One time Elvis

“I won’t get any older, now the angels wanna wear my red shoes”
Elvis Costello

Hace años me confundieron con Elvis Costello.

La ciudad era Lisboa la blanca, pero he olvidado el nombre del local, uno de esos almacenes de traza seudo industrial decorado de tal manera que cualquier plano horizontal, mesa, barra, taburete, el espinazo del camarero o, en el momento más desesperado, el mismísimo suelo, parecía adecuado para esnifar.

Sin ánimo de parecer petulante, anoto que el malentendido –“hello, Elvis”, dijo ella sin rastro de ironía, mientras me acariciaba la mejilla con una mano blanquísima (entonces se llevaban la anemia y los pantalones anchos)- era razonable y, por supuesto, me hizo sentir bien, elevando mi autoestima de la miseria al aprobado. Miento: aquello me sentó como dios. ¿Qué le voy a hacer? Daría un brazo por cantar Motel matches como él, como Elvis C, el enano amargado de las gafotas, Míster Irritación, el señor de la epilepsia… Yo quería ser Elvis y ella, la de las manos blancas, insistía:

– Sweet Elvis of mine.

Como valor añadido, aprecié el acento portugués, el más dulce idioma de este mundo de jotas epiglotales, zetas aspiradas e ingleses vanidosos que hablan como si barriesen la acera con la escoba de la lengua.

En cuestión de segundos, mientras hacía tiempo buscando un cigarrillo, traté de decidirme entre las opciones:

1. Bien, seré Elvis para ti (¿cómo demonios es la letra de Alison?).

2. Lo siento, me llamo Jose Ángel Trivial (pero también me gustas, prosaica).

Y las posibles consecuencias.

1. Comportarme, en todos los sentidos (también en ‘ése’, sobre todo en ‘ése’) como una estrella del pop.

2. Ha sido un placer, moito obrigado (créditos y final).

Ella seguía dibujando pentagramas en mi cara. Perdonad la ridiculez lírica de la frase anterior, pero, no debe olvidarse, yo era Elvis, Costello por supuesto: ni por asomo el otro, el nazi a quien dios y la fisiología castigaron con la vergüenza de los pañales empapadores. Yo era Elvis, nuevo y flamante, y los ángeles querían llevar mis zapatos rojos.

– I think somebody better put out the big light for us –dije al fin, citando, con ciertas correcciones adaptadas a la medida del momento, una conocida canción del héroe por quien me haría pasar (estaba decidido: opción 1, soy un maldito clásico).

Lisboa, para quien no lo sepa, es la ciudad más hermosa de la Tierra. Parece una amante bañada de nata, una cantante albina de rthym & blues, una raya de droga sobre el cristal perfecto del Tajo.  En aquel tiempo, además, la ciudad era ‘moderna’, lo cual significaba, en Lisboa, pero también en Vigo, Londres y Madrid, dos cosas. Primero, que las chapas que lucías en la solapa eran interpretadas a la luz de la semiología como parte de un mensaje cifrado, personalizado e inteligente al resto del mundo (las mías, para los apasionados por los chismes, eran sólo dos: Bob Dylan en su etapa de marxista airado y famélico, y un lema taxativo, “Back to mono”). Y, segundo, que Pink Floyd eran unos imbéciles grotescos con demasiada marihuana en la tiroides y sus seguidores, por extensión, un pelotón de lobotomizados. Ah, la nueva ola. Qué rápidos éramos, qué veloces en nuestra nave pre digital. Qué choque frontal tan demoledor. Era lógico: tanta belleza inútil buscando un Hitler, sin saber que el Hitler estaba, tic tac, en nuestras muñecas. Crash, dijo el reloj.

– Advertencia: este disco no contiene ningún single de éxito –dije, encubriendo con sarcasmo la verdad de mis torpezas físicas a la sirena portuguesa (hablé en inglés, desde luego, pero traduzco para evitar el rubor a quienes optaron en bachillerato por el idioma de Voltaire, que sólo es útil para cierto tipo de audaces cochinadas).

Bebíamos, trincados por el mismo puñal, ginebra con sifón y rodajas de lima. Todo era azul: habían encendido las llamas con seis canciones seguidas de las Supremes y ya no quedaban en el local modernos integristas, ese tipo de gente que no se había enterado, sobre todo por exceso de hedonismo y fe ciega en el presente, de que nadie canta como Diana Ross. Me gusta la música capaz de detener los relojes. Siempre escucho canciones en defensa propia.

Estábamos solos y cuando estás solo ganas en atrevimiento.

