Diez

Apunte textual de Suttree, de Cormac McCarthy:

Dejó atrás patios y jardines de hormigón que apestaban a deposiciones de las aves de corral y dejó atrás grutas oscuras entre las cabañas donde la música brotaba y se extinguía y dejó atrás ventanas de luces anémicas sobre cuyas agrietadas cortinas de papel amarillento bailoteaban sombras.

1. Jandek

Según dicen, se llama o hace llamar Sterling R. Smith, pero no consta que ésta sea su identidad real o bien un heterónimo para evitar los contactos indeseados.

Vive en algún lugar del estado de Texas, quizá cerca de Houston.

Desde 1978 ha grabado y editado treinta discos que, como anota algún crítico, parecen “dictados por una sesión de ouija”.

Las cubiertas (fotos equívocas de varios hombres que podrían ser el artista o no serlo) no ofrecen más información que el título de las piezas y la duración de cada una.

Nunca ha tocado en público, rechaza toda solicitud de entrevista. Concedió una pero la periodista no puede asegurar que el hombre que acudió a la cita (y que siempre hablaba en primera persona del plural) fuese realmente él.

Encontraron a Unabomber y Salinger, redujeron a cliché a William Burroughs y el Cabaret Voltaire, negaron la oración para dedicarse a encontrar empleo en las corporaciones de la sorpresa-todo-el-tiempo.

Lo consiguieron.

Pero no pueden con Jandek.

2. A la mierda.

Leo en un diario un ilustrado y juicioso análisis sobre el futuro de la música:

De la misma manera que la imprenta apuntilló a la tradición oral, el presente digital ha venido a transformar la música en todos sus ámbitos, desde la creación hasta el consumo. Ya nada será como antes y el futuro de ayer mismo es hoy el presente.

El autor (a sueldo de un periódico que, no debe olvidarse, atesora intereses millonarios en la industria de los derechos de autor, la distribución de música, la promoción interesada de ésta y el circo planetario del espectáculo) concluye enunciando una incertidumbre y pretendiendo, ya sin máscara de objetivismo, que el lector la considere propia:

La gran duda es saber si en España, un país con poca tradición de consumo musical y cedido al monocultivo del éxito fácil y perecedero, este modelo se impondrá entre una generación, los más jóvenes, que ya se ha acostumbrado a no pagar por la música. Un ejemplo: no es raro que al preguntar a un chavalín qué estilo de música le gusta él se limite a responder: “Me la bajo de Internet”.

Me importa un bledo en qué cenagal terminen los organizadores de espectáculos-mercancía y los mercadotécnicos de la telefonía, los industriosos del éxtasis del poder y los vendedores de camisetas, el encaje nupcial de los roquistas y el estómago emplumado de los modernistas, el calambre menstrual de los macrofestivales y los pómulos de aguja de los garitos de siempre, los setos ingleses y los bulevares de Memphis, el público obtuso de la generación hedonista-filial y el público panzón de la generación nostálgico-paterna…

A la mierda con todos ellos.

3. Wesley Willis.

Wesley Willis (1963-2003) saludaba a sus fans con una ceremonia. Sostenía la cabeza del prosélito con las manos y gritaba:

¡Di rock!

Cuando el otro obedecía, Willis le daba un tremendo cogotazo con su propia cabeza y ordenaba:ç

¡Di roll!

Otro cabezazo.

El ceremonial introductorio se prolongaba hasta que el admirador pedía tregua.

Willis (160 kilos de negrura de Chicago, gran cabeza dura) compuso todas sus canciones -50 discos, cada uno con una treintena de piezas- en los autobuses de la empresa municipal de transporte urbano, la Chicago Transit Authority.

A bordo experimentaba episodios de lo que llamaba warhellride (que podría traducirse libremente como viajebélicoinfernal) durante los cuales mantenía encuentros con ciertos “demonios”, entre ellos Heartbreaker, Nervewrecker y Meansucker, empeñados en hacerle perder el “espíritu alegre del rock”.

Durante el traslado a la morgue del cuerpo leucémico de Willis, los camilleros hablaron del posible origen de la tumoración hinchada que tenía en la frente el cadáver.

Al salir de trabajar, los camilleros pagaron 60 dólares más impuestos por ver, desde una distancia de 172 metros, la realización en tiempo presente, proyectada en pantallas gigantes de resolución y nitidez superiores a la vida real, de un concierto de los Red Hot Chili Peppers.

Al día siguiente, se lo bajaron de Internet, esta vez sin pagar.

4. La aventura, Juanito.

¿Dónde está la aventura, Juanito?, ¿dónde la pulsión, el ansia, el miedo, la tristeza?, ¿los ves?, viajan a Londres para ponerse al día y Londres, tú y yo estábamos allí para recordarlo ahora, está bajo el río; otros ni siquiera se mueven: frente a la fosforescencia de la pantalla patean y almuerzan y divagan, disipados, representándose en vagos choques, las hilachas de las perneras barriendo el polvo, humos de llamas que nunca arden, estupidamente tanteando, boxeando contra todos, en busca de algo que harte como la miga de pan pero sabiendo, vaya si lo saben, que ningún alimento es suficiente para tanto hueco, porque me duele, me duele, me duele, ¿me estás escuchando?; ¿alguna de aquellas tardes extravagantes, sin dinero pero con marihuana, pensaste, Juanito, que sería posible algo semejante: buscas y encuentras, carnaza, sedal y es tuyo, sin golpes pélvicos, sin espinas, sin terciopelo?, pero, ¿sabes qué buscan en esa odisea de enredaderas y cuervos?, ¿la Incredible String Band y Henry Cow, Steve Reich y los Shaggs, MC5 y Link Wray, Captain Beefheart y las Slits…, cualquiera de nuestra multitud de cómplices, outsiders según la ley del más fuerte pero grandes según la ley de Marx: “¡que cada hombre sea su propio artista!”?, no, amigo, eso no se lleva en esta larga temporada de indecente homogeneidad occidental: ahora priman los objetivos claros: Jimi Hendrix y Frank Sinatra copulan con la misma ramera, los Beatles y Madonna suenan en la misma feria, James Brown y Franz Ferdinand caben en una sola chapa, Joaquín Sabina y Bruce Springsteen votan izquierda… nada de riesgos, ni siquiera el mínimo: mejor Radiohead que Tom Waits, son los índices quienes precisan a dónde nos dirigimos y las camisas tienen números bordados color cobre, vámonos de aquí que no me veo comiendo siempre filetes de las mismas vacas.

