Vainilla y lucha libre

The dream is on, dijo mi padre.

A veces hablaba inglés, pero sin saber del todo lo que significaban las palabras, que había leído en las revistas que el Señor abandonaba sin limitarse siquiera a extraerlas del precinto de celofán: publicaciones deportivas, algún Popular Mechanics, del grupo Hearst, y folletos de venta por correo de los almacenes Sears que reproducían los juguetes con los que yo soñaba.

My hands are tied, decía mi padre.

Nunca había hablado inglés, pero tenía facilidad para desarrollar un acento propio, un deje casi cómico que, sin embargo, era admitido por algunos como inglés verdadero.

That’s another man’s prize, decía.

A mí se me iban quedando las palabras, soldadas a fuego a mi padre y sus cosas de tal poderosa manera que ahora, cuando todo ha sido barrido por un vendaval de años exterminadores, puedo reconstruir cada pliegue de la piel de su cara a través de aquellas palabras, aquellas frases que dictaba su bastante cretino sentido del humor.

Mientras esperaba que el Señor hiciese algún trabajo, mi padre tallaba en palos de madera figuras toscas pero con cierta gracia inocente: reptiles, pájaros sin alas, orugas.

Nunca podía acompañarle cuando conducía para el Señor, pero, al regreso, lavábamos juntos el automóvil, el Oldsmobile Custom Cruiser, cuidándonos de no dejar rastros de sangre en la tapicería.

El Señor solía darme algo de dinero por aquellos trabajos.

Eres un buen chico, aprendes rápido, decía.

Y luego, a mi padre:

Cuída de él, Pepe, los niños necesitan buenos padres.

Vivíamos en una casa adosada al garaje: el dormitorio, la cocina y el saloncito con el sofá de dos plazas donde dormíamos ambos, mi padre y yo.

Desde la muerte de mamá hacíamos todo lo posible por no pisar la casa durante el día, pero resultaba inevitable regresar a pasar la noche: preparábamos unos emparedados para cenar y, antes de acostarnos, veíamos en la televisión la serie Yo Espía.

Yo tenía la sensación de que siempre hacíamos lo mismo.

Había otras dos casas idénticas a la nuestra: una para Chiquito, el guardaespaldas del Señor, y otra para María Antonieta, la vieja cocinera.

Ambos eran mestizos de La Guajira, la peninsula de la fiebre, el dengue y las charcas petrolíferas disputadas en sangrientos y eternos conflictos por Venezuela y Colombia.

Chiquito era sordomudo: de niño había perdido la voz y el oído por una encefalitis no atendida. Sin embargo captaba las órdenes sin que nadie tuviese que llamasr su atención. Parecía estar viviendo unos segundos antes que el resto de nosotros y conocía lo que se avecinaba con antelación suficiente para que nada de cuanto fuese a suceder le sorprendiese.

María Antonieta regía en todos los asuntos domésticos de la quinta desde los tiempos del Viejo Señor, el padre del actual. Había sido traida como sirvienta para todo y de todo se había adueñado.

La Vega era el nombre de la quinta, una casa de planta baja y dos alas: austera, sin guiños a la moda, sin terraza acristalada ni piscina. Una casa para un gansgter soltero e insociable que leía Los cantos de Maldoror mientras mi padre le trasladaba por la ciudad infinita que se extendía a los pies de la urbanización. Al Señor le gustaba especialmente el pasaje en forma de oratorio que comienza así:

estoy sucio, los piojos me roen, los cerdos vomitan al mirarme

E incluía aquella línea que, pocos años más tarde, sería la ultima que pronunciaría mi padre antes de morir:

no conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes

La última en nuestro idioma, porque luego dijo:

The lone wolf went out drinking.

Y entonces se murió. En un tiroteo por cuyos pormenores nunca pregunté, una bala le había atravesado la cabeza: un disparo con ángulo ascendente que entró por el maxilar inferior derecho y salió por encima del oído izquierdo.El Señor lo llevó al mejor hospital de la ciudad y le operaron con éxito, pero una semana después murió de una sepsis.

Dijo, una tras otra, dos frases en dos lenguas, como si dos personas quisieran hablar a través del mismo cuerpo:

No conozco el agua de los ríos ni el rocío de las nubes, the lone wolf went out drinking.

El Señor, que estaba allí conmigo, preguntó:

¿Qué quiso decir, chico?.

El lobo solitario se fue a emborrachar, dije.

¿Deberíamos hacerle caso?

No bebo, Señor, respondí.

Pero puedes acompañar a uno que bebe, ¿verdad?.

Creo que sí, Señor.

Desde que murió mi padre fui el nuevo chófer del Señor: les conducía a él y a Chiquito a los barrios del centro y esperaba mientras hacían sus cosas. A veces tenía tiempo de comprar un helado de mi sabor favorito, vainilla, o leer alguna revista sobre lucha libre mexicana.

No siempre nos quedábamos en la ciudad: también hacíamos viajes de dos o tres días hacia Oriente, donde vivían los socios del Señor. Salíamos cuando aún era de noche y yo debía encargarme de ayudar a María Antonieta con los termos de café negro, las tortas de maíz con chicharrones de cerdo y las tiras de queso blanco, fresco y muy salado, que envolvíamos en trapos limpios para retener el suero.

El Señor se recostaba en el asiento de atrás y Chiquito se sentaba a mi lado. Yo encendía la radio a poco volumen y me sentia en paz avanzando a 130 por hora.

Estaba solo sobre la tierra quemada pero me sentía en paz porque sabía que alguien iba a pagar por el balazó que mató a mi padre.

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