Archivo mensual: septiembre 2009

I made you some fire



You know, I used to cut your kindleing
Baby, then I made you some fire
Then I would tote all your water
Way, way, way, from the bogy brier

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Deseo de no usar comas

mientras estaba ahí tumbado boca arriba con la boca abierta como un cadáver soñaba con arroyos de agua de montaña negra y húmeda

A Cormac McCarthy no le gustan las comas. A mí tampoco, pero yo no hablo como las piedras, los zopilotes o los pellejos de ganado muerto.

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Sin metáforas

En James Agee quise encontrar al hombre de cara redonda capaz de buscar el silencio de los otros para manejar el propio silencio.

Enumerando, por ejemplo -a veces la literatura es simple y la complicidad absoluta-, las chanclas en el porche de la cabaña de los jornaleros: ésas son de la niña, aquellas del niño, de la madre, del padre…

En Malcolm Lowry, insoportable borracho, perseguidor de incendios e inverosímiles refugios, encontré la fiebre de los volcanes, el idioma que se habla tras la lengua, allá adentro, donde tartamudea el gusano manchando las cavidades de muerte y sexo.

Al atardecer de los suburbios y el átono rumor de los frigoríficos colmados de inútil alimento llegué de la mano de John Cheever, que sólo escribió un libro feliz, pronosticándolo (“¡éste será un libro feliz!”), lo que me hace pensar que acaso advertía la cercanía de la muerte y el paraíso donde las piscinas superan el horizonte.

A otra tierra más clara, y también más bestial, me condujeron Peter Mathiessen, budista tras ser hombre; Blaise Cendrars, un francés manco, seguramente insoportable, que hizo de la experiencia un circo de pulgas, y W.H. Hudson, un inglés compadrito vagueando por la cuenca del Paraná.

¡Vviajeros!, a ellos los frecuento para indemnizar mis déficits de héroes y tumbas: se venden unos a otros, benefactores en la militancia del mundo. Bruce Chatwin me llevó a Robert Byron y éste a Richard Burton, tres señoritos en los templos del dios sin nombre del desierto y los pellejos.

Borges me llevó a todos los que, alguna vez, soñaron con ser Borges.

Juan Rulfo y Cormac McCarthy, nocturnos, me enseñaron que las sombras azules de los caballos son la única salvaguarda cuando te persiguen las ánimas o la locura, quizá montada en uno de esos mismos caballos.

Porque lo maligno se escamotea en lo benigno, porque el napalm en la jungla quemó primero el pecho, como supe por Michael Herr y, desde otra guerra, el primer Vietnam, por Louis-Ferdinand Céline.

Robert Graves escribió para mí sobre la diosa de la niebla y los robles. Escucho ahora el rondó del lápiz sobre el folio. Joseph Mitchell escudriñó los papeles de Joe Gould mientras yo observaba. Veo ahora el ocaso frente a Manhattan. Don DeLillo me sostuvo en el estadio de beísbol. Acaricio ahora la piel añosa de la bola del home run.

La palabra clara para las emociones partidas, entrevistas apenas en las rendijas de tantas y tantas puertas, me la dieron Patricia Highsmith, Raymond Chandler, William Faulkner, Sam Shepard, Peter Handke, Carson McCullers, Flannery O’Connor, David Foster Wallace, William T. Wollmann… Toda esa gente con una cámara de cine ensartada en los ojos, como Melville, Conrad y Stevenson.

Toda esa gente sin metáforas.

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Deseo de ser necio

Cansado de otro día sin tono, carente de impulsos, pero desearías la falta de impulsos absoluta: la quietud en blanco de las técnicas simples (si es que la constancia y la entrega lo son) de vaciarse en una cañería, cerrar los ojos, tocar con la punta de la lengua la parte posterior de los dientes, aflojarse con naturalidad, cayendo (y callando) en los brazos suaves y perennes del aire que expiras, dejar de pensar, intentarlo, asistir al cine de nubes de las ideas, tan estúpidas, tan engreidas, tan débiles, y vivir sin ellas, pasear sin norte, dejar de tener idioma, meterte en la ropa como en los años…

Acercándote sin saber, deseando ser necio.

