Archivo mensual: enero 2010

Sin calcetines blancos

El tocadiscos familiar era uno de esos muebles de madera con cuatro patas en los que insertaban un sintonizador de radio y un solo altavoz, cubierto por una telilla con hilo dorado.

Levantabas la tapa superior y dejabas al aire el giradiscos. Los fabricaban en los Estados Unidos y les llamaban pick-up. En todas las casas había uno. Al menos eso es lo que recuerdo.

El sonido era monoural, pero los discos también lo eran y, además, dios no creo el mundo en estéreo.

Mis padres solían colocar sobre el mueble la foto familiar con el marco de plata.

En algunas grabaciones hay pequeñas lecciones, parábolas que sólo pueden ser apreciadas en el soporte fonográfico original de vinilo, porque la tecnología es un instrumento ideológico que depura con ánimo atravesado para que olvidemos y caigamos en el conformismo, para que dejemos de ser los niños insomnes que recorríamos la casa en calcetines blancos, mientras papá y mamá dormían, esperando con inocencia que mañana fuese el mejor día del resto de los días.

Se equivocaban.

Nuestra casa era muy pequeña: sólo un dormitorio. Yo dormía en un pequeño sofá-cama frente al pick-up. No había mejor lugar.

Tomas el vinilo y, con dedos de novio, lo desvistes de la bolsa de plástico lechoso para situarlo en el giradiscos, olvidando las partículas de suciedad, que son las arrugas del tiempo y nunca deben ser limpiadas, porque esto no es una maniobra sanitaria, al contrario, se trata de ensuciarte,  porque también los arañazos hablan de ti.

Escuchadas en aquel tocadiscos, las canciones adquirían un eco singular, parecían cantadas desde el final de la galería de una mina y exigían un precio, una contribución de tu parte: soñar al cantante, buscarlo en el improbable paisaje de tu propia imaginación.

El sonido no era bueno, pero era el sonido, el único posible, y recuerdo haberme decepcionado cuando, con el paso del tiempo, tuve un equipo de sonido mejor pero, sin duda, menos comprometido con la música.

Nunca volví a escuchar canciones con aquella locura de amor.

Nadie dice ahora tocadiscos: optan por ‘equipo de música’, ‘cadena de sonido’ u otras expresiones que parecen más técnicas o precisas, pero que no usan calcetines blancos. Yo tampoco los uso. Tampoco sé dónde acabó nuestro pick-up.

El tocadiscos familiar era uno de esos muebles de madera con cuatro patas en los que insertaban un sintonizador de radio y un solo altavoz, cubierto por una telilla con hilo dorado.

Levantabas la tapa superior y dejabas al aire el giradiscos. Los fabricaban en los Estados Unidos y les llamaban pick-up. En todas las casas había uno, al menos eso es lo que recuerdo.

El sonido era monoural, pero los discos también lo eran y, además, dios no creo el mundo en estéreo.

Mis padres solían colocar sobre el mueble la foto familiar con el marco de plata.

En algunas grabaciones hay pequeñas lecciones, parábolas que sólo pueden ser apreciadas en el soporte fonográfico original de vinilo, porque la tecnología es un instrumento ideológico que depura con ánimo atravesado para que olvidemos y caigamos en el conformismo, para que dejemos de ser los niños insomnes que recorríamos la casa en calcetines blancos, mientras papá y mamá dormían, esperando con inocencia que mañana fuese el mejor día del resto de los días.

Se equivocaban.

Nuestra casa era muy pequeña: sólo un dormitorio. Yo dormía en un pequeño sofá cama frente al pick-up, no había mejor lugar.

Tomas el vinilo y, con dedos de novio, lo desvistes de la bolsa de plástico lechoso para situarlo en el giradiscos, olvidando las partículas de suciedad, que son las arrugas del tiempo y nunca deben ser limpiadas, porque esto no es una maniobra sanitaria, al contrario, se trata de ensuciarte,  porque también los arañazos hablan de ti.

Escuchadas en aquel tocadiscos, las canciones adquirían un eco singular, parecían cantadas desde el final de la galería de una mina y exigían un precio, una contribución de tu parte: soñar al cantante, buscarlo en el improbable paisaje de tu propia imaginación.

