Archivo mensual: octubre 2009

Grove

Tuve un bisabuelo inglés, Martin Grove.

En las charlas de familia apenas le mencionaban: nunca mantuvieron buenas relaciones con lo lejano, acaso porque pocas veces encontraron algo dichoso en el ayer. Yo, sin embargo, estoy hasta tal punto fascinado por nuestro antepasado como para haber firmado algunas mis tempranas columnas periodísticas con el seudónimo Anxel Grove. Grove es el tercero de mis apellidos, es decir, el segundo de mi padre, que lo recibió de su madre, mi abuela Vicenta Grove Dopazo, hija del inglés.

De mi abuela Vicenta heredé la corta estatura, el gusto por cocinar con fuego de leña y cierta actitud de alerta en la mirada y sigilo en la lengua. Era una mujer valiente y enciclopédica. Sabía manejarse: conocía el nombre de los árboles, hablaba con las abejas, apadrinaba gatos sanguinarios que sólo ante ella se aquietaban y veía documentales sobre países exóticos en el primer aparato de televisión, en blanco y negro, que llegó a la aldea.

Vicenta Grove superó la coz de una vaca en la sien, los asaltos de las partidas de bandoleros que asolaban la comarca de A Mahía en las primeras décadas del siglo XX y el hallazgo, tras la Guerra Civil, de siete anarquistas y comunistas asesinados por los camisas azules del cacique. El lugar fue bautizado desde entonces como Donde encontraron a los hombres.

Mi abuela también venció un matrimonio desgraciado con un hombre que vivía a gritos y habitó la misma casa desde su milenario nacimiento, en el año 1900, hasta que murió, en 1991. Fui uno de los señalados por la familia para cargar con el ataúd, pero me las arreglé para desaparecer durante el maldito entierro. Mientras todos asistían al ceremonial en la iglesia y el cementerio de Ortoño, la parroquia donde creció Rosalía de Castro, yo permanecí, acostado bajo el pesimista cielo de marzo, en el prado de A Besada, entablando relaciones con aquello que el poeta portugués Garrett llamó “amargo sabor del desdichado”. Ella era mi Abuela, yo era su nieto favorito.

Cuando me aislaba en algún libro en las tardes lentísimas de agosto, acomodado en la mejor de las salas de lectura, las escaleras del hórreo, bajo el parasol de la parra, Vicenta me acercaba un café de pota, colado con manga, y me pedía que leyese en voz alta: era la única de la familia que se interesaba por mis libros.

Leí para ella la carta de Geoffrey Firminn a Ivonne (“el tiempo es falso curandero”) de Bajo el volcán, algunos cuentos de Quiroga , las narraciones piamontesas de Pavese y el Itinerario de la Virgen Egeria (“éste es el rey Abgar, que antes de haber visto al Señor creyó que él era verdaderamente Hijo de Dios”).

Con alguna reiteración, había preguntado a Vicenta por su padre. Ella me contentaba con detalles demasiado imprecisos o sutiles: era inglés, marinero y procedía de “un lugar llamado Cumbria”.

Cumbria, desde luego, en el noroeste de Inglaterra: la tierra de los lagos de cristal azul, las cruces vikingas, los ecos artúricos, pero también de las hambrunas del XIX: una patata como plato único, agua tibia para desayunar y la emigración o el alistamiento como escape.

Vicenta usaba el escudo de su carácter taciturno para no contar nada más:

–A mi padre no le gustaba hablar, a mí tampoco, decía.

A veces, para que la dejase tranquila, prometía que me lo revelaría todo antes de morir:

–Ahora eres tú quien lee para mí, pero alguna vez leeré yo.

Pregunté a otros miembros de la familia, incluido el marido de Vicenta, mi abuelo José, pero ninguno de ellos, quizá por adhesión a la reserva de mi abuela, quiso añadir pormenores.

Con el paso de los años, mis pesquisas sobre Martin Grove me condujeron a un resultado muy exiguo: un lugar de procedencia; la lápida del cementerio de Ortoño donde le enterraron en 1918, cuando murió, infectado por el exterminador virus de la gripe española, y la foto esmaltada que colocaron sobre la piedra de mármol del túmulo.

Unos días después de la muerte de Vicenta, la familia se reunió en la casa de la aldea: brona, el pan de maíz gallego que sabe a alimento primordial, vino espumoso del Ulla, sardinas y la extrañeza de una ausencia demasiado tangible. Al café –que nunca más tuvo el mismo aroma pese a que la manga era la de siempre–, mi padre y mis tíos nos hicieron saber que el testamento de Vicenta era paritario en cuanto a las propiedades (la casa y varias leiras de cultivo) y establecía pocas especificaciones: para mi prima Teresa, un juego de cama de lino, y para mí el contenido de una lata que alguna vez alojó una libra de, precisamente, café. Dentro de la lata, de la marca Monarch encontré, al fin, a mi bisabuelo Martin Grove.

Su verdadero nombre era Martin Robinson y era uno de los tres hijos de William Charlton, condenado por el crimen de Durran Hill, que connmovió a la opinión pública inglesa en 1861 por la crueldad del asesino. Según el jurado, Charlton, un obrero de ferrocaril pendenciero y hambriento había matado a golpes a una anciana para robarle: fue condenado a muerte y le ahorcaron. También en el cadalso, proclamó que era inocente.

Una multitud de ocho mil personas presenció la ejecución en la cárcel de Carlisle: suspendieron las clases en las escuelas para que los niños también pudiesen estar presentes. Aunque la sentencia establecía que las manos de un solo hombre habían propinado los golpes de machete que mataron a la víctima, muchos enjuiciban por su cuenta que Charlton había sido ayudado o al menos encubierto por alguien de su familia. Los tres hijos y la viuda, sofocados por la hostilidad, tuvieron que escapar de Cumbria.

