Una sola

La desesperada exactitud de una sola mirada, capaz, pese a ser única, solamente una, de abrir de golpe y al mismo tiempo todos los libros que permanecen cerrados.

De manera que cada una de las voces (personajes, objetos, relámpagos, sendas, alimentos, sombreros, exámenes y crímenes) vuelvan a tener cuerpo desde la misma página en que esos libros fueron cerrados por última vez, quizá abandonados por pereza, cansancio o capricho.

En cualquier caso, abandonados con injusticia, porque ningún libro, ni siquiera esos que odias pese a que no los has leído, merece el destino que tampoco quieres para ti mismo, el abandono.

Una mirada capaz de sincronizar tantas traiciones hacia los libros. Una mirada peligrosa porque es diáfana y blanqueda, cordial y abrochada.

Embarullar desde ya, desde el mismo momento de la mirada, en un instante que nadie podría trasladar a un código de tiempo, porque es un instante que no procede del reloj, a todos los autores que escriben para no vivir o viven para escribir o escriben para hacerse fantasmas de sí mismos, fantasmas que también escriben, aunque en letras de niebla que marchitan todo aquello que tocan.

El estruendo será entonces el de un despliegue de mapas y te darías cuenta de la necedad de todas tus condiciones, incapacidades, mellas, trotes de rata, vulgaridades, lugares comunes y puntos y aparte.

El ruido de todos esos libros que nunca nunca nunca leerás, tus huérfanos, tus pequeños niños tarados hospicianos, ¿podrás soportarlo?.

El olor de una calle, el final de un imperio, el choque de una chalana contra la aguja de roca que emerge del fondo marino y espera bajo el aceite de la fétida superficie del agua, el carro de la guerra, dos manos enlazadas, dos manos rotas, todos los nacimientos y todas las muertes, un paseo por la nieve, el momento de ponerse el pañuelo ante la boca para no morder el polvo, la sílaba sí repetida tantas veces, imnumerables, tantas como la sílaba no, el precio, la infame hipoteca, de ser quien da la espalda y no regresa, el precio, la deuda nunca cancelada, de regresar siempre, las malas madrugadas, un disparo trazando un decente esbozo, un siseo conversado, los ojos extendidos de Australia, la lengua curvada de un ser humano, la visión de un reptil, la dulce pena de la soledad, la huella de un perro sobre el barro, la búsqueda de amparo en un dios desamparado, el encofrado de la tristeza, una noche de fuegos artificiales, el codo derecho de un mendigo, el círculo de una ciudad, un paseo en moto, el fuego tras las montañas, un milagro fonético, la sed que interrumpe los sueños, la paz previa al fusilamiento, una carta doblada, la fruta podrida en una bandeja, la dicha terrible de los barcos, la muerte en un accidente laboral, la alegría del agua, las uvas, los brazos de un padre…

¿Soportarás el irremediable trueno de las palabras abandonadas tal como soportas, por ejemplo, la mediocridad y los discos de siempre?.

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