El sonido no era bueno, pero era ‘el sonido’, el único posible, y recuerdo haberme decepcionado cuando, con el paso del tiempo, tuve un equipo de sonido mejor pero, sin duda, menos comprometido con la música.

Nunca volví a escuchar canciones con aquella locura de amor: Tampoco sé dónde acabó el pick-up.

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Orange Crush

Jugábamos porque vivíamos, o quizá, como entendí más tarde, vivíamos gracias al juego.

El juego era la guerra. No había otro para Los Evadidos, labradores de pasadizo, escaladores de alambrados, topógrafos.

Era corto el intermedio de los días y nos sentíamos como reyes conectados a las tomas de riego, ocho años de golpes de naranja, niños sucios y extranjeros, anguilas fugadas de la página.

Entrábamos en el campo superando la sección más escondida de la tapia fronteriza: nunca hubo otra forma de hacer la revolución que saltando muros.

Jugábamos a la II Guerra Mundial en el campo de golf del Country Club. La variedad del césped era una invitación a la rebeldía: bluegrass, hierbazul, con puntas ligeramente curvadas que te acariciaban como si fuese pelo de niña.

Nazis contra americanos: la historia no importaba, los tabúes tampoco.

Por honradez debo decir que el recuerdo es impreciso, pero aquella tarde sé, de cierto, que el guardia nos sorprendió. A nosotros, Los Evadidos.

Circulaba en un carrito eléctrico y nos la tenía jurada porque éramos sospechosos de robar bolas perdidas para venderlas. Pero no queríamos aquellas pelotas de pijos: sólo nos importaba la guerra.

El guardia ejercía privilegios de sheriff: uniforme azul y una escopeta de aire comprimido que cargaba con balines de sal.

Aquella tarde nos arrinconó en un bunker de arena.

Escapamos (ya dije, éramos anguilas). Todos excepto Luismi, demasiado sólido para la fuga aunque imbatible en el cuerpo a cuerpo. Pero no era una pelea igualada, la sal muerde cuando entra en la piel.

Escuchamos el tiro, apenas una fricción suave contra la tarde: algunos miramos hacia atrás, algunos insultamos al hijo de puta.

Esperamos a Luismi en el muro roto. Llegó cojeando pero sin lágrimas. Regresamos al barrio. Nazis y yanquis juntos.

Bebimos Orange Crush: todas las tardes eran idénticas, un golpe de naranja en espera de la guerra de mañana.

Dicen que pica como cien avispas.

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Bang, bang

Eres un buen momento para morirme

Amaneciendo y anocheciendo

a un mismo tiempo,

cariño, ¿no es ésta la forma

en que te gustaría vivir?

En mi cabeza hay un álbum

de fotos amarillentas

y lo voy completando con mis ojos,

con los más leves ruidos,

atrapando olores en el aire

y en cada sueño que sueño.

¿Sabes una cosa, pequeña?

La última página de mi álbum

tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,

un disco de rock’n’roll

y calcetines de colores.

Mis ojos han sido rápidos,

te he hecho el amor con la ropa puesta

a través de una

larga pajita dorada

mientras cruzabas la calle

con el cabello ardiendo.

Pero ahora son tus pies

quienes dan mis pasos,

¡así que no te equivoques

pues me caería!

Te bebo en cada vaso de agua

que sacia mi sed,

mis palabras son claras como niños pequeños

o espesas como semen empapando cortinas,

pero hoy tengo que inventar

un nuevo idioma

para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos

y los gritos de euforia

de la gente que vive en tu cabeza.

Debes saber que a veces

soy como un entierro interminable,

siempre triste y azul

subiendo y bajando

por la misma calle.

Pero otras veces soy un río de risa

corriéndome por toda la ribera,

haciendo el amor a la mar,

una felicidad contagiosa,

un revólver de amor, nena,

y voy a disparar justo a tu corazón

¡bang, bang!

¿te di?

Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,

montaña de aguardiente

y tarde rojiza.

Eres un buen momento para morirme.

:::

Fue el último poema escrito antes de la muerte, en 1974, a los 19 años. Dedicado a su novia, María José. Fue quizá un suicidio, quizá no.

Se había despedido de uno de sus mejores amigos pidiéndole que no dejara de comprar discos. Le gustaban Soft Machine y John Coltrane.