“Madre se estableció en Londres para servir como criada, y nosotros tres fuimos a Liverpool para engancharnos a la Marina;  cuando me preguntaron mi nombre dije Martin Grove, porque en mi talego llevaba el Diccionario de música y músicos de Sir George Grove que me había regalado Padre”, escribe Martin en una carta que pretende ser confesional y que nunca remitió a nadie.

La lata de café de Vicenta contenía, además de la carta y un fajo de escritos, una pipa china -con cazoleta de latón y una mariposa pintada en el cuerpo de palosanto-, una partida de bautismo, un paquete de tabaco de mascar reseco, un camafeo con el retrato de un hombre (¿el padre asesino?) y un mapa de Carlisle, que entonces era el nombre que se daba a toda la región de Cumbria. También una foto de Martin Grove en la cubierta del primer acorazado de la Armada inglesa en el que sirvió. Busqué entre los marineros y reconocí sin vacilación la mirada abatida de aquel grumete de 17 años situado en primera fila.

El legajo de escritos, que Vicenta había envuelto en una gasa azul, se había conservado bien, aunque, por la tinta decolorada de algunas zonas, parecía haber estado a la intemperie o bajo el imperio del agua. Los papeles no tenían un origen común: algunos eran simples copias de fragmentos literarios, sobre todo de Walter Scott, que se había casado en la catedral de Carlisle y cuya obra parecía agradar a Martin, especialmente el poema artúrico The lady of the lake:

With head upraised, and look intent,
And eye and ear attentive bent,
And locks flung back, and lips apart,
Like monument of Grecian art.

Otros eran cédulas y protocolos gubernativos o de la Armada que permitían trazar un bosquejo de los derroteros de Martin durante su servicio: tras formar parte de la marinería de algunos barcos de avituallamiento de la Royal Navy, fue destinado, en marzo de 1869, al acorazado experimental HMS Captain, uno de los primeros buques de casco metálico del mundo. El enorme barco, de 50.000 toneladas, fue diseñado por el capitán e inventor Cowper Phipps Coles, un héroe de la guerra contra Rusia de 1850, y construido en un tiempo record de dos años. El montaje estuvo repleto de anomalías, causadas por el abandono y las prolongadas ausencias de su puesto de trabajo del hipocondriaco y esnob Coles. Cuando el acorazado fue botado en Birkenhead, pesaba 735 toneladas más de lo previsto y su centro de gravedad estaba temerariamente desplazado.

En la medianoche del siete de septiembre de 1870, mientras navegaba como parte de un escuadrón de once buques, el HMS Captain fue batido por un golpe de viento y mar que lo lanzó de costado contra O Centolo, una funesta aguja rocosa de la Costa da Morte, el hogar de los naufragios, y se hundió, en sólo cinco minutos, a veinte millas al oeste del cabo Fisterra: 499 marineros murieron, entre ellos Coles y todos los oficiales del barco y 18 lograron botar una lancha salvavidas y alcanzar la costa coruñesa. Uno de ellos era mi bisabuelo.

Cuando los extenuados supervivientes fondearon en la playa de O Rostro –uno de los arenales más ásperos y venteados de Europa– fueron atacados por una turba de raqueiros, los piratas de tierra gallegos que trabajaban a porcentaje y bajo la protección de los caciques. Mi bisabuelo describe la escena en una de sus anotaciones:

Aquellos salvajes, de piel oscura y dientes cariados, esperaban que el mar escupiese la carga de nuestro barco para hacerse con ella; nos atacaron con estacas y alfanjes cuando pisamos la playa; no querían testigos de la rapiña.

Sin embargo, los marineros se defendieron con bravura y lograron escapar hacia los pinares que rodean O Rostro. A la mañana siguiente, cuando algunos soldados españoles, alertados por el consulado inglés en A Coruña, habían llegado para hacerse cargo del rescate, los supervivientes fueron llevados a la aldea de Xaviña.
El naufragio del HMS Captain, el de mayor número de muertos de la edad moderna, es recordado en una placa de la Catedral de Saint Paul de Londres. A su descubrimiento asistieron todos los superviventes, con la única excepción de Martín Grove, quien nunca quiso regresar a Inglaterra.

En la nota final del atado de manuscritos, escribe:

¿Qué me queda allí?, ¿es prudente arriesgarse al trance de ser rechazado con malos modos por quienes eran mis conocidos?, ¿ser considerado como el hijo y posible cómplice de un asesino?; siento que mi vida ha muerto y las únicas manos que me sostienen son la de esta dulce muchacha gallega: le gusta la papiroflexia y prepara el mejor café del mundo.

Ella, el descanso merecido de Martin Grove, era mi bisabuela, la madre de Vicenta Grove.

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Tos

La poesía ha de ser íntima o no ser, azul o no ser. Se hace otra cosa cuando es transitable, cuando es llamamiento, cuando es dictamen

La poesía ha de ser tos, escozor, secreto revelado ante los ojos, hierba mala.

Enfrentarse al cajero automático, la máquina del dinero, con la pretensión humilde de retirar los 20 euros de cada día (alimento, tabaco, dos cafés) y recordar, inevitable, Ashes of American Flags:

The cash machine is blue and green
For a hundred in twenties and a small service fee
I could spend three dollars and sixty-three cents
On Diet Coca-Cola and unlit cigarettes

El saldo también es lírico: 40 euros.

I wonder why we listen to poets
When nobody gives a fuck
How hot and sorrowful
This machine begs for luck

En un libro que compraste a escondidas para mí, Jeff Tweedy, autor de la canción, considera que “dentro de las guitarras hay canciones esperando a salir”. Recuerdo haber leído la misma idea en una cita de Bob Dylan: la desmemoria no me consiente entrecomillarla, pero sostenía que el mundo es una gran jaula de canciones, pero es necesario encontrar la llave de la jaula.