Ahora, en otro día, de nuevo la alianza de síntomas que tan bien conoces: el asco (no existencial, no es de tanta altura, sólo simple asco de faringe y estómago), la angustia, el mareo.

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El Muerto

Siempre le llamé así, como a él le gustaba: El Muerto. Tenía traza de Charles Manson: barba poblada, párpados imóviles. Dibujaba manchas en un bloc. A veces vendía las láminas, con un éxito proporcional a su débil constancia y a la calidad de las manchas.

En uno de los bolsillos del gabán escondía una piedra. Decía:

Para defenderme.

Cada día sustituía la piedra por otra.

Los enemigos también cambian.

Vivía con Flor, una estudiante de Magisterio que venía de un pueblo costero del norte. La recuerdo rubia y sonriendo.

Nos visitaban con cierta frecuencia: té, hachís y algo de música. Al él le gustaba Erik Satie; a ella, como a todos, los Beatles. No importaba lo que te gustase en aquellos tiempos, nadie te incineraba por ser tú mismo.

El Muerto era tétrico y nos hacía gracia: leía los evangelios gnósticos y a Carlos Castaneda, pero ese pecado era colectivo. También se untaba el pene con pimienta y miel antes del sexo y me enseñó la fórmula mágica contra el ataque de un animal. Aún puedo citarla:

Lo’ma zath aio’n achthase ma… zal balamao’n e’eioy.

Procedía de la Ecloga ex papyris magicis, de Johanne Opsopoeo. Lo comprobé porque yo no tenía demasiadas ocupaciones, malgastaba las mañanas en la Biblioteca Nacional y recelaba de la suficiencia y la bondad de alguien que guardaba el bolsillo una piedra distinta cada día.

Flor y El Muerto rompieron en pocos meses. No fue una sorpresa para nadie: eran un tártaro y una muñequita.

Ela pidió refugio en casa, no tenía a dónde ir: se instaló en el sofá del salón, protegida por los discos de los Beatles. Tenía miedo, pero algunas muñequitas no hablan. Yo también tenía miedo.

El Muerto empezó a llamar a los pocos días. A todas horas, también de noche, pronunciando alguna de aquellas rogativas:

Borka borka phrix phrix rix.

O:

Achach amixag ouch thip lai lai lamlai lai lam mail.

Luego, sin añadir nada más, colgaba.

Yo transcribía fonéticamente lo que creía entender en un cuaderno que tenía preparado cerca del teléfono. Descubrí que eran invocaciones egipcias de Simón el Mago, el proto evangelista que defendía la tesis del matrimonio de Dios con Ennoia, la mujer que, en sucesivas reencarnaciones, sería Helena de Troya y Helene, la prostituta esclava de Tiro a la que Simón liberó y con la que se desposó para predicar, presentándose como “Dios y Ennoia”.

El Muerto era muy literario, pero me hacía la vida imposible con las llamadas y sus jaculatorias, que no cesaron después de que Flor regresase a aquel pueblo del Norte donde sólo tenía que preocuparse por encontrar algo para no morirse de tedio los sábados por la tarde.

Una mañana, en el Rastro, El Muerto y yo nos cruzamos.

Vino en mi busca desde el puesto donde exhibía sus impenetrables dibujos en tinta negra. Supe que su mano, en el bolsillo del tabardo oscuro, sujetaba la piedra de ese día, la piedra de cada día.

Dije:

Ieoyo’e’ie’iae’a ie’o’yoei.

El Muerto dudó durante unos segundos, quizá dos o tres, quizá menos: a veces el tiempo no concuerda con la vida y no sabes cómo dividirlo.

Cuando mi piedra le golpeó en la sien, se derrumbó como una marioneta a la que cortasen los hilos.

La última vez que vi al Muerto, estaba en el suelo. Los cordones de sangre le dibujaban manchas sobre la camisa negra. Se parecían a sus dibujos.

Lo que antecede no es una pretensión literaria, por lo demás vana e inútil dado mi estado. Todo es riguroso y cierto como el discurrir del tiempo en el asiento trasero de un coche policial.