Se llamaba Félix Francisco Casanova y ahora lo editan otra vez.

Necesito su voz. Necesitamos voces así. Poetas otra vez.

De una maldita vez.

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Quemadores de mapas

tuve una Polaroid, su tono de oscuro rocío
teñía las veredas: de poros abiertos era el tiempo
trepaban las arenas
al silbo del papel por sí mismo revelable

naciendo aún sin forma, inesperada
y flotante llegaba la fotografía
murmurada en aquella canción
de Tom Jobim y João Gilberto

Você com a sua música esqueceu o principal
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados também bate um coração

el disparador, soga o seda, canto apocado de grillo
acompañaba el avance del niño por el arenal de febrero
borracho ya de marea: gorro de lana roja, botitas ortopédicas
contra el sol cayendo al mar

las más pequeñas cosas no nacieron
para ser tropiezo
aquel artefacto tenía simpleza
y tenia simpleza el tramo

la nación y toda la palabra
desvestida en sílabas
un susto era un sus-to
un hambre era un ham-bre

¿era Vallejo quién sostenía el broche?, ¿era Rilke quién vivía?
¿bastaban aquella guía botánica y el pan envuelto en la servilleta?
¿eran demasiadas las alas para el volumen de una pompa?
¿quién avanzaba?, ¿hacía dónde?

rojo y rojo y casas, ventanas quemadas de azul
paralelas rotas para enmaridarse, algo cayendo hace clac
un nido volado por el viento
las yemas de los dedos hierven al sujetar la taza

¿vivía el temor?, ¿vivían las zapatillas baratas?
¿Tras-os-montes o Porto?, ¿dónde estaba el bosque y la garita de los guardias?
¿hacía frío en Celanova?, ¿vivían los dedos del pianista?
¿fuera de foco o dentro de foco?, ¿era Pavese?

conducir hasta que punza el cuello
subir bajar
subir bajar entre
paralelas

viento y fotos
el día de montaña se desnudaba
como un gato adormilado
era montaña también la piel

mal guiados, quemadores de mapas
cuando Eddie Cochran pedía C’mon Everybody
le hacíamos callar con No money down
de Chuck Berry, nadie necesitaba un micro, cantaba

el viento, las fotos
no dejaban de cantar
y una casa ha de ser una casa
alzada, hundida

allá, en los nombres borrados
de las borradas fotos
pies y botitas, allá en las sílabas, porque
es-to-no-es-u-na-bro-ma

casa, allá dónde quiera que esté, casa
ha de ser
contigo

Well Mister I want a yellow convertible
Four – door de Ville
With a Continental spare
And a wide chrome wheel

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Jerome

¿Qué tal por ahí, Jerome? ¿Ya has charlado con Lafayette, tu colega dianético? ¿Hay orgones para todos?

Trece cuentos -algunos muy malos, otros muy buenos- y una novela de esas que llaman en las solapas ‘de iniciación’ te han bastado para ser un mito y para ser insoportable, maltratador, hedonista y energúmeno como sólo a los mitos se les consiente. Se ha montado la marimorena con tu muerte: enigmático, influyente, phony

No puedo decir que lo siento demasiado. Leí El guardían entre el centeno, creo recordar, en 1968 ó 1969, es decir, cuando debe leerse (15 añitos y una presunta capacidad para amplificar y querer saber qué es lo que nos espera, que viene siendo nada de nada)…

Pero por entonces, Jerome, ya había leído Rayuela -que es bastante mejor novela que la tuya para un adolescente- y escuchado a los Beatles, que con dos o tres canciones me habían iniciado con más empuje y gracia.

Llegaste tarde para mí.  Tu Holden se parecía a uno de mis primos mayores al que no era capaz de aguantar por su simpleza bravucona.

Sé que no tengo razón y qué tampoco importaría si la tuviese: van a loarte, van a aplaudirte… Se te hincharía el pecho asistiendo al ceremonial.

Espero que el cielo te haya sabido esperar. No lo tengo claro, pero lo espero.

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Cuervos

Cuando yo tenía pocos meses, a mi madre le adjudicaron una plaza como maestra en una escuela unitaria de las sierras donde nace el viento.

