Grove

Tuve un bisabuelo inglés, Martin Grove.

En las charlas de familia apenas le mencionaban: nunca mantuvieron buenas relaciones con lo lejano, acaso porque pocas veces encontraron algo dichoso en el ayer. Yo, sin embargo, estoy hasta tal punto fascinado por nuestro antepasado como para haber firmado algunas mis tempranas columnas periodísticas con el seudónimo Anxel Grove. Grove es el tercero de mis apellidos, es decir, el segundo de mi padre, que lo recibió de su madre, mi abuela Vicenta Grove Dopazo, hija del inglés.

De mi abuela Vicenta heredé la corta estatura, el gusto por cocinar con fuego de leña y cierta actitud de alerta en la mirada y sigilo en la lengua. Era una mujer valiente y enciclopédica. Sabía manejarse: conocía el nombre de los árboles, hablaba con las abejas, apadrinaba gatos sanguinarios que sólo ante ella se aquietaban y veía documentales sobre países exóticos en el primer aparato de televisión, en blanco y negro, que llegó a la aldea.

Vicenta Grove superó la coz de una vaca en la sien, los asaltos de las partidas de bandoleros que asolaban la comarca de A Mahía en las primeras décadas del siglo XX y el hallazgo, tras la Guerra Civil, de siete anarquistas y comunistas asesinados por los camisas azules del cacique. El lugar fue bautizado desde entonces como Donde encontraron a los hombres.

Mi abuela también venció un matrimonio desgraciado con un hombre que vivía a gritos y habitó la misma casa desde su milenario nacimiento, en el año 1900, hasta que murió, en 1991. Fui uno de los señalados por la familia para cargar con el ataúd, pero me las arreglé para desaparecer durante el maldito entierro. Mientras todos asistían al ceremonial en la iglesia y el cementerio de Ortoño, la parroquia donde creció Rosalía de Castro, yo permanecí, acostado bajo el pesimista cielo de marzo, en el prado de A Besada, entablando relaciones con aquello que el poeta portugués Garrett llamó “amargo sabor del desdichado”. Ella era mi Abuela, yo era su nieto favorito.

Cuando me aislaba en algún libro en las tardes lentísimas de agosto, acomodado en la mejor de las salas de lectura, las escaleras del hórreo, bajo el parasol de la parra, Vicenta me acercaba un café de pota, colado con manga, y me pedía que leyese en voz alta: era la única de la familia que se interesaba por mis libros.

Leí para ella la carta de Geoffrey Firminn a Ivonne (“el tiempo es falso curandero”) de Bajo el volcán, algunos cuentos de Quiroga , las narraciones piamontesas de Pavese y el Itinerario de la Virgen Egeria (“éste es el rey Abgar, que antes de haber visto al Señor creyó que él era verdaderamente Hijo de Dios”).

Con alguna reiteración, había preguntado a Vicenta por su padre. Ella me contentaba con detalles demasiado imprecisos o sutiles: era inglés, marinero y procedía de “un lugar llamado Cumbria”.

Cumbria, desde luego, en el noroeste de Inglaterra: la tierra de los lagos de cristal azul, las cruces vikingas, los ecos artúricos, pero también de las hambrunas del XIX: una patata como plato único, agua tibia para desayunar y la emigración o el alistamiento como escape.

Vicenta usaba el escudo de su carácter taciturno para no contar nada más:

–A mi padre no le gustaba hablar, a mí tampoco, decía.

A veces, para que la dejase tranquila, prometía que me lo revelaría todo antes de morir:

–Ahora eres tú quien lee para mí, pero alguna vez leeré yo.

Pregunté a otros miembros de la familia, incluido el marido de Vicenta, mi abuelo José, pero ninguno de ellos, quizá por adhesión a la reserva de mi abuela, quiso añadir pormenores.

Con el paso de los años, mis pesquisas sobre Martin Grove me condujeron a un resultado muy exiguo: un lugar de procedencia; la lápida del cementerio de Ortoño donde le enterraron en 1918, cuando murió, infectado por el exterminador virus de la gripe española, y la foto esmaltada que colocaron sobre la piedra de mármol del túmulo.

Unos días después de la muerte de Vicenta, la familia se reunió en la casa de la aldea: brona, el pan de maíz gallego que sabe a alimento primordial, vino espumoso del Ulla, sardinas y la extrañeza de una ausencia demasiado tangible. Al café –que nunca más tuvo el mismo aroma pese a que la manga era la de siempre–, mi padre y mis tíos nos hicieron saber que el testamento de Vicenta era paritario en cuanto a las propiedades (la casa y varias leiras de cultivo) y establecía pocas especificaciones: para mi prima Teresa, un juego de cama de lino, y para mí el contenido de una lata que alguna vez alojó una libra de, precisamente, café. Dentro de la lata, de la marca Monarch encontré, al fin, a mi bisabuelo Martin Grove.

Su verdadero nombre era Martin Robinson y era uno de los tres hijos de William Charlton, condenado por el crimen de Durran Hill, que connmovió a la opinión pública inglesa en 1861 por la crueldad del asesino. Según el jurado, Charlton, un obrero de ferrocaril pendenciero y hambriento había matado a golpes a una anciana para robarle: fue condenado a muerte y le ahorcaron. También en el cadalso, proclamó que era inocente.