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Diez

Apunte textual de Suttree, de Cormac McCarthy:

Dejó atrás patios y jardines de hormigón que apestaban a deposiciones de las aves de corral y dejó atrás grutas oscuras entre las cabañas donde la música brotaba y se extinguía y dejó atrás ventanas de luces anémicas sobre cuyas agrietadas cortinas de papel amarillento bailoteaban sombras.

1. Jandek

Según dicen, se llama o hace llamar Sterling R. Smith, pero no consta que ésta sea su identidad real o bien un heterónimo para evitar los contactos indeseados.

Vive en algún lugar del estado de Texas, quizá cerca de Houston.

Desde 1978 ha grabado y editado treinta discos que, como anota algún crítico, parecen “dictados por una sesión de ouija”.

Las cubiertas (fotos equívocas de varios hombres que podrían ser el artista o no serlo) no ofrecen más información que el título de las piezas y la duración de cada una.

Nunca ha tocado en público, rechaza toda solicitud de entrevista. Concedió una pero la periodista no puede asegurar que el hombre que acudió a la cita (y que siempre hablaba en primera persona del plural) fuese realmente él.

Encontraron a Unabomber y Salinger, redujeron a cliché a William Burroughs y el Cabaret Voltaire, negaron la oración para dedicarse a encontrar empleo en las corporaciones de la sorpresa-todo-el-tiempo.

Lo consiguieron.

Pero no pueden con Jandek.

2. A la mierda.

Leo en un diario un ilustrado y juicioso análisis sobre el futuro de la música:

De la misma manera que la imprenta apuntilló a la tradición oral, el presente digital ha venido a transformar la música en todos sus ámbitos, desde la creación hasta el consumo. Ya nada será como antes y el futuro de ayer mismo es hoy el presente.

El autor (a sueldo de un periódico que, no debe olvidarse, atesora intereses millonarios en la industria de los derechos de autor, la distribución de música, la promoción interesada de ésta y el circo planetario del espectáculo) concluye enunciando una incertidumbre y pretendiendo, ya sin máscara de objetivismo, que el lector la considere propia:

La gran duda es saber si en España, un país con poca tradición de consumo musical y cedido al monocultivo del éxito fácil y perecedero, este modelo se impondrá entre una generación, los más jóvenes, que ya se ha acostumbrado a no pagar por la música. Un ejemplo: no es raro que al preguntar a un chavalín qué estilo de música le gusta él se limite a responder: “Me la bajo de Internet”.

Me importa un bledo en qué cenagal terminen los organizadores de espectáculos-mercancía y los mercadotécnicos de la telefonía, los industriosos del éxtasis del poder y los vendedores de camisetas, el encaje nupcial de los roquistas y el estómago emplumado de los modernistas, el calambre menstrual de los macrofestivales y los pómulos de aguja de los garitos de siempre, los setos ingleses y los bulevares de Memphis, el público obtuso de la generación hedonista-filial y el público panzón de la generación nostálgico-paterna…

A la mierda con todos ellos.

3. Wesley Willis.

Wesley Willis (1963-2003) saludaba a sus fans con una ceremonia. Sostenía la cabeza del prosélito con las manos y gritaba:

¡Di rock!

Cuando el otro obedecía, Willis le daba un tremendo cogotazo con su propia cabeza y ordenaba:ç

¡Di roll!

Otro cabezazo.

El ceremonial introductorio se prolongaba hasta que el admirador pedía tregua.

Willis (160 kilos de negrura de Chicago, gran cabeza dura) compuso todas sus canciones -50 discos, cada uno con una treintena de piezas- en los autobuses de la empresa municipal de transporte urbano, la Chicago Transit Authority.

A bordo experimentaba episodios de lo que llamaba warhellride (que podría traducirse libremente como viajebélicoinfernal) durante los cuales mantenía encuentros con ciertos “demonios”, entre ellos Heartbreaker, Nervewrecker y Meansucker, empeñados en hacerle perder el “espíritu alegre del rock”.

Durante el traslado a la morgue del cuerpo leucémico de Willis, los camilleros hablaron del posible origen de la tumoración hinchada que tenía en la frente el cadáver.