En otoño las calles están pobladas de imágenes de una especial nitidez: una mujer carga un árbol de plástico en una mano y, en la otra, una maceta y una bolsa de mantillo vegetal; dos personas, la dependienta de una quesería y un lejano conocido, se refieren, con una diferencia de minutos, a mi andar de hombros retenidos para proteger el pecho…

Me siento mal y salgo al fresco de la plaza. Al regresar me encuentro, como tantas veces hace tanto (cuando era rojo y se me entendía), en el callejón de Lubianski a las 10.15 de la mañana del 14 de abril de 1930: el revolver caliente que hallanlos vecinos, el cadáver del suicida, el poeta Vladimir Maiakovski, la nota final (poemizada, claro):

El barco del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana
Y estamos a mano
tú y yo
Entonces ¿para qué
reprocharnos mutuamente
por dolores y daños y golpes recibidos?

En el libro, Tweedy intenta desmenuzar su modo de escribir: anota fugaces miradas en libretas y papeles y, una vez reunidas las suficientes, juega, es decir, se hace preguntas. En Ashes of American Flags anotó esto: “¿es el cajero malvado o es azul?”.

Ya puestos a preguntar: ¿cómo era yo cuando leía a Maiakovski?.

Una nota en mi libreta dice: “el espanto es una defecación acuosa”.

Me cansan las 73 escaleras que debo subir hasta casa.

I want a good life
With a nose for things
A fresh wind and bright sky
To enjoy my suffering

A hole without a key
If I break my tongue
Speaking of tomorrow
How will it ever come?

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One time Elvis

“I won’t get any older, now the angels wanna wear my red shoes”
Elvis Costello

Hace años me confundieron con Elvis Costello.

La ciudad era Lisboa la blanca, pero he olvidado el nombre del local, uno de esos almacenes de traza seudo industrial decorado de tal manera que cualquier plano horizontal, mesa, barra, taburete, el espinazo del camarero o, en el momento más desesperado, el mismísimo suelo, parecía adecuado para esnifar.

Sin ánimo de parecer petulante, anoto que el malentendido –“hello, Elvis”, dijo ella sin rastro de ironía, mientras me acariciaba la mejilla con una mano blanquísima (entonces se llevaban la anemia y los pantalones anchos)- era razonable y, por supuesto, me hizo sentir bien, elevando mi autoestima de la miseria al aprobado. Miento: aquello me sentó como dios. ¿Qué le voy a hacer? Daría un brazo por cantar Motel matches como él, como Elvis C, el enano amargado de las gafotas, Míster Irritación, el señor de la epilepsia… Yo quería ser Elvis y ella, la de las manos blancas, insistía:

– Sweet Elvis of mine.

Como valor añadido, aprecié el acento portugués, el más dulce idioma de este mundo de jotas epiglotales, zetas aspiradas e ingleses vanidosos que hablan como si barriesen la acera con la escoba de la lengua.

En cuestión de segundos, mientras hacía tiempo buscando un cigarrillo, traté de decidirme entre las opciones:

1. Bien, seré Elvis para ti (¿cómo demonios es la letra de Alison?).

2. Lo siento, me llamo Jose Ángel Trivial (pero también me gustas, prosaica).

Y las posibles consecuencias.

1. Comportarme, en todos los sentidos (también en ‘ése’, sobre todo en ‘ése’) como una estrella del pop.

2. Ha sido un placer, moito obrigado (créditos y final).

Ella seguía dibujando pentagramas en mi cara. Perdonad la ridiculez lírica de la frase anterior, pero, no debe olvidarse, yo era Elvis, Costello por supuesto: ni por asomo el otro, el nazi a quien dios y la fisiología castigaron con la vergüenza de los pañales empapadores. Yo era Elvis, nuevo y flamante, y los ángeles querían llevar mis zapatos rojos.

– I think somebody better put out the big light for us –dije al fin, citando, con ciertas correcciones adaptadas a la medida del momento, una conocida canción del héroe por quien me haría pasar (estaba decidido: opción 1, soy un maldito clásico).

Lisboa, para quien no lo sepa, es la ciudad más hermosa de la Tierra. Parece una amante bañada de nata, una cantante albina de rthym & blues, una raya de droga sobre el cristal perfecto del Tajo.  En aquel tiempo, además, la ciudad era ‘moderna’, lo cual significaba, en Lisboa, pero también en Vigo, Londres y Madrid, dos cosas. Primero, que las chapas que lucías en la solapa eran interpretadas a la luz de la semiología como parte de un mensaje cifrado, personalizado e inteligente al resto del mundo (las mías, para los apasionados por los chismes, eran sólo dos: Bob Dylan en su etapa de marxista airado y famélico, y un lema taxativo, “Back to mono”). Y, segundo, que Pink Floyd eran unos imbéciles grotescos con demasiada marihuana en la tiroides y sus seguidores, por extensión, un pelotón de lobotomizados. Ah, la nueva ola. Qué rápidos éramos, qué veloces en nuestra nave pre digital. Qué choque frontal tan demoledor. Era lógico: tanta belleza inútil buscando un Hitler, sin saber que el Hitler estaba, tic tac, en nuestras muñecas. Crash, dijo el reloj.

– Advertencia: este disco no contiene ningún single de éxito –dije, encubriendo con sarcasmo la verdad de mis torpezas físicas a la sirena portuguesa (hablé en inglés, desde luego, pero traduzco para evitar el rubor a quienes optaron en bachillerato por el idioma de Voltaire, que sólo es útil para cierto tipo de audaces cochinadas).

Bebíamos, trincados por el mismo puñal, ginebra con sifón y rodajas de lima. Todo era azul: habían encendido las llamas con seis canciones seguidas de las Supremes y ya no quedaban en el local modernos integristas, ese tipo de gente que no se había enterado, sobre todo por exceso de hedonismo y fe ciega en el presente, de que nadie canta como Diana Ross. Me gusta la música capaz de detener los relojes. Siempre escucho canciones en defensa propia.

Estábamos solos y cuando estás solo ganas en atrevimiento.

– Trátame como a una caja de cerillas de motel – pedí, borracho, porque a esas alturas también bebía en defensa propia.

