Maraña septiembre

Revisaba carpetas en honor de septiembre, mes antiséptico. Todo empieza ahora, se repetía a sí mismo. Todo es posible, trataba de convencerse pese a la evidencia turbadora de los archivos del pasado, las cédulas del holocausto particular. Revisaba carpetas, infeliz, creyendo que septiembre debería ser algo más que un mes menos.

Excavando una tumba: cada papel, una palada de tierra que agranda el hoyo; cada foto, un diagnóstico contradictorio. Dragaba carpetas como tragando engañosas golosinas barbitúricas. Aquí, la imagen de un niño (¿era yo?, ¿era yo realmente?). Allá, una cita inexplicable como el capricho de un adolescente (“necesitaba encrapularme”, ¿quién dijo eso?, ¿por qué me interesaba?). Revolviéndolo todo como, ja, todo un hombre, porque no eliges la maraña, es la maraña quien te elige. Deberías trabajar en una mina para, al menos, merecer honestamente la respiración asistida.

Septiembre, país de tristeza simple y primaria, raíz feroz anhelando agua, doctorados, conciertos, caminar vulnerable de muchachas con ánforas de libros a la espalda y sombras diligentes fiscalizando la talla del estupor de las 8 a.m., cuando los perros buscan como seres humanos un hueso para roer la vida. Septiembre, verano de serie b, urbanizado con la jactancia del regreso, aunque realmente nunca has terminado de partir hacia el mismísimo carajo.

Septiembre: ¿es sólo ahora o es para siempre?, ¿es baba de otros labios lo que brilla en tu blusa de agosto moteada de adioses?, ¿cuántos impostores y cuántos remiendos?, ¿cuántas grandes decisiones y cuánto amor en conserva?, ¿cuánto crimen perdonado y cuánto perdón criminalizado?, ¿por qué olvidaste en el hotel el amasijo de maldiciones, los proverbios y los boletos de la lotería de la muerte, tus amigos invernales?, ¿qué chaleco detendrá los perdigones del frío si sólo hay gasa en el armario?.

Siguió revisando carpetas, viejos análisis de sangre aún sana, músculo solamente maquillado por el canto del gallo y la vocación húmeda de la luz, libritos segados como espigas, letras de canciones (“besémonos ahora / en este cuarto, en esta cama / pero cuando todo haya terminado / no debemos vernos nunca más”) y, su único yo acuso, cajas de cerillas gastadas.

No resulta extraño tener las manos tan frías. No resulta extraño que los corazones quieran ser libres y quemar septiembre como a una bruja. No resulta extraño mandarlo todo al carajo mientras septiembre se infecta como un flemón del alma.

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