Al salir de trabajar, los camilleros pagaron 60 dólares más impuestos por ver, desde una distancia de 172 metros, la realización en tiempo presente, proyectada en pantallas gigantes de resolución y nitidez superiores a la vida real, de un concierto de los Red Hot Chili Peppers.

Al día siguiente, se lo bajaron de Internet, esta vez sin pagar.

4. La aventura, Juanito.

¿Dónde está la aventura, Juanito?, ¿dónde la pulsión, el ansia, el miedo, la tristeza?, ¿los ves?, viajan a Londres para ponerse al día y Londres, tú y yo estábamos allí para recordarlo ahora, está bajo el río; otros ni siquiera se mueven: frente a la fosforescencia de la pantalla patean y almuerzan y divagan, disipados, representándose en vagos choques, las hilachas de las perneras barriendo el polvo, humos de llamas que nunca arden, estupidamente tanteando, boxeando contra todos, en busca de algo que harte como la miga de pan pero sabiendo, vaya si lo saben, que ningún alimento es suficiente para tanto hueco, porque me duele, me duele, me duele, ¿me estás escuchando?; ¿alguna de aquellas tardes extravagantes, sin dinero pero con marihuana, pensaste, Juanito, que sería posible algo semejante: buscas y encuentras, carnaza, sedal y es tuyo, sin golpes pélvicos, sin espinas, sin terciopelo?, pero, ¿sabes qué buscan en esa odisea de enredaderas y cuervos?, ¿la Incredible String Band y Henry Cow, Steve Reich y los Shaggs, MC5 y Link Wray, Captain Beefheart y las Slits…, cualquiera de nuestra multitud de cómplices, outsiders según la ley del más fuerte pero grandes según la ley de Marx: “¡que cada hombre sea su propio artista!”?, no, amigo, eso no se lleva en esta larga temporada de indecente homogeneidad occidental: ahora priman los objetivos claros: Jimi Hendrix y Frank Sinatra copulan con la misma ramera, los Beatles y Madonna suenan en la misma feria, James Brown y Franz Ferdinand caben en una sola chapa, Joaquín Sabina y Bruce Springsteen votan izquierda… nada de riesgos, ni siquiera el mínimo: mejor Radiohead que Tom Waits, son los índices quienes precisan a dónde nos dirigimos y las camisas tienen números bordados color cobre, vámonos de aquí que no me veo comiendo siempre filetes de las mismas vacas.

5. Rodd Keith.

Rodd Keith (1947-1974) sabía hablar del revés y creía que los juegos de palabras de apariencia insensata contenían un callado saber.

En sus prolongadas y reiteradas escapadas nocturnas conversaba con quienquiera durante horas, pero nadie entendía lo que decía porque hablaba del revés.

Decía, por ejemplo:

Somos salucelom sadanednoc a esrargetnised y odot ol samed se odaroced.

Rodd era el mejor en lo suyo: compositor para las empresas editoras de song-poems, que prosperaron durante los años sesenta: se anunciaban en las revistas populares invitando a los lectores a remitir un poema que, a cambio de una tarifa, sería convertido en canción y grabado (“con los mejores músicos de Hollywood”) en un single de vinilo.

Un mal poema para mamá o la querida tía Martha, una pútrida oda a la hija quinceañera o la novia platónica.

En eso llegaba Rodd: dos minutos, una canción.

Así vivió, en la sombra de la sunny California: músico sin cara, voz sin forma, trabajando desnudo en un apartamento con tejado de uralita y las paredes pintadas de negro.

Cuando la industria decayó también se llevó a Rodd por delante.

Un día dijo a un grupo de compinches de botella y ácido:

Yov a rarpmoc anu ed sasse saveun saramac ed oediv arap recah anu alucilep erbos un opit euq es arit edsed un osap odavele ed al atsipotua arap euq sol sehcoc neugeuj noc us opreuc atsah euq es nesnac.

Lo hizo: se tomó un LSD y saltó, a las 5 a.m. del 16 de diciembre de 1974, desde una pasarela peatonal sobre la Hollywood Freeway.

Lo atropellaron numerosos vehículos, pero nadie advirtió la belleza coreográfica del pelele.

