Archivo mensual: noviembre 2009

Chilled

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El bolsillo de Dios

Algunos esperan que les indiquen cómo seguir siendo esclavos.

Otros esperan que la chaqueta nueva sea la atracción de la fiesta

Los ateos esperan que creador y creación sean la misma persona.

Algunos lloran en habitaciones oscuras sofocados por no estar en Nueva York y cuando van a Nueva York no salen de Madrid.

Siempre hay alguien para compartir una mala broma y siempre hay alguien que no comprende ni las buenas.

Existen discos grabados en una cabaña con paredes empapeladas con obituarios. Otros son concebidos en un zoológico y valen menos que la cagada de un mono.

Conozco a tipos que sólo hablan de sí mismos (bien) y del PP (mal). Conozco a otros que dicen: “la política me asquea” y beben el último sorbo antes de pagar.

¿Quién es el hermano de tu cuñada? ¿Por qué no me informas de lo que haces?

Algunos viven locos de amor, sin moverse, claveteados.

Es difícil saber qué lleva Dios en el bolsillo de atrás.

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La voz de un muerto dice tu nombre

Encuentras tu nombre en la página 858 de una antología de ensayos escritos por un gran escritor, muerto el año pasado tras un prematuro ataque de corazón.

Felicidades, Mr. Brian

El próximo 20 de junio, Brian Wilson, el indestructible ex líder de unos ya erráticos Beach Boys, cumple 60 años. Para llegar a este feliz aniversario, que se completa con la salida al mercado de un segundo doble en directo desde el Roxy Theatre, la vida de Brian y la visión del resto del mundo sobre la trayectoria de uno de los mayores músicos del pop, si no el más grande, ha dado vueltas más engañosas que una cinta de Möebius. Una biografía que, por cierto, tiene en español una notable expresión escrita en Bendita locura, de José Ángel González Balsa, que el año pasado publicó la editorial Milenio.

Del niño de oro californiano, gordito, sonriente y más limpio que unos zapatos de primera comunión, influido por Phil Spector y los grupos vocales blancos y negros de los 40 y 50, capaz de hacer un éxito en menos tiempo de lo que duraba la canción, Brian se convierte a partir del álbum Pet Sounds en un verdadero artista que impone una dimensión nueva a algo que conocía bien, el dolor adolescente enmascarado de felicidad, y, en un más difícil todavía, darle una altura poético mística, pero sin ampulosidad ni pedantería, con el siguiente single de Beach Boys, Good Vibrations, y, cómo no, darse el mayor batacazo de la historia discográfica al sufrir un colapso nervioso intentando hacer el triple mortal sin red en lo que sería el nunca publicado Smile.

Brian Wilson se volvió loco anticipándose en muy poco a la debacle del sueño hippie y, durante más de 30 años, su nombre iba apareciendo en los primeros lugares de la lotería del próximo mártir del rock. O ni siquiera eso, porque la chifladura de Brian, sin salir de la cama de su mansión y en completa regresión a una infancia indolora, parecía más bien la de un pobre niño rico a la prototítipica del ángel caído que vive rápido, muere joven y adiós, adiós, hasta luego. Un ejemplo de lo políticamente incorrecta que era la bendita locura de Brian es su encuentro con el gurú Maharishi, adonde le llevaron sus hermanos para ver qué conseguía hacer el embaucador hindú con los restos de la mente del que era la fuente creativa y, por tanto, económica, del grupo. Así que llegan los Beach Boys a la sala donde les espera el guía, se sientan a su alrededor en posición de Flor de Loto (menos Brian, que se sienta como puede). Entonces el Maharishi le pregunta a la siguiente víctima de su depredación: «Dime, Brian, cuál es el camino que te gustaría seguir». Y él, tras contemplar el panorama y sin pensárselo dos veces, contesta: «El camino del burguer más cercano». ¡Olé tus neuronas, Brian! ¡Y que no te mueras nunca!

No sabías que esa referencia existía, que estaba publicada (en el suplemento del diario El Mundo, el  14 de junio de 2002). Te hubiera gustado agradecer en persona el interés, porque admirabas a Francisco Casavella, el escritor muerto.

Lees la reseña de Casavella deseando larga vida a Brian Wilson. Lees una voz que podría ser la tuya.

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Mundo-habitación

habitaciónok

Now it’s dark and I’m alone
But I won’t be afraid
In my room, in my room
(Brian Wilson/Gary Usher)

Años de leche y bicicletas, cuando el arbitraje correspondía a la silenciosa lengua de la niñez. Habíamos regresado a Santiago, cruzando el océano en el barco Begoña. En el cine de cubierta vi por primera vez El hombre tranquilo y decidí que ese amor de prados colgantes era el amor que me empeñaría en buscar.

