El Muerto

Siempre le llamé así, como a él le gustaba: El Muerto. Tenía traza de Charles Manson: barba poblada, párpados imóviles. Dibujaba manchas en un bloc. A veces vendía las láminas, con un éxito proporcional a su débil constancia y a la calidad de las manchas.

En uno de los bolsillos del gabán escondía una piedra. Decía:

Para defenderme.

Cada día sustituía la piedra por otra.

Los enemigos también cambian.

Vivía con Flor, una estudiante de Magisterio que venía de un pueblo costero del norte. La recuerdo rubia y sonriendo.

Nos visitaban con cierta frecuencia: té, hachís y algo de música. Al él le gustaba Erik Satie; a ella, como a todos, los Beatles. No importaba lo que te gustase en aquellos tiempos, nadie te incineraba por ser tú mismo.

El Muerto era tétrico y nos hacía gracia: leía los evangelios gnósticos y a Carlos Castaneda, pero ese pecado era colectivo. También se untaba el pene con pimienta y miel antes del sexo y me enseñó la fórmula mágica contra el ataque de un animal. Aún puedo citarla:

Lo’ma zath aio’n achthase ma… zal balamao’n e’eioy.

Procedía de la Ecloga ex papyris magicis, de Johanne Opsopoeo. Lo comprobé porque yo no tenía demasiadas ocupaciones, malgastaba las mañanas en la Biblioteca Nacional y recelaba de la suficiencia y la bondad de alguien que guardaba el bolsillo una piedra distinta cada día.

Flor y El Muerto rompieron en pocos meses. No fue una sorpresa para nadie: eran un tártaro y una muñequita.

Ela pidió refugio en casa, no tenía a dónde ir: se instaló en el sofá del salón, protegida por los discos de los Beatles. Tenía miedo, pero algunas muñequitas no hablan. Yo también tenía miedo.

El Muerto empezó a llamar a los pocos días. A todas horas, también de noche, pronunciando alguna de aquellas rogativas:

Borka borka phrix phrix rix.

O:

Achach amixag ouch thip lai lai lamlai lai lam mail.

Luego, sin añadir nada más, colgaba.

Yo transcribía fonéticamente lo que creía entender en un cuaderno que tenía preparado cerca del teléfono. Descubrí que eran invocaciones egipcias de Simón el Mago, el proto evangelista que defendía la tesis del matrimonio de Dios con Ennoia, la mujer que, en sucesivas reencarnaciones, sería Helena de Troya y Helene, la prostituta esclava de Tiro a la que Simón liberó y con la que se desposó para predicar, presentándose como “Dios y Ennoia”.

El Muerto era muy literario, pero me hacía la vida imposible con las llamadas y sus jaculatorias, que no cesaron después de que Flor regresase a aquel pueblo del Norte donde sólo tenía que preocuparse por encontrar algo para no morirse de tedio los sábados por la tarde.

Una mañana, en el Rastro, El Muerto y yo nos cruzamos.

Vino en mi busca desde el puesto donde exhibía sus impenetrables dibujos en tinta negra. Supe que su mano, en el bolsillo del tabardo oscuro, sujetaba la piedra de ese día, la piedra de cada día.

Dije:

Ieoyo’e’ie’iae’a ie’o’yoei.

El Muerto dudó durante unos segundos, quizá dos o tres, quizá menos: a veces el tiempo no concuerda con la vida y no sabes cómo dividirlo.

Cuando mi piedra le golpeó en la sien, se derrumbó como una marioneta a la que cortasen los hilos.

La última vez que vi al Muerto, estaba en el suelo. Los cordones de sangre le dibujaban manchas sobre la camisa negra. Se parecían a sus dibujos.

Lo que antecede no es una pretensión literaria, por lo demás vana e inútil dado mi estado. Todo es riguroso y cierto como el discurrir del tiempo en el asiento trasero de un coche policial.

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