– Trátame como a una caja de cerillas de motel – pedí, borracho, porque a esas alturas también bebía en defensa propia.

Ella me miraba con sus ojos grandes, pidiendo auxilio como un faro. Vestía, ¿cómo pude retrasar hasta ahora la mención del dato fundamental?, una camiseta con el símbolo de tiro al blanco de los Who, que llegó a significar más, mucho más, que cualquier bandera: círculos concéntricos (azul, blanco, rojo, colores con los que un cineasta, tan polaco como pedante, haría años más tarde una trilogía de películas-somnífero). El relieve de sus pechos daba a la serigrafía de los Who una dimensión que nunca tuvo. Dejaba de ser plana, como el pasado, para hacerse abierta, como el mañana que tanto nos empeñábamos en negar, idiotas nihilistas.

– Trátame como a una caja de cerillas, seré la hoja de diario envolviendo tu ración de fish and chips –insistí.

Afuera había comenzado a llover. Me gusta la baja fidelidad de la lluvia. Toda la natureleza suena en monoaural. El oído de Dios tiene un solo canal. Lisboa pinta de yeso el alma.

– ¿Dónde nos escondemos? –preguntó ella cuando salimos a la calle empedrada de pasta de dientes.

Yo también hice preguntas: ¿cuándo linchamos de una vez a George Martin y devolvemos a los Beatles la gloria de la gomina, la luz del rock and roll?, ¿quién es el eslabón perdido entre Bob Dylan y John Lennon?, ¿cómo es posible que seas tan hermosa y te traten como a un chicle?, ¿por qué me das agua si me estoy ahogando?.

Caminamos, aprendiendo a conocernos por la forma de pisar de nuestros cuatro zapatos –azules, una ofrenda a San Carl Perkins-, canturreando a Smokey Robinson, James Carr y Jimmy Cliff, porque la noche es de los esclavos negros. Propuse un taxi para bajar a la cama de agua del Tajo a cantar salmos frente al río, agotado de tanto anhelar la desemboadura en el cercano océano, pero ella me vendó la boca con la mano abierta.

– Ojalá me hubieses conocido cuando estaba vivo –dije, con una terrible pedantería.

– Sé quien eres, te conozco desde el principio de los tiempos –contestó.

Su obsesión, efervescente y mocosa, no encajaba con mi estado de ánimo. Yo no dejaba de pensar en perderlo todo, en una evacuación, una limpieza a fondo, un raspado de piel. Advertía signos crepusculares en las pecas de mis mejillas, el encorvamiento de la espalda, la forma compulsiva de fumar y el habla, siempre vacía pese a la abundancia de sátiras, citas y supuesto enciclopedismo. Jugar a saberlo todo siempre gana el primer premio en el Desfile de Carnaval.

De camino hacia el río, entramos en otro bar, un establecimiento de paredes cansadas y clientela apropiada: una par de vendedores que se habían aflojado el nudo de las corbatas tres ginebras antes y un hombre casi harapiento de mirada llorosa. Creí reconocer el piano de Bill Evans en la música de ambiente y pregunté al camarero:

– ¿Es Bill Evans?.

– Radio –dijo lacónico el empleado, mascando un palillo.

Pedimos más ginebra con sifón, renunciando a solicitar lima en un local que no cumplía los dictados de la moda y, además, estaba atendido por un mondadientes pegado a un ser humano. Cada vez nos acercábamos más el uno al otro. A mi vista de miope, los círculos de los Who habían dejado de ser concéntricos para convertirse en un perfecto desenfoque. Su pecho parecía ahora la carpeta de un disco de Radiohead, Rem o uno cualquiera de esos grupitos de ahora, empeñados en mostrarnos su talento icónico mientras nos empujan al consumo masivo de analgésicos.

A esas alturas, con la cabeza en un carrusel, decidí que había llegado el momento de terminar la charada. Me querrá por lo que soy, me salvará pese a mostrarme torpe y encorvado de espaldas, deduje, espoleado por la perversidad de la dudosa ginebra que servía el hombre del palillo.

– No soy Elvis Costello, pero cantaré Love for tender sólo para ti -confesé.

Ella no pareció sorprenderse. Al contrario, abrazó a los míos sus ojos de ceniza y algas:

– Mientes, impostor. Eres Elvis, siempre lo fuiste. Te reconozco vestido de otro.

Lisboa despertaba con un crujido de bocas y yo quería morir en sus dientes.

Hace años me confundieron con Elvis Costello. Ahora están reeditando toda mi discografía.

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