Tampoco le relacionaron con unas ininteligibles palabras que aparecieron escritas en tinta negra sobre el pasamanos del paso elevado:

Is sedreip al aibar, sedreip al acisum.

6. Purgatorio.

música desentonada amelódica
desacordada con ennegrecidos filos
de sartén primera

plegable trasera alumbrada por demonios
o párvulos en travesuras del mismo calado
quijada sucia

sospechosa idiota sin afán de talento
sopa boba y pavimento
utopía de catres y calcetines

necio instrumento mi embalaje
para zapatos rotos
y purgatorio de shock

para pensar en el
hundimiento
del mundo

7. Sin signos y con z.

Siempre creí en lo outsider que a mi entender es la pureza la cercanía a un estado natural visceral e inescrutable pero no esa cultura outsider que desarrollas damita tostada resignada a ganarte a pulso un lenguaje corporal de camisetas faldas y blogs y no te gustan las noticias que no ves ni conoces pero tampoco sales a crear unas nuevas porque en youtube regalan lo necesario para ser feliz primera parte y deberías leer a Marx antes resultaba tan necesario como dar a papá el beso para que a cambio del contacto baboso con el Gran Enemigo soltase la paga hablo de ese Marx de 24 años que dijo “es necesario sumir a la gente en el terror a fin de darle coraje” o si no quieres podrías escuchar estos dos discos en clave de z son mejores que los Beatles.

8. Mi vergüenza:

No recordar la música de mi infancia con honestidad, cribarla a través del tosco tamiz de los años y la edad, revertirla y complicar su simpleza.

No recordar las canciones que mis hijos cantaban en el jardín de infancia y repetían luego: sólo retengo ideas (maldita disposición hacia la incuria) muy simples: una burra, un conejo…

No recordar que esto, como dijo Shakespeare y no tuvo en cuenta Marx, es una historia contada por un necio

9. Otra vez Cormac.

Los ojos en reposo. Este callado e inextricable domingo. El corazón bombeando bajo el esternón. La sangre en sus rondas establecidas. La vida en espacios pequeños, estrechas hendiduras. En las hojas, la pulsación del sapo. La delicada guerra celular en una gota de agua.

McCarthy, que rehuye con vehemencia la difusión de cualquiera de las partes de su vergüenza, vive en un lugar indeterminado del estado de Texas, quizá cerca de Houston.

10. Esto:

Las buenas canciones, cuando son escuchadas por primera vez, tienen gusto, como los golpes desverbados de McCarthy, a fruta demasiado madura, como si naciesen secas.

Las buenas canciones nunca aparecen en las guías de teléfono.

Las buenas canciones son una profundaespiralbélicoinfernal.

Las buenas canciones son un baile de sombras tras una cortina.

Las buenas canciones eluden su identidad, están escritas al revés y te provocan un tumor en la frente.

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Als das Kind Kind war

Peter Handke es el autor de uno de los más bellos poemas del siglo XX. No por casualidad, porque el escritor es de la generación que creció acunada por el cine, forma parte del guión de una película y la recorre, como no podía ser de otra forma dadas las preocupaciones del autor, brotando como la palabra y esfumándose como el tiempo:

Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente
y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño
no sabía que era niño
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una (…)
Cuando el niño era niño
jugaba con entusiasmo,
y ahora se mete en sus cosas como antes
sólo cuando esas cosas son su trabajo.

Narrador de reportajes que son consciencia y poeta de la momentaneidad que se transforma en verbo y se inmortaliza, Handke (Griffen-Austria, 1942) quizá sea –con perdón, como el diría, de los “escritores uniformados” Heinrich Böll y Gunther Grass, mucho más populares pero también más cardenalicios, y del llorado Thomas Bernhard– el mejor escritor en lengua alemana de las últimas décadas.

En España, donde su narrativa ha sido editada con puntualidad (Alianza tiene, a muy buen precio, una Biblioteca Handke entre sus colecciones), había una deuda pendiente con el poeta. Queda saldada con Vivir sin poesía (Bartleby, 24 €), primera antología completa en castellano de Handke. Es bilingüe y está traducida por Sandra Santana, que también firma un prólogo handkiano desde el título: La no-poesía de Handke, el mono que aprendió la lengua gracias a un marinero en estado de ebriedad o, como dijera Rilke, en ningún sitio, amada mía, habrá mundo sino en el interior.

