Encías

Maneras de escapar. La huida es centípeda como un centro comercial a las diez de la mañana, cuando esas voces amplificadas de ángeles en patines anuncian que se abren las puertas de todos los paraísos posibles y en los anaqueles del templo, perfectamente empaquetado en imnuberables presentaciones, aguarda el maná que inhibe todo sufrimiento.

¿Quién no sueña, por ejemplo, con eludir la tristeza de los calcetines cada mañana, con escapar del mareo de tu sombra sobre la acera, evadir el cuerno de la abundancia, escabullirse de las palabras automáticas, evitar la alegría pactada, esquivar la música átona del cómo estás…? ¿Quién no sueña con decirle ahí te quedas a todo el follón?

En este universo de leyes torcidas, dioses mercantiles, telecomunicaciones y propiedad inmobiliaria quedan pocos edenes. La muerte y las drogas son espacios de aventura personal, es cierto, pero la primera duele bastante –sobre todo si antes pasas por las manos de los cirujanos de la medicina oficial- y las segundas están suficientemente adulteradas como para terminar flotando en una proyección lisérgica de Miami, lo cual no es viaje sino telefilme.

Transitar y, con ello, verle las encías a la bestia, olerle el aliento, es una alternativa fácil para esfumarse. Basta una cuchilla bien afilada para cortar de un tajo las amarras que retienen. El movimiento y los peligros del camino son el mejor bálsamo contra la momificación en vida. El inglés itinerante Bruce Chatwin, cuyos ojos color piélago eran metáfora de desplazamiento, alertó sobre el peligro de estarse quieto:

Todos tenemos adrenalina. No podemos extirparla de nuestro organismo o rogar que se evapore. Privados de peligro nos inventamos enemigos artificiales, enfermedades sicosomáticas, inspectores fiscales y, lo peor, nosotros mismos, si se nos deja solos en una habitación.

Pero no basta simplemente con perderse en los límites físicos, con la insaciable sed de transitar por “sendas horribles como las que se presume que hay en la luna”, como escribió en una de sus cartas a casa Rimbaud, aquel desaparecido que había encontrado demasiado amarga la belleza después de tenerla sentada en las rodillas.

Ni los desfiladeros sin fondo del reino de Mustang, ni el matorral espinoso de la Patagonia, ni siquiera los puebluchos donde rige el orden nazi del nacionalismo… Cualquier enemigo palpable es un rival fácil por lo manifiesto. Una caída siempre concluye de la misma manera, en el suelo; los dientes de una pantera no son distintos a los del tigre; morir ahogado, sepultado, golpeado o despedazado es una experiencia física que, inevitablemente, culmina con idéntico y vulgar final: una parada cardíaca o respiratoria.

La verdadera aventura está dentro. El enemigo interior, el lado enfermo del cual nos avergonzamos, no es más que una silueta. Somos libres para rellenarlo y en esta práctica macabra aplicamos la libertad con especial esmero, poblándolo de todo aquello que realmente nos espanta, lo innombrable. Jamás hemos permitido a ese contrincante una manifestación externa: no nos educan para enfrentarnos con nuestra mitad innoble, nadie nos enseña a mostrar la línea que divide el corazón. Ese monstruo privado siempre gana. A no ser que podamos, como a los más vertiginosos barrancos, darle un nombre y, con un esfuerzo de digestión mental, una forma. Entonces, al menos, sabremos contra qué luchamos.

Huir hacia las vísceras, la cocina del infierno donde asamos a fuego lentísimo los pimientos rojos de la culpa y la soledad, esa sí es una aventura. Enfrentarse al panorama acuchillado de la mente, abrasado por la cobardía; retar a duelo a la propia alma, maldecir la providencia escrita por otros, avanzar levantando polvo con las alpargatas, entre nicho y nicho de la tierra baldía que consideramos hacienda; soportar el trote fantasma del caballo muerto de la renucia al cielo en la tierra… Ese es el viaje, esa es la gran escapada.

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