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Cuando soy el diez por ciento de mí, un pianista gordo me pisa la frente, me envuelve en serrín y compone naúseas de destierro y bronca.

Hay entonces novedades atmosféricas: avanzar es más difícil que de costumbre y no puedo entender.

Ninguna de esas frases que, como gotas desprendidas del chorro grande de la manguera, componen la sinfonía del día.

Cuando soy el diez por ciento de mí, prefiero los relojes de juguete, la piedad cristiana, el antojo de un sanatorio.

Facultades de tontorrón, disciplinas fáciles, exámenes de libro abierto, un paso tras otro paso.

La voz desciende por el tobogán y, una vez en la arena, allí queda, espaciada como los desperdicios de los animales educados.

Cuando soy el diez por ciento de mí te escribo cartas a Roma a sabiendas de que tampoco estás allí.

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