Archivo mensual: diciembre 2009

Dos dedos

Hola, Vic:

Ahora no estás obligado a tocar con dos dedos. Tampoco estás enganchado a la silla.

Ni siquiera importa el accidente (borracho, 18 años, speed of life, crack said the neck).

Es lógico: una sobredosis de relajantes musculares. Tengo unas cuantas cajas en el armario del cuarto de baño.

Un ángel menos. Todos los años acaban del mismo modo. En un silencio muscular.

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Rayado de luz, Minas Papadopoulos

El escritor y periodista mexicano Sergio González Rodríguez, un argonauta del espanto y las twilight zones de Ciudad Juárez, Sonora y Chihuahua, donde el crimen y el Estado se aparean con un refinamiento tan brutal como clínico, compara el magnetismo que sentimos ante la crueldad y sus huellas (el “contagio del horror”) con el padecer de la acrofobia, el vértigo de altura, el “llamado del vacío”, compuesto al tiempo “de pánico y fascinación alternos frente al abismo”.

Segunda entrega de “Rayados de luz”, la sección que escribo cada martes en El Fotográfico

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Fin

El amanecer asomará con moderación insólita el día del fin del mundo
Para adaptarse a los extravagantes sueños de la noche última de los humanos
A la inquietud sagaz de las bestias y al fulminante deterioro de los objetos

En un cuarto de Praga, un anciano recordará un estanque
Y deseará romper de una vez por todas, con fascinación y pánico
El pacto de silencio que subscribió ante las aguas cautivas

Un niño perderá un juguete, una brizna de trigo será segada
Una célula se dividirá sin control para engendrar un cáncer
Y nadie sabrá que sólo el día que estamos viviendo importa

Alguien, acaso más de uno, pronunciará la palabra “letanía”
Otros dirán “artilugio”, “bramante”, “autárquico”, “infinito”
Y algunos, los menos, permanecerán como vivieron, olvidados

Una mujer encargará a las nubes que abracen a su esposo inmigrante
Sin sospechar que está encerrado en un presidio en las afueras de Madrid
Y mientras ella habla con el cielo él sostiene una bandeja plástica con una tajada de pescado barato y congelado

Un muchacho pensará en la frase: “ser pequeño y manteneme pequeño”
Y decidirá que es el momento de no crecer más y beber de un trago el vaso de agua
Donde ha disuelto un puñado de pastillas avaladas por la ciencia médica

El día del fin del mundo me asomaré al ventanal de mi sepulcro
Esperando verte aparecer calle abajo, ligera y pálida
Para tocar la puerta y entrar en casa, en el traspatio final sin profetas ni dolor

Copio la idea de trying hard not to sell dreams for small desires y pido perdón a Czeslaw Milosz por la vanidad

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¿Quién decide eso?

Anoche tembló la tierra. Fue poca cosa, apenas una diluida extensión bastante alejada del epicentro atlántico del terremoto.

Anoche me entregué de nuevo al insomnio, que a veces es el compañero de baile que deseo porque el tiempo se me agota, el año que viene llego a la segunda mitad de la cincuentena y qué carajo.

Leía el último reportaje de El dictador, los demonios y otras crónicas, de Jon Lee Anderson, un periodista que nunca, esté con Castro, Chávez o Garzón, olvida la literatura del detalle.

El terremoto llevó mi cama -sábanas rojas, el calor cercano de tu cuerpo entregado al sueño- a una marea benévola. Noté el balanceo, sospeché de un espejismo provocado por el insomnio, la ansiedad, la melancolía. Se detuvo para volver a empezar por segunda vez.

Miré hacia el techo. Las espirales plásticas colgadas de las vigas también danzaban y supe que se trataba de un seísmo y recordé el que sufrí en mi niñez venezolana, en la noche húmeda y de olores podridos de Chacao: los vecinos en ropa de cama agolpados en la plaza de suelo blando, como en una verbena de borrachera y guaracha.