Vivimos durante unos meses con mi abuela en la aldea, antes de comprar un piso en el ensanche de Santiago, todavía entonces iluminado por las últimas huertas urbanas, que esperaban ser estranguladas por la catástrofe del desarrollismo.

Mi cuarto tenía dimensiones lacónicas y ninguna ventana al exterior, pero transfiguré las paredes en lejanías pegando fotos de mi gente: los Walker Brothers, los Beach Boys, los Kinks, los Beatles, los Who… Aquella plaga de saludables asesinos y coyotes con botines.

Algo estaba sucediendo y yo sabía, con menos conciencia que olfato, de qué se trataba. Las paredes decían:

Muerte a lo viejo

O bien:

No hay lugar para la asfixia

Mis padres, para conseguir un dinero extra, realquilaron una de las habitaciones a una muchacha de Ourense que estudiaba Hispánicas en la universidad. No recuerdo el nombre (¿quizá María José?), pero sí sus faldas, escandalosas y breves. A veces escuchábamos juntos mis extended play y ella bailoteaba en el salón. Le gustaban demasiado los Hollies, pero yo sabía perdonar.

En mi cuarto había un pequeño crucifijo al que mi madre, por alguna razón que tampoco alcanzo a reconstruir, veneraba con ardor. Era conveniente aquel Cristo ferroso, flanqueado por alimañas disolutas: cada ladrón tiene su banda.

La cama, de nogal, había sido encargada a un carpintero amigo de la familia.

Cuando regresamos dos años después a Venezuela, porque todo salió mal y mis padres ya no eran gallegos sino criollos, la cama fue guardada en el desván de la aldea (nunca le llamo así: siempre será el fallado, la lengua me empuja hacia la tierra).

La recuperé años después para mi hija A., que pegó sobre la cabecera a sus propios catecúmenos: Alex Ubago, Alejandro Sanz, Maná… Todavía sé perdonar.

Pese a la naftalina, con mis carteles acabaron las fauces bondadosas de la polilla: todos los ladrones encuentran la dentadura que merecen.

De la muchacha de las faldas esquemáticas tampoco quedaron restos.

En algún lugar leí que la eternidad tiene el aspecto del mar del Norte. No lo creo. La eternidad siempre es una habitación.

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Submarino

hubbardok

Es fácil provocar, cualquiera puede hacerlo, incluso Madonna, incluso un arzobispo, incluso un terrorista armado hasta los dientes con su odio de puertas batientes.

Es fácil buscar citas que te justifiquen y soporten tu espalda cuando deberías estar apoyado en una pared o un muro.

Por ejemplo, Elbert Green Hubbard:

Quien no entieda tu silencio probablemente no entenderá tus palabras

Hubbard creía, como los arzobispos, en la santa trinidad, aunque también en Ruskin, Thoreau y Whitman, a quienes otorgaba la consideración de “profetas de dios”.

Hubbard, que tenía muy buen gusto para los sombreros y el pelo largo, escribió:

Creo en la luz solar, el aire fresco, la amistad, el sueño tranquilo y los hermosos pensamientos

No era un idiota provocador. También escribió:

Creo en la paradoja del éxito a través del fracaso

Hubbard murió, junto con otras 1.997 personas, en mayo de 1915, cuando el trasatlántico Lusitania fue torpedeado frente a Irlanda por un submarino alemán.

Murió en el mar, acaso antes de caer al mar.

Me gusta la palabra alemana para submarino. Suena a submarino: unterseeboot.

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Como tantos otros, usé la canción de Jimi Hendrix Purple haze para una secuencia bélica de uno de mis documentales.

Purple haze all around
Don’t know if I’m comin’ up or down
Am I happy or in misery?
Whatever it is that girl put a spell on me

Qué malas eran las letras de Hendrix.

El documental nunca llegó a exhibirse: contaba la historia de un marginal, un submarino humano hijo de jerarcas bancarios gallegos, que murió de sida después de ser malo, muy malo.
La familia presentó el mismo día de la emisión un interdicto notarial y la cadena, Televisión de Galicia, tuvo miedo y retiraron el documental de la parrilla.

El submarino humano se llamaba Alejo Pérez Triviño. Atracó farmacias, cantó en grupos de rock, sableó con adorable ciencia a sus amigos, se ganó algún navajazo, alguna bala, surcó con la uña metálica todas sus venas.

