When the knock came

Hace dos días atendí a un hombre atacado por la epilepsia. Le sobrevino la crisis en mi calle, a pocos portales de casa. Le vi mirar al cielo (“ahí hay una foto”, pensé, me gusta retratar a las personas cuando alzan los ojos), pero entonces trastabilló dos veces, giró sobre sí mismo y, al fin, cayó sobre los adoquines. Había doblado las rodillas antes y el impacto no fue demasiado riguroso.

Corrí hacia él, marcando en el teléfono celular  el número de emergencias. Describí al paramédico el colapso, las convulsiones, las babas… Me dieron instrucciones:

Espere a que deje de convulsionar y sólo entonces, no antes, recuéstelo de lado.

La ambulancia tardó más de quince minutos en llegar. Uno o dos automóviles nos esquivaron –estábamos en mitad de la estrecha calzada, casi frente a la iglesia donde está enterrado Cervantes–. Los conductores miraban al hombre (cincuenta y pico, canoso, chaqueta de piel artificial marrón y pantalones de dril azules). A nadie parecía importarle cosa alguna distinta al espectáculo.

Despertó amnésico. Nada sabía ni recordaba. Le dejé en manos de los sanitarios.

Ese mismo día, a medianoche, me caí de manera casi bélica en la cocina de casa. Llenaba el lavavajillas tras la cena y, al intentar dar un paso, uno de mis pies se enganchó con la puerta extendida del electrodoméstico, sobre la cual volé como en un gag mudo. Extendí el brazo izquierdo para no darme de bruces contra el enlosado y, por instinto, así el quicio de la puerta con la mano. El filo de madera me cortó en el pliegue entre el pulgar y el índice.

Mientras me desplomaba y en los primeros segundos sobre el suelo pensé que no recordaba mi última caída: estás viejo, tropiezas, pareces el epiléptico, no has mirado hacia el cielo, no estás en Kandahar, no estás en Haití y qué mierda.

Esta mañana fui a la oficina de Correos para recoger un paquete que me enviaban desde Inglewood (California): un lote de película fotográfica de medio formato que encontré a muy buen precio en una tienda de subastas.

Para rellenar el espacio libre en la caja de cartón, el vendedor utilizó una hoja arrugada de diario: las páginas A35 y A36 de la edición de Los Angeles Times del domingo tres de enero (el matasellos indica que el envío fue franqueado al día siguiente, lunes). Son de la sección de obituarios, pero incluyen dos o tres breves notas sobre sucesos:

  • Los ataques vandálicos contra el Islamic Educational Center of Orange County. Entre las agresiones destacan la aparición de ejemplares quemados del Corán en el aparcamiento.
  • La detención de un joven armado de un cuchillo tras escalar una alambrada de seguridad en el aeropuerto de Los Angeles. Estaba borracho.
  • El suicidio de un hombre que se había atrincherado durante seis horas en un apartamento del barrio de Covina tras herir a una mujer.

Hay también pequeñas esquelas de soldados estadounidenses muertos en Afganistán. Uno de ellos se llamaba David H. Gutiérrez y murió el 25 de diciembre. Su mujer, Patty declaró:

I woke up Christmas morning. But when the knock came, it wasn’t Christmas anymore.

Todos los demás obituarios son de personas mayores. Algunos, pagados con seguridad a alto precio, incluyen una foto del fallecido y una glosa sobre su vida. Mary Jean Edwards era “poeta, filósofa y celebraba la vida”; Madeleine Marin-Finn, nacida en La Habana, estaba involucrada en “muchas obras de caridad”; Barbara McFaul Sheehan pasaba los veranos en México para aprender español…

La herida de la mano apenas me duele. Parece una pequeña boca.

La hoja arrugada del diario está, ahora, aquí, a mi derecha, llena de muertos. Debo rezar por ellos ahora que han entrado en casa de un hombre que se cae ante el lavavajillas.

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4 comentarios

Archivado bajo huesos

4 Respuestas a “When the knock came

  1. I hope your hand heals soon. We have “Dora the Explorer” and “Handy Manny” bandages. Give me your hand.

    Every Sunday, after breakfast, we sit down to read LA Times. Strange. The last sections in my reading pattern are the obituaries and Doonesbury.

    I pray with you. If you want, we’ll sing a little buddhist chant too.

  2. bichito

    Let’s pray singing

  3. Tenemos un lavavajilla, es parte del equipo con que la casa contaba; se supone que en este pais es un aparato que cualquier familia que se precie de serlo debe tener. Yo en Mexico nunca los habia visto, asi que cuando llegamos a esta casa tenia que probarlo. Descubri que hace en mas tiempo lo mismo que yo hago con las manos, pero peor y con mas ruido. Dejamos de usarlo porque no le vimos demasiada utilidad y desde hace un año su puerta permanece cerrada. Ahora que te leo pienso que el aparato debe irse.

    Leimos los mismos obituarios la mañana del domingo tres. Que pequeño es el mundo.

  4. bichito

    Tampoco soy veterano en el uso de lavavajillas. Cuando vivía con mis hijos tuve el primero: éramos cinco en casa y tenía cierto sentido. El de ahora -chiquito pero matón- sólo lo usamos en momentos de extrema vagancia.

    Alguna vez practiqué el consejo de un maestro japonés de zen: ser ‘plenamente’ consciente de lo que haces cuando friegas la vajilla: la textura, las formas, el baile de las manos con el agua y el jabón… Lo añoro.

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