Ella me miraba con sus ojos grandes, pidiendo auxilio como un faro. Vestía, ¿cómo pude retrasar hasta ahora la mención del dato fundamental?, una camiseta con el símbolo de tiro al blanco de los Who, que llegó a significar más, mucho más, que cualquier bandera: círculos concéntricos (azul, blanco, rojo, colores con los que un cineasta, tan polaco como pedante, haría años más tarde una trilogía de películas-somnífero). El relieve de sus pechos daba a la serigrafía de los Who una dimensión que nunca tuvo. Dejaba de ser plana, como el pasado, para hacerse abierta, como el mañana que tanto nos empeñábamos en negar, idiotas nihilistas.

– Trátame como a una caja de cerillas, seré la hoja de diario envolviendo tu ración de fish and chips –insistí.

Afuera había comenzado a llover. Me gusta la baja fidelidad de la lluvia. Toda la natureleza suena en monoaural. El oído de Dios tiene un solo canal. Lisboa pinta de yeso el alma.

– ¿Dónde nos escondemos? –preguntó ella cuando salimos a la calle empedrada de pasta de dientes.

Yo también hice preguntas: ¿cuándo linchamos de una vez a George Martin y devolvemos a los Beatles la gloria de la gomina, la luz del rock and roll?, ¿quién es el eslabón perdido entre Bob Dylan y John Lennon?, ¿cómo es posible que seas tan hermosa y te traten como a un chicle?, ¿por qué me das agua si me estoy ahogando?.

Caminamos, aprendiendo a conocernos por la forma de pisar de nuestros cuatro zapatos –azules, una ofrenda a San Carl Perkins-, canturreando a Smokey Robinson, James Carr y Jimmy Cliff, porque la noche es de los esclavos negros. Propuse un taxi para bajar a la cama de agua del Tajo a cantar salmos frente al río, agotado de tanto anhelar la desemboadura en el cercano océano, pero ella me vendó la boca con la mano abierta.

– Ojalá me hubieses conocido cuando estaba vivo –dije, con una terrible pedantería.

– Sé quien eres, te conozco desde el principio de los tiempos –contestó.

Su obsesión, efervescente y mocosa, no encajaba con mi estado de ánimo. Yo no dejaba de pensar en perderlo todo, en una evacuación, una limpieza a fondo, un raspado de piel. Advertía signos crepusculares en las pecas de mis mejillas, el encorvamiento de la espalda, la forma compulsiva de fumar y el habla, siempre vacía pese a la abundancia de sátiras, citas y supuesto enciclopedismo. Jugar a saberlo todo siempre gana el primer premio en el Desfile de Carnaval.

De camino hacia el río, entramos en otro bar, un establecimiento de paredes cansadas y clientela apropiada: una par de vendedores que se habían aflojado el nudo de las corbatas tres ginebras antes y un hombre casi harapiento de mirada llorosa. Creí reconocer el piano de Bill Evans en la música de ambiente y pregunté al camarero:

– ¿Es Bill Evans?.

– Radio –dijo lacónico el empleado, mascando un palillo.

Pedimos más ginebra con sifón, renunciando a solicitar lima en un local que no cumplía los dictados de la moda y, además, estaba atendido por un mondadientes pegado a un ser humano. Cada vez nos acercábamos más el uno al otro. A mi vista de miope, los círculos de los Who habían dejado de ser concéntricos para convertirse en un perfecto desenfoque. Su pecho parecía ahora la carpeta de un disco de Radiohead, Rem o uno cualquiera de esos grupitos de ahora, empeñados en mostrarnos su talento icónico mientras nos empujan al consumo masivo de analgésicos.

A esas alturas, con la cabeza en un carrusel, decidí que había llegado el momento de terminar la charada. Me querrá por lo que soy, me salvará pese a mostrarme torpe y encorvado de espaldas, deduje, espoleado por la perversidad de la dudosa ginebra que servía el hombre del palillo.

– No soy Elvis Costello, pero cantaré Love for tender sólo para ti -confesé.

Ella no pareció sorprenderse. Al contrario, abrazó a los míos sus ojos de ceniza y algas:

– Mientes, impostor. Eres Elvis, siempre lo fuiste. Te reconozco vestido de otro.

Lisboa despertaba con un crujido de bocas y yo quería morir en sus dientes.

Hace años me confundieron con Elvis Costello. Ahora están reeditando toda mi discografía.

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Mula

La noche antes de tu muerte sueñas de nuevo que caminas por una avenida sin tráfico. Estás calzado con un par de zapatos de suelas rotas. Despiertas con una hoguera en el pecho porque quieres recordar qué soñabas. Pero cuando lo consigues el sueño ya no es el mismo. Entonces ves unas cuantas gotas de sangre seca moteando la sábana. La uña de un dedo del pie derecho, quizá demasiado larga por el abandono, se ha clavado en la carne. La incisión no te molesta, pero el dedo parece algo hinchado.

Otra vez te has quedado dormido más allá del timbre del despertador. Bebes un vaso de agua de grifo y, sin lavarte, te vistes con la misma ropa del día anterior para salir a la calle. En el ascensor, compruebas si la grabadora tiene pilas. Abres el aparato como si fuese un joyero y aprietas la tecla roja para hacer una prueba de voz.

-Baterías, carga, importante –dices en voz alta.

Rebobinas la cinta, aprietas la tecla de reproducción y te escuchas a ti mismo:

-Baterías, carga, importante.

Tienes veinte minutos para llegar a la urbanización. Es suficiente. De camino sintonizas en la radio una emisora donde programan en círculo seis o siete canciones casi idénticas unas a otras y dos docenas de anuncios publicitarios muy distintos entre sí. Te has quedado sin cigarrillos y aprovechas unas cuantas pavas mal fumadas que rescatas del cenicero del coche.