5. Rodd Keith.

Rodd Keith (1947-1974) sabía hablar del revés y creía que los juegos de palabras de apariencia insensata contenían un callado saber.

En sus prolongadas y reiteradas escapadas nocturnas conversaba con quienquiera durante horas, pero nadie entendía lo que decía porque hablaba del revés.

Decía, por ejemplo:

Somos salucelom sadanednoc a esrargetnised y odot ol samed se odaroced.

Rodd era el mejor en lo suyo: compositor para las empresas editoras de song-poems, que prosperaron durante los años sesenta: se anunciaban en las revistas populares invitando a los lectores a remitir un poema que, a cambio de una tarifa, sería convertido en canción y grabado (“con los mejores músicos de Hollywood”) en un single de vinilo.

Un mal poema para mamá o la querida tía Martha, una pútrida oda a la hija quinceañera o la novia platónica.

En eso llegaba Rodd: dos minutos, una canción.

Así vivió, en la sombra de la sunny California: músico sin cara, voz sin forma, trabajando desnudo en un apartamento con tejado de uralita y las paredes pintadas de negro.

Cuando la industria decayó también se llevó a Rodd por delante.

Un día dijo a un grupo de compinches de botella y ácido:

Yov a rarpmoc anu ed sasse saveun saramac ed oediv arap recah anu alucilep erbos un opit euq es arit edsed un osap odavele ed al atsipotua arap euq sol sehcoc neugeuj noc us opreuc atsah euq es nesnac.

Lo hizo: se tomó un LSD y saltó, a las 5 a.m. del 16 de diciembre de 1974, desde una pasarela peatonal sobre la Hollywood Freeway.

Lo atropellaron numerosos vehículos, pero nadie advirtió la belleza coreográfica del pelele.

Tampoco le relacionaron con unas ininteligibles palabras que aparecieron escritas en tinta negra sobre el pasamanos del paso elevado:

Is sedreip al aibar, sedreip al acisum.

6. Purgatorio.

música desentonada amelódica
desacordada con ennegrecidos filos
de sartén primera

plegable trasera alumbrada por demonios
o párvulos en travesuras del mismo calado
quijada sucia

sospechosa idiota sin afán de talento
sopa boba y pavimento
utopía de catres y calcetines

necio instrumento mi embalaje
para zapatos rotos
y purgatorio de shock

para pensar en el
hundimiento
del mundo

7. Sin signos y con z.

Siempre creí en lo outsider que a mi entender es la pureza la cercanía a un estado natural visceral e inescrutable pero no esa cultura outsider que desarrollas damita tostada resignada a ganarte a pulso un lenguaje corporal de camisetas faldas y blogs y no te gustan las noticias que no ves ni conoces pero tampoco sales a crear unas nuevas porque en youtube regalan lo necesario para ser feliz primera parte y deberías leer a Marx antes resultaba tan necesario como dar a papá el beso para que a cambio del contacto baboso con el Gran Enemigo soltase la paga hablo de ese Marx de 24 años que dijo “es necesario sumir a la gente en el terror a fin de darle coraje” o si no quieres podrías escuchar estos dos discos en clave de z son mejores que los Beatles.

8. Mi vergüenza:

No recordar la música de mi infancia con honestidad, cribarla a través del tosco tamiz de los años y la edad, revertirla y complicar su simpleza.

No recordar las canciones que mis hijos cantaban en el jardín de infancia y repetían luego: sólo retengo ideas (maldita disposición hacia la incuria) muy simples: una burra, un conejo…

No recordar que esto, como dijo Shakespeare y no tuvo en cuenta Marx, es una historia contada por un necio

9. Otra vez Cormac.

Los ojos en reposo. Este callado e inextricable domingo. El corazón bombeando bajo el esternón. La sangre en sus rondas establecidas. La vida en espacios pequeños, estrechas hendiduras. En las hojas, la pulsación del sapo. La delicada guerra celular en una gota de agua.

McCarthy, que rehuye con vehemencia la difusión de cualquiera de las partes de su vergüenza, vive en un lugar indeterminado del estado de Texas, quizá cerca de Houston.

10. Esto:

Las buenas canciones, cuando son escuchadas por primera vez, tienen gusto, como los golpes desverbados de McCarthy, a fruta demasiado madura, como si naciesen secas.

Las buenas canciones nunca aparecen en las guías de teléfono.

Las buenas canciones son una profundaespiralbélicoinfernal.

Las buenas canciones son un baile de sombras tras una cortina.

Las buenas canciones eluden su identidad, están escritas al revés y te provocan un tumor en la frente.

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