Cuchillo

Escribíamos cartas, corríamos por las líneas de las cuartillas como atletas inmunes al desánimo y los pulmones, al delirio y la fe de una meta que sabíamos inalcanzable. Vivíamos gracias a signos de tinta: “querido mío”, “no deje de serme fiel”, “suyo por siempre”…

Escribíamos cartas, éramos así de anticuados. No nos habían manchado con la infamante promesa del futuro-ya-está-aquí. Éramos, nos concebíamos, de una forma completa y misteriosa en el papel de arroz, en las servilletas de un antro público cualquiera, en las cuadrículas de una hoja arrancada del bloc.

Hablábamos, siempre hablábamos. El cartero era nuestro hombre de los caramelos, el más querido de los empleados públicos, heraldo de novedad, adhesión, muerte, amor, labios y piel.

El sobre era el cofre de un tesoro intransferible, un regalo con un solo destinatario y un solo remitente, una comunión. Rasgabas la lengüeta engomada y encontrabas un pañuelo del color del humo, una cinta con estrellas, una foto no por borrosa menos flamante y, sobre todo, los signos que, asombrosamente, no sólo entendías, sino que también percibías con tacto de caricia.

Dicen que los envíos postales de ahora contienen veneno. Sabemos todos los detalles, siempre, estupidos prosaicos, nos abruman con lo accesorio: esporas de una bacteria gram-positiva (bacillus anthracis).

Dicen que no debemos abrir cartas de origen desconocido. Dicen que la muerte viaja en sobre. Siempre, estúpidos, avisan demasiado tarde. Siempre es primero el crash que el ¡cuidado!.

Franz escribía a Milena:

Hermoso es que tú seas para mí el cuchillo con el que me torturo.

Edgar Allan escribía a Sarah Ellen:

¿De qué han de servirme, sumido como estoy en mi negra tristeza, sus entusiastas palabras, sí, pero sólo de admiración.

Bill escribía a Allen:

La mano me tiembla tanto que apenas puedo escribir.

Georg escribía a Karl:

Queda tan sólo el deseo de que irrumpa una tormenta que me limpie o destruya.

Franz, en fin, seguía escribiendo a Milena:

Hay pocas cosas seguras, pero ésta es una: que nunca viviremos juntos, en la misma casa, cuerpo contra cuerpo, ante la misma mesa, nunca.

Veneno, dicen. Un serrín blanco, una harina boyante de muerte. ¿Fueron otra cosa nuestras cartas, ahora repatriadas por la ley del silencio? Prefiero el bacilo.

Dice Franz a Milena, siempre Franz, siempre Milena:

Escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas.

No hay muerte cuando estás desnudo. Sólo mata el disfraz.

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4 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

4 Respuestas a “Cuchillo

  1. banshee beat

    Creo que pertenezco a la última generación que ha escrito/leído/enviado cartas, y Franz tiene razón, escribiend cartas te desnudas mucho más que en un frío, aséptico e higiénico mail.

  2. banshee beat

    Y por cierto, disculpa mi ignorancia, qué Georg a qué Karl? Karl Marx, supongo. Pero Georg… no caigo.

  3. banshee beat

    No he dado una…

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