Conduces sintiéndote liviano, despertando poco a poco, a golpes de luz. Llegas sin incidencias aunque sin saber muy bien cómo, víctima frecuente de las amnesias parciales, de no saber qué ha sucedido, por qué lugares has circulado, qué milagrosa casualidad te ha trasladado al lugar donde estás.

Ante la casa de piedra blanqueada donde el vicepresidente toma el sol, los policías pasean en parejas, dejando a la vista, mal disimuladas bajo las chaquetas de loneta azul, las pistolas SPK 28 de quince tiros, gordas como grandes atunes en las cajas de hielo de la lonja pesquera.

Antes de que salgas del coche, los demás periodistas ya te están hablando. El gremio no padece de las cuerdas vocales.

-Buenos días, Señor Almohada –dice uno.

-Las legañas no te sientan mal, pareces más interesante que de costumbre –dice otro.

Buscas acomodo y te sientas en una roca, bajo la escueta sombra de una mata informe que hace diez años quizá fuese una chumbera.

Cada matón parece más voluminoso que una familia entera en una foto de época. El jefe de la escolta es amanerado. Lleva una camiseta blanca y sin mangas bajo la chaquetilla. También él, como sus compañeros de tropa, guarda la caja de cigarrillos en el calcetín.

Un periodista cuenta que ha entrevisto las piernas desnudas del gran hombre tras los setos de la piscina.

-La televisión engorda. Es más flaco al natural. Ya sabes, la fortaleza de los alfeñiques –dice.

Pides un cigarrillo al jefe de los policías y entablas una conversación.

-En escoltas, trabajo en escoltas -, dice el guardaespaldas.

-¿Habrá declaraciones? –preguntas.

-El vicepresidente sólo hablará con vosotros tres minutos, sólo tres minutos –dice el policía.

-¿A dónde va después?

-A nadie sabe dónde. Nadie lo sabe –contesta como uno de esos locutores de talk show que siempre repite dos veces el final de cada frase.

-Me fascina cómo hablas, con las palabras exactas, las buenas, las que encierran los verdaderos significados –dices.

El policía sonríe.

-Podría romperte las ganas de vivir, plumilla. Ni siquiera me haría falta tocarte con la mano para hacerte sangrar. Ni siquiera.

El vicepresidente asoma por la puerta de metal del vallado de piedra. Espera a los periodistas antes de subirse en la flecha negra con conductor. Usa unos lentes de miope que le agrandan los ojos.

Los periodistas encedemoslas grabadoras y nos miramos unos a otros mientras él habla.

-Hemos decidido adelantar el toque de queda para ahorrar dinero. No podemos pagar tanta energía. Quiero transmitir este mensaje, asegúrense de emitirlo íntegramente. Primero, la situación es la misma desde hace dos meses y será la misma dentro de diez años. Segundo, los ciudadanos solamente pueden hacer una cosa: obedecer y colaborar. Y tercero, sólo pueden hacer eso porque, cuando se les pase por la cabeza hacer algo distinto, allí estaré yo para evitarlo. Soy el cerdo que ustedes merecen. No me importa decirlo.

Tu brazo tiembla. Cambias el aparato de mano. Tengo el brazo conectado a una micrograbadora, ¿por qué temer?, piensas.

Tras la declaración, el vicepresidente no admite ninguna pregunta. Sube al automóvil y sale a gran velocidad junto con otros vehículos idénticos, de lunas tintadas y aspecto pesado.

Camino del diario encuentras a Torres, uno de los veteranos. Barbudo, con antiparras de carey, un Valle Inclán lisérgico en la nómina de un diario de provincias. Cuando eras un recién llegado, Torres te tomó cariño y, en cierta ocasión, te dio un consejo:

-Esconde siempre tu corazón.

Torres tenía un amplificador Marshall en casa y tocaba a la guitarra All rigth now, cantando con la misma voz de lija gruesa de Paul Rodgers. Su reportaje culminante fue una crónica ninja sobre la muerte de un niño al que mordió una serpiente escondida en el caballo de madera de un tiovivo. Le habían enseñado que no hay buenas ni malas noticias y la suya era la mejor porque era falsa, la había inventado. El niño, el tiovivo, la serpiente…, todo era imaginario: ficción publicada entre la realidad. “La víbora disimulada en la madera carcomida del carrusel”, así era  el tono. El diario jamás rectificó, pero a Torres lo mandaron a descansar. Cuando se reincorporó, el periódico se había transformado en una empresa multimedia y le asignaron una emisión diaria de humor en la cadena de radio.

-¿Tienes al vicepresidente? –pregunta Torres.

-Fue poca cosa –dices.

-Inyéctale equívoco y la harás grande. No te conviene ser demasiado budista.

-Supongo que querrán llevarlo a primera –dices.

-Unos chicos murieron esta madrugada porque su coche chocó contra una mula. Tienen la foto de la mula. Está viva, íntegra. El vicepresidente no tiene nada que hacer frente a una mula inmutable.

Entráis al edificio tras colocar la ficha magnética en el lector de códigos y pasar bajo el detector de metales. Torres dice al vigilante jurado:

-Deberíamos ventilar la habitación, huele a cerrado.

Estás mareado de nuevo. Ningún médico sabe diagnosticar el mal. El primer vértigo te asaltó mientras conducías atravesando las llanuras del norte. Notaste un brillo en el cristal y el asfalto se te vino encima, agigantado en una ampliadora fotográfica. Después de muchas pruebas que no demostraron nada, terminaron por instalarte un diminuto cartucho regulado por un chip que libera ansiolíticos de forma incesante a través de un microcapilar que atraviesa la piel de tu muñeca izquierda. Pero el riego de medicamento no es suficiente e intuyes que el mal está escrito en tu código genético de una manera intrincada.

Te sientas en la mesa. Las operarias de la contrata de limpieza han vuelto a sacarle brillo. Enciendes la computadora y lees el salvapantallas, donde la empresa coloca cada día un mensaje. El de hoy es: “Todos necesitamos alguien que cuide de nosotros. Nadie mejor que nosotros mismos”.