Las veces que he subido allá arriba intento imaginar cómo sería entonces aquello, sin carreteras ni luz eléctrica, con qué pesadez se diluiría el tiempo en la infinita lluvia del invierno. Los cuervos eran la única diversión, eso cuenta mi madre ahora.

Pero en aquel momento había recibido muy contenta el destino, que culminaba los años de estudio de Magisterio en Santiago, caminando seis kilómetros de ida y otros tantos de vuelta desde la aldea de sus padres.

En invierno, cuando el día caía como una sonda, mi abuelo, su padre, tenía que ir a buscarla hasta el límite de las luces de la ciudad, porque los caminos estaban plagados de lobos.

La unitaria estaba encaramada en el linde de la serranía, donde el mapa empieza a caer por el empuje del Xallas, el río que, asustado de tanto baldío, unos kilómetros más adelante se lanza contra el océano desde casi 200 metros de altura en la única catarata de Europa con caída al mar.

Mi madre, por razones que nunca me explicó, se empeñó en llevarme con ella: quizá la muerte de mi hermano a los pocos días del parto, dos años antes, tuviese algo que ver.

El autobús nos dejó en la cabecera comarcal, Santa Comba, apenas una villa de ganaderos de vacuno: una taberna, un juzgado de paz y un puesto de la Guardia Civil.

La escuela estaba más arriba y no había otra forma de llegar que andando tres horas. Mientras mi madre caminaba por la senda que remontaba la montaña, a mí me colocaron, junto con las dos maletas, en una burra.

Mientras ella daba clase a los veinte niños de todas las edades que acudían a la unitaria (en aquel entonces en las aldeas aún habia niños: ahora sólo viven el eco, los muertos y el viento), yo quedaba al cuidado de una señora, en cuya casa nos hospedábamos. Si cierro mucho los ojos, aún veo –pero es un espejimo, lo sé– el fuego de la lareira.

Luego las cosas fueron mal y mis padres se marcharon, emigrantes a la fuerza, a buscar el falso Dorado de las Américas.

Todo esto es parte del negocio sin retribuciones de la (pobrísima) tradición oral de mi familia, una película que tiembla, con fritura en la banda de sonido y rayones en la emulsión.

Todo esto me lo contaron. Yo, creo, no estaba allí.

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Death letter blues

Desconfía si frente al cantante han colocado un ventilador: por muy garbosa que vuele la melena, no lo harán las ideas.

Recela si la ropa parece cuidada con descuido: hay muchos modelos de uniforme, todos son odiosos.

Guárdate de quien utilice el modo verbal imperativo y el adjetivo ‘nuevo’. Lee con atención: el rock es también lengua.

Ocúltate de los realizadores de vídeoclips: el arte siempre debe estar pintado de negro y enigmas.

Teme cualquier pegatina exterior en los envoltorios: quien necesita un eslogan no anda sobrado de evidencias.

Sospecha de toda invención, de toda originalidad: esta ceremonia es arcaica, esta piel es anciana.

Duda de la eterna juventud: “lo que llamamos camino, es vacilación” y “de día no se ven las estrellas”.

Lo dijo, en Praga la oscura el primer cantante de blues.

No se me podría acusar de inexacto si le atribuyo la letra de esta canción:

Looked like there was 10,000 people standin’ round the buryin’ ground
I didn’t know I loved her ‘til they laid her down
(…)
I said,“Farewell, farewell, I’ll see you on the Judgment Day”
You know I went in my room, I bowed down to pray
The blues came along and drove my spirit away

Desconfía si frente al cantante han colocado un ventilador: por muy garbosa que vuele la melena, no lo harán las ideas.

Recela si la ropa parece descuidamente cuidada: hay muchos modelos de uniforme, todos son odiosos.

Guárdate de quien utilice el modo verbal imperativo y el adjetivo ‘nuevo’. Lee con atención: el rock es también lengua.

Ocúltate de los realizadores de vídeoclips: el arte siempre debe estar pintado de negro y enigmas.

Teme cualquier pegatina exterior en los envoltorios: quien necesita un eslogan no anda sobrado de evidencias.

Sospecha de toda invención, de toda originalidad: esta ceremonia es arcaica, esta piel es anciana.

Duda de la eterna juventud: “lo que llamamos camino, es vacilación” y “de día no se ven las estrellas”.

Lo dijo, en Praga la oscura el primer cantante de blues.

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