Pese a que Handke se hizo de rogar para que sus poemas fuesen reunidos (adujo a sus editores “no ser un poeta”), sus no-versos recorren los últimos cuarenta años. El tomo que aparece ahora va desde las proclamas de 1965 (por ejemplo, el casi panfletario Lo que no soy, no tengo, no quiero, no me gustaría, y lo que me gustaría, lo que tengo y lo que soy, donde dice: “No soy ni un nacionalista ni un igualitario. / No soy un adorador de la dictadura ni el defensor de una mal entendida democracia”), hasta el esencial Poema de la duración, en el que postula que “el extasis es siempre demasiado” y que “lo correcto” es:

la aventura de todos los años,
la aventura de lo cotidiano,
pero no de la ociosidad,
no es la aventura del (por activo que sea) tiempo libre

A principios de los años setenta Handke apuntaba como enfant terrible, wunderkind y estrella pop. Firmaba polémicas obras de teatro, colaboraba como guionista con el cineasta Win Wenders (“El miedo del portero ante el penalty”, “Falso movimiento”), se atrevía el mismo con la dirección (“La mujer zurda”) e iniciaba una carrera narrativa de progresiva depuración. Desde la crónica de “Carta breve para un largo adiós” (1976), con modos de fría novela de carretera, a la poderosa “La pérdida de la imagen o por la Sierra de Gredos” (2003), un viaje en pos de una utopía imposible, Handke ha firmado una veintena de novelas y ensayos.

Pese a que en los últimos años se le ha proscrito con injusta y superficial saña por sus opiniones políticas sobre la Guerra de los Balcanes (en 2006 renunció al Premio Heine, el Cervantes alemán, por una caza de brujas), la “decepción fertil” de Handke; su absoluta seriedad como escritor –sostiene que cada párrafo de buena literatura debe “producir luz”–; su desapego por los fastos literarios; sus caminatas quijotescas por Europa, en especial por la España seca –ha residido en clandestinidad en Linares y Soria–, y la descreída espontaneidad de su búsqueda, le convierten en indispensable. Hace tres años le preguntaron qué esperaba de la literatura y, desde la “bendición” de saberse escritor, pidió “respeto” hacia quienes se manchan los dedos de tinta en un viaje nocturno en compañía de las palabras, porque “en algún momento la veneración por la literatura se fue al carajo”.

Esto publicaron hoy en el diario, en mi sección semanal.

Esto otro no lo publicaron:

Ni esto, que escribí hace unos años:

Als das Kind Kind war,
ging es mit hängenden Armen,
wollte der Bach sei ein Fluß,
der Fluß sei ein Strom,
und diese Pfütze das Meer

Sucedió algo inexplicable (¿o debería decir ‘absolutamente razonable’?): realizábamos las encuestas callejeras para el diario y preguntamos a una mujer que bebía sola una taza de té por la película de su vida. Dijo:

Una de Wim Wenders, Wings of desire.

Ayer me había encontrado con la nueva edición de esa misma película (Cielo sobre Berlín, la llamaron en España) y no lo dudé: pagué el precio y la traje a casa, convencido de que deberíamos ver juntos a Damiel y Cassiel, los dos ángeles cansados de tanta eternidad.

Abrazados bajo el saco de dormir (el frío no era precisamente angélico), escuchamos el alemán resonante del guión de Wenders y Handke, visitamos la ciudad desolada de 1945 y la ciudad dividida de 1987, paseamos por los pensamientos de toda esa lonely people que interpreta una sinfonía perfecta pese a su dislocación.

En el encuentro final entre la trapecista Marion, también ángel pese a sus “alas de pollo”, y el ya humano Cassiel, mientras Nick Cave canta From her to eternity, nos vi en la pantalla que todos tenemos tras los párpados, cuando vemos con ojos cerrados.

Als das Kind Kind war,
genügten ihm als Nahrung Apfel, Brot,
und so ist es immer noch

Es decir:

Cuando el niño era un niño
Era bastante comer una manzana… o un pedazo de pan
Y todavía lo es

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