Por la línea telefónica interior recibes una llamada de la secretaria de dirección.

-El director quiere verte.

Subes a la última planta y entras en el despacho con tres teléfonos, diez pantallas electrónicas de otras tantas redes de información y una foto dedicada del Rey con cara de bofetada que preside el Estado. En una de las paredes, en un holograma, el vicepresidente aparece visitando la sede del diario, rodeado de algunos de los guardaespaldas con los que acabas de compartir la mañana.

El director habla por teléfono y, con un gesto, señala una de las sillas.

-Quiero algo con muchos nombres y lugares. No me conformaré con otra cosa –está diciendo.

Es un hombre de baja estatura, que habla con la peligrosa suavidad de los antiguos seminaristas.

En una ocasión, el director te invitó a almorzar a un restaurante barato con una clientela de empleados de categorías bajas que picoteaban ensaladas con aliño de aceite vegetal. El director derramó tres lágrimas sobre el pescado frito mientras conversaba sobre tragedias personales y ajustes de plantilla.

Cuando cuelga el teléfono, te dice:

-He visto los despachos de agencia. Vamos a llevarlo a primera.

-Bien, haré lo que pueda.

-Siempre quiero que hagas más de lo que puedas. Buena suerte.

Le miras a los ojos y compruebas que desea despacharte cuanto antes porque viste su llanto sobre el filete de pescado blanco.

-Tengo que decirte algo con sinceridad: admiro tu trabajo.

Sabes de memoria la sórdida frase siguiente. El director la repite cada vez que te recibe.

-Cuando sea mayor quiero ser como tú.

Antes de salir, preguntas:

-¿Y la mula?

-Murió esta tarde. La mataron a golpes los padres de uno de los chicos muertos en el accidente.

Quieres hacerlo, escribir, sentirte pura transmisión. Antes de regresar a la mesa para ponerte a ello, compras una botella de agua y un paquete de caramelos en las máquinas expendedoras. Te asomas al ventanal. Un helicópero policial negro sobrevuela el barrio. Los semáforos están abiertos. Algunos perros ladran mientras la noche cae como una piedra.

Te sientes muy cerca de los astrónomos cuando miras por las ventanas. Ellos saben que lo real es lo invisible y que los virus vienen del espacio. Transportada en cometas, la gripe cae del cielo, camuflada a bordo de minúsculas gotas de agua. Uno de los grandes momentos de tu vida fue observar la radiación electromagnética que llueve sobre el mundo. El astrofísico al que debías entrevistar te permitió mirar a través del telescopio infrarrojo, capaz de atravesar la luz visible y dejarte solo entre las nubes de gas y el polvo interestelar.

-Aquello es una enana marrón , un cuerpo intermedio entre una estrella y un planeta, una estrella fría.

Desde entonces tienes la certeza consoladora de que el noventa y cinco por ciento de la masa total del universo es materia oscura.

Bebes agua y piensas que tal vez la enfermedad viaje desde los mares de fuego del Escudo de Sobieski o las llanuras de Carena. Un escalofrío te atraviesa la espalda, recuerdas la grabadora que espera, con todo por hacer.

-Hay demasiada luz en este lugar –dices.

Estás caliente. Intentas abrir la ventana pero no lo consigues. Te estiras, elevando los brazos, como queriendo sostener algo en las manos.

Cuando eras niño practicabas un juego al caminar de un lugar a otro: completar el recorrido en el menor tiempo posible para no perder segundos.

Hablas otra vez. Tienes la sensación de no ser capaz de cortar una conversación. El cielo parece de otro mundo.

-¡Qué vacío está todo! – piensas.

Sacas del estuche plástico recién comprado una pastilla triangular con sabor a fresa. Algo germina con capacidad mortal en la dignidad de tus entrañas y el dedo herido por la uña del pie comienza a latir.

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Demasiado octubre

02

Octubre, 1932: el músico de vaudevil Herman Schafer, de 63 años, despliega su mejor traje en una percha, desconecta todos los aparatos eléctricos de su pequeño apartamento de la Segunda Avenida de Nueva York, cierra las ventanas, sella las puertas, se acuesta sobre dos sillas e introduce la cabeza en el horno de gas.

Antes de suicidarse escribe una nota que prende, colgada de un alfiler, en la manga de la chaqueta: “traje para el entierro”.

03

Octubre, 1942: un campesino ruso besa a su madre antes de incorporarse a las partidas de guerrilleros que combaten a los nazis.

Su petate contiene un bollo de pan de centeno, dos arenques, una pastilla de jabón y nada de futuro.

04

Octubre, 1948: Babe Ruth, el mejor jugador de beísbol de todos los tiempos, asiste en el Yankee Stadium a la retirada del número tres, que nadie usará jamás en un uniforme de los Yankees de Nueva York.

Dos meses después, muere en un hospital.

05

Octubre, 1958: el cadete Elvis Aron Presley viaja a la República Federal de Alemania para incorporarse a un batallón de infantería acorazada.

El petate militar contiene una muda, una Sagrada Biblia y una foto de mamá.

06

Octubre, 1963: Bob Dylan compone en el apartamento de un amigo una canción titulada Restless farewell:

So I’ll bid farewell and be down the road
I’ll bid farewell and be down the line
So I’ll bid farewell in the night and be gone
I’ll just bid farewell till we meet again
And bid farewell and not give a damn

No es la primera ni la última vez que emplea las ofensas recibidas como inspiración: nueve de cada diez de sus canciones hablan de los escarnios, maltratos e injusticias que, opina, cometen contra él las mujeres.

07

Octubre, 2009: voy al ambulatorio. La doctora, antes de que le diga nada, comenta:

¡Que mala cara tienes!

No debería vestirme con trajes de funeral.

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Otoño alemán (sexteto)

1.

Holger Meins estudió Artes, dirigió algunos cortos de cine experimental y fue detenido por su vinculación con el Roten Armee Fraktion.