Si uno teclea su nombre en Google, aparecen tres o cuatro referencias, todas de diarios de provincias, los únicos que todavía se preocupan por los seres humanos.

Es extraño no estar en Internet, es un consuelo, como vivir en un pueblo pequeño

Me fui de Televisión de Galicia cuando Manuel Fraga ganó sus primeras elecciones. No lo hice por ideología, ni para provocar, no era la primera vez que trabajaba para fascistas. Tampoco fue la última.

Me fui porque todavía entendía el trabajo como aire fresco.

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Cometo pecados cada día. Por ejemplo, no sonreír lo suficiente, no escribir lo suficiente, no leer lo suficiente (ni siquiera a los profetas), no hablar lo suficiente con mis hijos.

Me gusta la palabra alemana para sonreir. Suena blanca: lachen.

Es fácil provocar, cualquiera puede hacerlo.

Añoro despertar a mis hijos. Me gusta la palabra alemana para hijos. Suena a hijos: kinder.

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Cuando tecleo mi nombre en Google aparecen unos 43 resultados, pero álgunos vínculos están rotos.

Me gusta la palabra alemana para vínculo. Suena a pueblo pequeño, de provincias: verbindung.

No sé si me gusta la palabra alemana para escribir: schreiben

No escribo, ya no escribo, no correteo, y eso me está matando. A veces pareces no entenderlo. Entiendo que no lo entiendas.

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Bosque

El bosque donde Laura Palmer, atada a una silla y con los ojos vendados, se entrega a la religión de Bob, el parásito sonriente de quien solamente pueden tener una visión los benditos o los condenados.

Bob is Bob
Eager for fun
He wears a smile
Everybody run

Laura, envuelta en plástico, sosteniendo en las manos el semen de Bob como una cliente del Ejército de Salvación o una de esas bellísimas Don Nadie que esperan en la unidad de salud mental de la sanidad pública a la que deberé acudir otra vez un día de estos.

Allí tres de cada cinco Don Nadie usan gafas de monturas caducas y cristales tan enormes como sucios. ¿Para qué limpiar si no quieres ver?

Dos de cada cinco miran al suelo y salen una y otra vez al patio interior donde,  contra toda norma, puedes fumar apoyado en las paredes alicatadas con azulejos o sentado en los quicios de tres puertas cegadas.

Uno de cada cinco lleva los cordones de los zapatos desatados.

Uno de cada cinco habla solo o quizá con alguien solamente visible para sí mismo.

Quizá con Bob y otros moradores de los bosques.

Uno dice:

Es la primera vez que ayudo a vestir a un muerto.

Otro:

No quiero croquetas, mamá.

Otro:

Ningún sueño es seguro.

Tampoco los bosques lo son pero vamos hacia ellos y, gracias a dios, nos separamos del mundo.

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Teorema

He estado leyendo detalles sobre la muerte de Hank Williams: debaten, con la fruición de los extremistas, sobre la última hamburguesa, la última copa, la última gasolinera, el último condado…

Mencionan la impericia e inhumanidad del conductor, un universitario de 17 años sin más deseo que recibir los 400 dólares convenidos por conducir el Cadillac azul pálido del cantante hasta la siguiente actuación.

Concluyen que en el fondo del alma americana hay una oscuridad en suspenso, esperando con fiebre de loba. La misma tesis expone el gran Greil Marcus en The shape of things to come. Prophecy and the American voice:

America is a place and a story, made of exuberance and suspicion, crime and liberation, lynch mobs and escapes; its greatest testaments are made of portents and warnings, Biblical allusions that lose all their certainties in American air

Sería un buen trabajo sondear la oscuridad española, buscar los hilos que la sostienen, las creencias aún vivas, su base, sus héroes, su sangre derramada, sus certezas bíblicas, perdidas en el viento, en el adobe, en los gritos de nuestro conversar, en la vergüenza que padecemos por ser nietos de campesinos, la cadencia siniestra del latido patrio…

Pero aquí adentro, en mí, no hay ningún teorema: la tarde del martes se explica sola, extensa, dama elegante en un entierro, y el silencio, mi Cadillac azul pálido, no invita a cosa distinta que redactar una lista de dolencias.

Por ejemplo, que ya no puedo oir cómo ladra el perro de Robert Jonhson, no acierto a distinguir la angustia de la vida, no encuentro palabras, no sé mancharme de noche, no conozco el camino hacia el último condado…

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