Abverbialmente Cave

Cuando leo un adverbio de modo, saco la pistola. Cuando la cadencia –comprobada con extrema fatiga, lo juro sobre el Evangelio de San Marcos– es de tres adverbios de modo por cada una de las 240 páginas del libro, tiro el tomo a la basura y, para evitar daños colaterales futuros, pago al aprendiz de escritor un curso de redacción.

Fugazmente, extremadamente, atentamente, lunáticamente, rabiosamente, sensualmente… Incluso esperpénticamente, palabreja que el autor pagaría muy cara si Don Ramón María estuviese presente. Un horror. Verdaderamente.

El ejecutor del vademécum combinatorio del sufijo ‘mente’ añadido a un adjetivo se llama Nick Cave y perpetra el crimen contra la cadencia y el ritmo literarios en su segunda novela, La muerte de Bunny Munro (Global Rhythm Press, 22 €), que este mes se publica en España.

Hablar de literatura-rock, diría Borges, es como hablar de “equitación protestante”. De Cave se puede afirmar que es un hacendoso músico, un constructor de buenos titulares para los suplementos periódicos y un elegante ejemplo de la cultura pop. Estas son las premisas que explican el fervor por su obra impresa. Sin aquellas, ésta sería improbable y acaso sólo posible en las catacumbas de la autoedición.

El veterano músico australiano, que el martes cumple 52 años, ha promovido con su conocido ímpetu la edición. La mercadotecnia es muy 2.0: lecturas grabadas en vídeo y colgadas en internet, publicación simultánea en forma de audiolibro y venta de una aplicación para el teléfono móvil iPhone para leer, escuchar y oír el torrente de adverbios.

Por si la campaña fuese de poco calibre –que no lo es: los hidalgos bigotes de Cave aparecen en los medios en estos días con frecuencia de top model en apuros­–, el artista inició el viernes pasado en Londres una gira europea de diez actuaciones en locales de pequeña capacidad. Los promotores las llaman “veladas de lectura, música y conversación” y asistir es más caro que la cuota de algunos clubes de golf o un par de botines de Saville Road.

Autor de 14 discos de estudio desde 1984 con The Bad Seeds (los están reeditando desde mayo en ediciones de lujo), Nicholas Edward Cave tiene una bien merecida fama de artista convulso y de presencia arrebatadora. Bebiendo del blues primario de John Lee Hooker y Howlin’ Wolf y de la canción como auto sacramental de Johnny Cash, ha indagado en el pathos de las zonas oscuras del cristianismo (es practicante, ha escrito un encendido prólogo a una edición del Evangelio de Marcos y no se cansa de afirmar que Dios ha sido “secuestrado” por los políticos). En consonancia, sus conciertos son litúrgicos, carnales e intensos.

Le ha costado dejar atrás la sombra del yonqui sangrante con la palabra ‘infierno’ escrita en el pecho de sus primeros años, pero lo ha conseguido con constancia, profesionalidad –trabaja de 9 a 17 horas de lunes a viernes- y sabios, y en ocasiones pueriles, golpes de sensacionalismo. Pese a todo, es dueño de una obra musical coherente y ramificada en variados registros: este año aparecerán la banda sonora de la película “The Road” y el segundo disco de su grupo paralelo, Grinderman. También trabaja en la música de un documental sobre la prostitución con niñas vírgenes en Camboya y ha dicho no al guión de la segunda parte de Gladiator que le propuso su amigo Russell Crowne.

La muerte de Bunny Munro es la segunda novela de Cave en dos décadas. De la primera, Y el asno vió al ángel (Pre-Textos, 25 €), dicen que casi le costó la vida y, en una afirmación con probabilidad apócrifa, que corregía el manuscrito con sangre. Alguna crítica destaca que ésta tiene tantas referencias genitales como un tratado de obstetricia. Para continuar con la épica de los fluidos, parece escrita con semen. El protagonista, un sexo adicto, está construido según el patrón de homínido que la feminista castradora Valerie Solanas veía en cada hombre. Para Bunny Munro no existen mujeres sino vaginas. Anhela, sobre todo, las de Kate Moss,  Kylie Minogue y Avril Lavigne.

La editora española de Cave, consecuente con ese panorama, ha sustituido al conejo de peluche que ocupa la portada del libro en otros países: una referencia al nombre de pila del protagonista, Bunny, Conejito, y a la mascota de las pilas Duracell, que duran y duran y duran. A los lectores españoles nos pretenden atrapar sin indirectas con la vulva abierta pintada en 1856 por Gustave Coubert en el cuadro El origen del mundo.

La muerte de Bunny Munro, dice Irvine Welsh (Trainspotting) en una hojita promocional, es como el inverosímil resultado de una obra escrita a seis manos por Cormac McCarthy, Franz Kafka y Benny Hill. Mal deben andar las cosas para que a los dos primeros genios literarios haya que añadir al asno televisivo como gancho comercial.

Hoy publican este texto mío en el diario. En la web apareció fugzamente. Ahora es memoria.

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1 comentario

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Una respuesta a “Abverbialmente Cave

  1. banshee beat

    Muy grande el repor. Lástima que sea memoria ya. Lo de que esté escrito con semen a mi me parece genial. Lo de los adverbios, me da un poco de miedo. Cuando lo lea te contaré.

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