa trasnacional con intereses en Lejano Oriente: tenía bastante tiempo libre.

Sé por terceros que Yoshiro Tachibana regresó a Japón hace unos meses: antes de marchar quemó todos sus papeles en una playa de Muxía, la misma desde la que yo lancé al mar la botella.

Una tarde, en el cuarto de Loth, vi sobre la mesilla una antología de Yu So; también un estuche con una pipa de opio.

Tú encontraste mi botella, muchacha sampán.

Acabamos de cenar melón.

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