En la cárcel, durante casi dos años, 1973 y 1974, se declaró en huelga de hambre y las autoridades le alimentaron a la fuerza. Pese a la intervención médica, Holger Meins murió el 9 de noviembre de 1974. Seguía midiendo 1,92, pero pesaba 40 kilos.

Un cineasta alemán hizo un buen documental sobre su vida.

2.

A mediados de los años ochenta la familia de Thomas Meinck recibió una carta franqueada, meses antes, en la ciudad uigur de Karakol, en los confines de la Ruta de la Seda

Decía:

Estoy comiendo un albaricoque. Ayer murieron mis vecinos y los perros jadean. No me siento enfermo. Estoy demasiado sano, demasiado aturdido, demasiado desenfocado. Leo rubaiyatas: “Un gran desierto existe / donde hubo un alegre jardín / Y un jardín alegre existe / donde hubo un desierto triste”.

A partir de entonces, Thomas Meinck desapareció en la nada.

3.

En octubre de 1977, durante una madrugada de nieve, tres de los fundadores del Roten Armee Fraktion, encarcelados en la cárcel de alta seguridad de Stammheim, en Stuttgart, fueron encontrados muertos en sus celdas.

En la celda 719, Andreas Baader tenía un balazo en la nuca. En la celda 720, Gudrun Esslin estaba ahorcada de un cable de teléfono. En la celda 716, Jean Carl Raspe tenía un balazo en la frente.

“Suicidio colectivo”, dijo la versión oficial.

Los carceleros de Stammheim (“la cárcel más segura del mundo”, según el gobierno alemán) tenían experiencia en desayunar con cadáveres. Casi un año y medio antes habían encontrado el cuerpo de Ulrike Meinhof colgado de la ventana de su celda. Era el 9 de mayo de 1976, Día de la Madre para todas las familias alemanas.

Gudrun Ensslin, la muchacha de las estrellas, la amiga de mi amiga Gertrud está enterrada en tierra sin bendecir pero siempre repujada de amapolas.

4.

En 1980, el grupo brasileño Legiao Urbana grabó una canción titulada Baader-Meinhof blues:

La violencia es tan fascinante
Y nuestras vidas son tan normales
Paseas de noche y siempre ves
Apartamentos vacíos
Todo parece tan real
Pero también viste esa película

Mientras camino
Pienso que alguien
Llama
Diciendo mi nombre

Estoy lleno de sentirme vacío
Cuerpo caliente y tengo frío
Todos saben y nadie quiere saber
Amar al prójimo es tan demodé

Esa justicia desafinada
Es tan humana y tan errada
También vemos la televisión
¿Qué diferencia hay?

No estatalices mis sentimientos
Para tu gobierno
Mi estado es independiente

5.

El padre de Gertrud, como también el padre de su desventurada amiga Gudrun Ensslin, había sido pastor de la Iglesia Evangélica Alemana, una rama confesional del protestantismo que había medrado en el país tras el final de la II Guerra Mundial, sosteniendo en su credo que los alemanes debían purgar un pecado colectivo por la ignomia nazi.

Las dos jóvenes, nacidas en 1940, se sentían “hijas de Hitler” y, como tal, llamadas a buscar una absolución histórica que, con exceso de orgullo, creían merecer y estar llamadas a provocar. Desde la adolescencia sintieron la necesidad de “matar al padre”, como escribiría Gudrun en alguno de sus breviarios .

En 1956, las muchachas organizaron la muy polémica profanación de la tumba del uno de los íntimos de Hitler (“mi paternal amigo”, le llamaba), el poeta nazi Dietrich Eckart, el “nuevo Goethe” de los nacionalsocialistas, precursor de la praxis del exterminio judío, enterrado en una de las cimas de los Alpes bávaros, a sólo veinte kilómetros de Salzburgo y cerca de Berchtesgaden, el pueblo de Gertrud y Gudrun.

Una noche de verano leyeron durante horas los poemas de la locura de Hölderlin, en especial el cuarteto Der Mensch:

Wer Gutes ehrt, er macht sich keinen Schaden

Es decir:

Quien honra el Bien no se causa ningún daño

Movidas por el axioma, decidieron hacer algo con aquel túmulo insultante. Les acompañaba su mejor amigo, Holger Meins, un querubín existencialista que soñaba con ser cineasta.

Como zorros nocturnos pintaron frases obscenas sobre la sexualidad de Eckart y Hitler en el mármol de la losa funeraria, orinaron y defecaron sobre la tumba y bailaron desnudos, borrachos de vino, juventud y poesía.

A la vista del lago Königsee, espejo de las alturas alpinas, Gudrun propuso que mirasen el cielo para buscar algún secreto.

“¿Nunca os parasteis a pensar que lo real es invisible?, estoy convencida de que los virus vienen del espacio”, dijo.

“Eso es una patraña, los virus están dentro de los seres vivos”, dijo Holger.

“No, no es verdad, la gripe cae del cielo, camuflada en minúsculas gotas de agua, transportada desde muy lejos por cometas veloces, ¿no te gustaría ser astrónoma?, me atraviesa un escalofrío cuando pienso que la enfermedad viaja hasta mí desde mares de fuego”.

“Tú no estás enferma”, dijo Gertrud, sabiendo que Gudrun se refería al estigma familiar que padecían sus dos hermanos, un mongólico y un esquizofrénico.

Gudrun, acostada en el prado en sombras, seguía mirando hacia el cielo vacío.

Gertrud tuvo una visión: su amiga flotaba entre las nubes de gas y el polvo interestelar. La oyó decir:

“Aquello es una enana marrón, un cuerpo intermedio entre una estrella y un planeta, una estrella fría”.

Años más tarde, en la última carta, muy censurada por la policía, que recibió Gertrud desde la cárcel de Stammheim, Gudrun hablaba de aquella noche:

Ahora estoy segura, y es un consuelo: el noventa y cinco por ciento de la masa total del universo es materia oscura, nadie sabe de qué está compuesta.