El tipo de la foto policial se llama Fernando Gomes de Freitas, pero le conocen por Fernandihno Guarabu, LG, Cebolinha, Fernandinho do Dendê, Lopes y  Jonny. Es el maluco más poderoso y bravo del Morro do Dendê , una de las mil favelas de Río de Janiero. Fernandinho nació en noviembre de 1978.

Dos raperos cantaron el himno de sus dominios.

Como el tableteo de una ametralladora, una forma humana de terremoto:

Parapapapapapapapapapa,
Parapapapapapapapapapa,
papara papara papara clack bum,
Parapapapapapapapapapa!

El periodista Anderson entrevistó en persona a Fernandinho, a quien la Policía intenta en vano apresar desde hace años. Entró en su cuarto, enumeró sus joyas (“lo diseñé yo, pesa medio kilo”,  dijo al mostrar el colgante de oro), comprobó que la colcha de la cama tenía estampados infantiles, oyó como el malvado rezaba al dios al que ha llegado por vía evangélica.

Una web gubernativa brasileña no se detiene en esos detalles y opta por la épica:

Comanda seus pontos de drogas com bastante violência. Fernandinho Guarabu, montou um “exército”, com pelo menos 100 homens, vários fuzis, pistolas, e muita munição, e conta possivelmente também com uma metralhadora Madsen, que assusta pelo tamanho., Fernandinho Guarabu montou um esquema enorme de ganhar dinheiro, extorquindo motoristas de vans e kombis. Denúncias informam que o traficante, exige pagamento de pedágio dos topiqueiros que circulam na Ilha do Governador. Muitas das informações indicam que o traficante, manda matar todos que são contra suas idéias e ordens. CUIDADO! SEMPRE ARMADO E PERIGOSO!

Anderson le preguntó:

¿Donde ve usted la línea que separa el bien del mal?

El maluco respondió con una sonrisa y otra pregunta:

¿Quién decide eso?

Antes de que Anderson se marchase, el gangster y traficante, el líder del Terceiro Comando Puro con más de una centena de hombres a su mando, abrió el armario del cuartucho y sacó dos frascos de colonia masculina, todavía sin desprecintar. Uno de Issey Miyake y otro de Givenchy Pour Homme.

Quédeselos. Son suyos.

Hay muchos tipos de terremotos. No tengo la suerte de sentir los verdaderos.

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Rayado de luz, Gary Isaacs

Los primeros versos de una remota canción de Harmonica Frank, The Great Medical Menagerist, podrían utilizarse como invitación para visitar los territorios de Gary Isaacs

Primera entrega de “Rayados de luz”, la sección que escribiré cada semana para El Fotográfico

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Diario

Días de silencio. La sicóloga me encarga que escriba un diario-como-un-vómito. No sé si tengo edad para eso. Raras veces vomito.

Leí a buena velocidad un buen libro, No hay bestia tan feroz, de Edward Bunker (1933-2005), de quien ya conocía La educación de un ladrón.

Para quien no lo sepa: Bunker sufrió varios reformatorios, delinquió, estuvo 18 años en la cárcel y, en un sesgo angélico, terminó escribiendo novelas y guiones de cine. El  papanatas Quentin Tarantino le contrató para interpretar al Señor Azul en Reservoir Dogs, película cuyo mayor mérito es la banda sonora.

El libro que acabo de dejar es frenético y está narrado en primera persona. Acaso así deban ser los diarios. El protagonista, Max Dembo, sale de prisión en libertad condicional y desea redimirse. Por supuesto, no lo consigue.

Cuando vuelve a inyectarse heroína tras años de abstinencia, dice:

Hasta la soledad quedó borrada. Aquello era la paz sobre la tierra.

Poco antes había proclanado su fe en el lado sucio:

A la mierda los seguros de salud y de vida.

Esas dos frases justifican el libro.

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Love cry

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