Una multitud de ocho mil personas presenció la ejecución en la cárcel de Carlisle: suspendieron las clases en las escuelas para que los niños también pudiesen estar presentes. Aunque la sentencia establecía que las manos de un solo hombre habían propinado los golpes de machete que mataron a la víctima, muchos enjuiciban por su cuenta que Charlton había sido ayudado o al menos encubierto por alguien de su familia. Los tres hijos y la viuda, sofocados por la hostilidad, tuvieron que escapar de Cumbria.

“Madre se estableció en Londres para servir como criada, y nosotros tres fuimos a Liverpool para engancharnos a la Marina;  cuando me preguntaron mi nombre dije Martin Grove, porque en mi talego llevaba el Diccionario de música y músicos de Sir George Grove que me había regalado Padre”, escribe Martin en una carta que pretende ser confesional y que nunca remitió a nadie.

La lata de café de Vicenta contenía, además de la carta y un fajo de escritos, una pipa china -con cazoleta de latón y una mariposa pintada en el cuerpo de palosanto-, una partida de bautismo, un paquete de tabaco de mascar reseco, un camafeo con el retrato de un hombre (¿el padre asesino?) y un mapa de Carlisle, que entonces era el nombre que se daba a toda la región de Cumbria. También una foto de Martin Grove en la cubierta del primer acorazado de la Armada inglesa en el que sirvió. Busqué entre los marineros y reconocí sin vacilación la mirada abatida de aquel grumete de 17 años situado en primera fila.

El legajo de escritos, que Vicenta había envuelto en una gasa azul, se había conservado bien, aunque, por la tinta decolorada de algunas zonas, parecía haber estado a la intemperie o bajo el imperio del agua. Los papeles no tenían un origen común: algunos eran simples copias de fragmentos literarios, sobre todo de Walter Scott, que se había casado en la catedral de Carlisle y cuya obra parecía agradar a Martin, especialmente el poema artúrico The lady of the lake:

With head upraised, and look intent,
And eye and ear attentive bent,
And locks flung back, and lips apart,
Like monument of Grecian art.

Otros eran cédulas y protocolos gubernativos o de la Armada que permitían trazar un bosquejo de los derroteros de Martin durante su servicio: tras formar parte de la marinería de algunos barcos de avituallamiento de la Royal Navy, fue destinado, en marzo de 1869, al acorazado experimental HMS Captain, uno de los primeros buques de casco metálico del mundo. El enorme barco, de 50.000 toneladas, fue diseñado por el capitán e inventor Cowper Phipps Coles, un héroe de la guerra contra Rusia de 1850, y construido en un tiempo record de dos años. El montaje estuvo repleto de anomalías, causadas por el abandono y las prolongadas ausencias de su puesto de trabajo del hipocondriaco y esnob Coles. Cuando el acorazado fue botado en Birkenhead, pesaba 735 toneladas más de lo previsto y su centro de gravedad estaba temerariamente desplazado.

En la medianoche del siete de septiembre de 1870, mientras navegaba como parte de un escuadrón de once buques, el HMS Captain fue batido por un golpe de viento y mar que lo lanzó de costado contra O Centolo, una funesta aguja rocosa de la Costa da Morte, el hogar de los naufragios, y se hundió, en sólo cinco minutos, a veinte millas al oeste del cabo Fisterra: 499 marineros murieron, entre ellos Coles y todos los oficiales del barco y 18 lograron botar una lancha salvavidas y alcanzar la costa coruñesa. Uno de ellos era mi bisabuelo.

Cuando los extenuados supervivientes fondearon en la playa de O Rostro –uno de los arenales más ásperos y venteados de Europa– fueron atacados por una turba de raqueiros, los piratas de tierra gallegos que trabajaban a porcentaje y bajo la protección de los caciques. Mi bisabuelo describe la escena en una de sus anotaciones:

Aquellos salvajes, de piel oscura y dientes cariados, esperaban que el mar escupiese la carga de nuestro barco para hacerse con ella; nos atacaron con estacas y alfanjes cuando pisamos la playa; no querían testigos de la rapiña.

Sin embargo, los marineros se defendieron con bravura y lograron escapar hacia los pinares que rodean O Rostro. A la mañana siguiente, cuando algunos soldados españoles, alertados por el consulado inglés en A Coruña, habían llegado para hacerse cargo del rescate, los supervivientes fueron llevados a la aldea de Xaviña.
El naufragio del HMS Captain, el de mayor número de muertos de la edad moderna, es recordado en una placa de la Catedral de Saint Paul de Londres. A su descubrimiento asistieron todos los superviventes, con la única excepción de Martín Grove, quien nunca quiso regresar a Inglaterra.

En la nota final del atado de manuscritos, escribe:

¿Qué me queda allí?, ¿es prudente arriesgarse al trance de ser rechazado con malos modos por quienes eran mis conocidos?, ¿ser considerado como el hijo y posible cómplice de un asesino?; siento que mi vida ha muerto y las únicas manos que me sostienen son la de esta dulce muchacha gallega: le gusta la papiroflexia y prepara el mejor café del mundo.

Ella, el descanso merecido de Martin Grove, era mi bisabuela, la madre de Vicenta Grove.

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3 comentarios

Archivado bajo huesos

3 Respuestas a “Grove

  1. ari

    BELLA HISTORIA, QUE ENCANTO TENÍA VICENTA QUE SIENTO QUE LA CONOZCO Y ME PARARÉ A PREPARAR CAFÉ EN ESTE MOMENTO.

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