6.

Cuando le advertí que pensaba publicar esta reseña, Gertrud Goergens –el nombre es ficticio, la persona es real– me envió un e-correo:

Bien, hazlo, pero cambia mi nombre y no cites el de la aldea. Por un lado, no quiero que nadie sepa de mí y, por otro, aquí sigo despertando sospechas. Piensan que estoy trastornada o soy una nostálgica. No entienden (¿cómo podrían?) que me haya marchado de Alemania, el país de las maravillas. Esta patria, sin embargo, envejecerá conmigo. Ha perdido su virginidad, pero tengo el invalorable privilegio de haberla disfrutado hasta las heces. Escribe, nunca dejes de escribir.

Mucho antes antes de que yo la conociese, Gertrud Goergens era amiga íntima de Gudrun Ensslin, fundadora, con su novio, Andreas Baader, del Roten Armee Fraktion, el clan leninista de guerrilla urbana que actuó en la República Federal de Alemania durante los años sesenta y setenta, preconizando una ruptura caótica del sistema político.

La prensa amarilla les llamó Banda Baader-Meinhoff.

Cuando la cúpula del grupo cayó en 1972 en manos de la policía, el hombre con quien vivía Gertrud, un hamburgués llamado Thomas Meinck, temiendo ser detenido, huyó de Alemania y tomó la ruta del Gran Oriente.

Terminó en Islamabad, trabajó como voluntario para la Cruz Roja y se dedicó a vagabundear durante dos años por Pakistán y la India. Paseó desnudo, tocando un tambor, rescató alimentos de los inmundos callejones traseros de las casas de comidas, se hizo alumno de un maestro védico que predicaba el ascetismo más extremo…

Gertrud, embarazada, viajó en sentido contrario, hacia poniente, y se estableció en una aldea gallega, no muy lejos de la costa atlántica. Compró cuatro caballos asturcones con intención de montar una pequeño picadero para el disfrute de los turistas.

En los primeros meses, Thomas le escribió algunas cartas imprecisas en las que no hacía ninguna referencia al pasado o el futuro. Hablaba de una “emigración emocional necesaria”. En la última nota, datada a finales de octubre de 1977 –tras el supuesto suicido en la cárcel de alta seguridad de Stammheim de la cúpula de la banda Baader-Meinhof–, Thomas detallaba la “hermosura teatral del mausoleo de Gohar Shad” y afirmaba: “Europa se ha disuelto del todo para mí”.

El mausoleo persa, según supo Gertrud tras consultar algunas enciclopedias, había sido construido en Mashhad a finales del siglo XVI para albergar los restos de Gohar Shad, figura fundamental del Renacimiento musulmán, a quien, durante siglos, se consideraría una mujer incomparable por su inteligencia y defensa de las artes.

Gertrud consideró inquietante que la estela de Thomas se diluyese en un lugar de peregrinaje y culto. Ella desconfía de dios, de cualquier dios. Su estado es independiente y, como a tantos de nosotros, le resulta muy difícil recordar cuando empezó la guerra.

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Chevy

Two-lane blacktop. Una película sobre el mejor y más hermoso automóvil nunca fabricado: el Chevy 1955.

Motor Hardtop de ocho cilindros en uve, pistones de aluminio ligero y 180 caballos de potencia.

Mi padre tenía un Ford Fairlane, grande y muy sólido, pero era el taxi en el que trabajaba por las calles de Caracas y un coche en el que puede viajar cualquiera que levante la mano nunca es del todo tuyo. No hay colectivismo que valga cuando hablamos de estas cosas. Ni siquiera la pintura bicolor, azul y blanca, del coche de papá terminaba de gustarme.

Yo prefería el Chevy de J., un amigo de la familia.

Parecía un helado sundae pidiendo un bocado y roncaba como un anciano, pero visto de frente sonreía, se alegraba del camino, y también nosotros sonreíamos, contagiados de nafta, purificados por la promesa de las llantas ribeteadas de blanco, alados por el cromo de la figura estilizada que coronaba el capó, unida a la carrocería por una fusión de apenas un milímetro, expelida, indomable, hacia el vacío.

Two-lane blacktop fue titulada en España Carretera asfaltada en dos direcciones. La estrenaron, sin pena ni gloria, en 1971: una road movie melancólica, una alegoría sobre la derrota final de los ideales hippies dirigida por Monte Hellman, un legendario y valiente francotirador.

Dos jóvenes viajan en un viejo Chevy de 1955 por el suroeste de Estados Unidos, ganándose la vida en carreras ilegales con otros coches con apuestas por medio.

Las figuras principales son arquetipos sin nombre: el Conductor, interpretado por el cantautor James Taylor y el Mecánico, Dennis Wilson, que tocaba la batería en los Beach Boys y era tan bello como el Chevy.

Recogen por el camino a la Chica, una hippie (Laurie Bird) que deambula haciendo autoestop, acaso, escapando de, no queda claro, algo o alguien.

Sólo hablan lo necesario, sobre todo de mécanica.

Cuentan que el rodaje fue una juerga cabal, que James Taylor, que acababa de grabar Sweet baby James, se afeitaba con la luz del amanecer, cantando a los Beatles:

He sleeps in the park
Shaves in the dark
Trying to save lightbulbs

Unos años después, en 1979, sintiéndose hinchada de viento, Laurie Bird se suicidó con una sobredosis de somníferos en el lujoso ático de Manhattan que compartía con su novio Art Garfunkel, el de Simon and Garfunkel.

En 1983, Dennis Wilson, que era una piltrafa de párpados lejanos, se ahogó en el Pacífico y James Taylor mezcló su sangre con el marfil de la heroína.

Ni ellos ni yo sabemos dónde ha ido a parar, a qué osario, a qué escarcha, nuestro Chevy, el mejor coche del mundo. Lo fabricaban en 1955, año de mi nacimiento.

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