Llegando a la parte en que por fin

David Foster Wallaceok

Esto no es la búsqueda de un gancho periodístico y me importa poco que ustedes lo crean o no. El sábado pasado, en una vieja taberna del centro de Madrid, intenté vanamente introducir a David Foster Wallace en una conversación sobre el mohoso Papito Hemingway, sus taras y ponzoñosa sombra.

Horas antes había reunido información para escribir esta misma pieza. Pensaba venderla a mis jefes para la edición del diario del próximo jueves: el grupo de escritores explosivos estadounidenses de cuarenta y tantos que no ha tragado con la ampulosa verborrea de la electrónica y el mix: DFW, Vollman, Eggers, Lethem, Homes… Esos que siguen escribiendo a lápiz y a patadas. Los que piensan, como el Abuelo Vonnegut –ése sí era un hombre y nunca corrió los San Fermines–, que “la vida no es forma de tratar a un animal”.

De eso quería hablar en la taberna, mientras la ciudad celebraba el grotesco circo que han llamado Noche en Blanco y que ninguna asociación anti maltrato animal persigue pese a su nociva influencia. Mi mal verbo y la invisibilidad progresiva que padezco no lograron otra cosa que me quitaran la palabra de la boca. Hemingway y sus toritos bravos siguen siendo rivales invencibles en la modernísima España de las generaciones Nocilla y Naranjito.

Tras los dos cafés de la mañana del domingo, en la visita a mi agregador de fuentes rss –el alcaloide con el que nos entumecen para que nos pensemos libres–, encontré la desconcertante referencia. El cadáver de DFW había aparecido el viernes, ahorcado por voluntad propia, en su casa de California. Mientras yo le buscaba, se había suicidado a los 46 años.

Me sentí como si hubiese perdido a  un hermano. Colgué una foto de un cisne negro en mi cuenta de Flickr –otro alcaloide, otra ponzoña–, escribí en las etiquetas esto mismo que estoy mal escribiendo ahora, acudí en peregrinaje a los almacenes literarios del centro en busca del único libro de DFW que no he leído… Como sucedería en cualquiera de sus desoladores y cómicos relatos, no lo encontré. Un amigo me envió un correo para ofrecérmelo en acogimiento.

Por la noche, como tantas otras noches circulares antes, leí en voz alta para mi novia algunas páginas del escritor nacido en Ítaca (Nueva York, EE UU) en 1962. Aunque nos hicieron reír, eran difíciles de soportar. No puedes usar la carcajada ante las mortajas a no ser que tengas nocilla en el corazón.

Eso sí, reencontré la página de Extinción con la esquina doblada y las frases subrayadas a lápiz con la única descripción útil de los mareos que sufro desde hace dos décadas y media. La utilicé cuando el siquiatra, hace ahora un año, me preguntó por los síntomas que nunca fui capaz de verbalizar:

Todos los colores (…) parecieron iluminarse de forma incontrolada y sobresaturarse, y el entorno visual pareció latir o vibrar débilmente, y los objetos individuales parecieron, paradójicamente, retroceder y alejarse mucho y al mismo tiempo adquirir una nitidez antinatural y una configuración y unas líneas muy precisas, un poco como escenas de un óleo victoriano

El bata blanca me recetó pastillas. DWF me diagnosticó: padezco una “protesta neurológica” contra el estrés emocional.

El lunes, en la redacción de este diario, entré de nuevo en un cuadro victoriano. Al otro lado del teléfono, una empleada de la editorial en España de DFW (Mondadori), atendía mis peticiones de fotos y cubiertas de libros en alta resolución del escritor suicida. Creo en las casualidades. Te mareas cuando tienes que marearte.

DFW era el mejor periodista vivo. Le gustaba ver y contar. Por ende, odiaba el masturbatorio y hitleriano arte de Google. Entregaba originales que eran diez veces más largos de lo pactado y escribía notas al pie varias tallas más grandes de lo políticamente admitido por los tramitadores de la información entendida como SMS. Había sido un joven prodigio del tenis (adoraba la gelidez casi marxista de Federer y, supongo, odiaría la contumacia taurina de Nadal) y un prodigioso escritor de cuentos vectoriales e implosivos. Como reportero, destrozó a McCain, vió mear a David Lynch, proclamó la belleza bárbara de las ferias comarcales de ganado, se dolió de la auto indulgencia de su generación y se subió a un crucero de lujo para descubrir, pasmado, que en el mar no se mareaba.

“Ahora estamos llegando a la parte en que por fin me mato”, dice el protagonista de El neón de siempre, uno de sus cuentos. Un tipo que se siente un fraude y está desesperado por dejar de serlo. La última línea del relato es:

Ni una palabra más.

DFW parecía  copiar a otro gran novelista cuyo centenario celebran en este maldito septiembre negro, el piamontés Cesare Pavese que, a los 41 y en la cúspide, dejó esta última línea antes de los somníferos:

Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más

Escribí esto para el diario. Lo publicaron unos días después de la muerte de DFW, hace ahora un año. Quizá también lo editaron, ya no lo recuerdo: a DFW sí, cada día. A ningún otro escritor he sido capaz de considerar hermano.

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3 comentarios

Archivado bajo huesos

3 Respuestas a “Llegando a la parte en que por fin

  1. banshee beat

    A mi también me ha diagnosticado DFW: se llama novocaína emocional “y, si bien no es abiertamente dolorosa, desconcierta y…bueno, deprime”. DFW era muy grande, mucho más que Hemingway.

  2. Bay…bay…David.
    Un blog excelente….realmente un lugar para malditos..
    Un beso José.

    Jordi Gual

  3. bichito

    Creo, Jordi, que, de ser maldito, DFW lo era a su pesar. Vivía a zancadas, era brillante, le adoraban… La tristeza, la grieta, estaba dentro.

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