Largas Tierras

Hace unos años, mientras preparaba un documental cuyo tema no viene al caso, trabé conocimiento con un abogado de Lugo, un antiguo procurador franquista.

Obtuve de él lo que quería (nada que él mismo no quisiese compartir: un antiguo sumario judicial en cuya tramitación había intervenido) y, una vez rematada la parte profesional, charlamos de menudencias motivadas por la buena educación.

-Voy a mostrarle algo que le sorprenderá –dijo, con una amabilidad en la que percibí el miedo al olvido provocado por la cercanía de la muerte (intuí que estaba enfermo y dos meses después, al encontrar su esquela en el diario, supe que mi intuición había sido correcta).

El álbum, del tamaño de un gran carpeta apaisada, contenía fotos y fichas de todos los prisioneros de la vieja cárcel de la ciudad.

-Cuando demolieron la prisión, encontré esto entre los objetos que iban a tirar, nadie parecía darle importancia –dijo.

Un millar de “pájaros de cuenta”, según definía un funcionario en un apunte al márgen, con filiaciones, huellas dactilares y cartas manuscritas.

El registro abarcaba el período entre los años 1899 y 1929.

Aquella gente estaba clamando por un Dickens: aún sudaban rabia de frente y de perfil o, en el más leve de los casos, desconsuelo y la melancolía de los parias.

Conseguí que el abogado me cediese el álbum y publiqué dos reportajes en el diario –“Jaula para pobres gentes” y “La caza del ácrata”, los titulé–, ilustrados con algunas de las fotos.

Por afinidad y romanticismo -mi fugaz paso, en mis años universitarios, por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), la admiración por Buenaventura Durruti y su columna de melenudos, la herencia de los situacionistas y aquella gente pintada de futuro de 1968), proseguí por mi cuenta la investigación sobre los sin dios ni amo que aparecían en el álbum registral.

Había unas cincuenta fichas de los Hijos de la Noche: en 1911 el Ministerio de Gobernación había ilegalizado a la CNT tras una huelga general e iniciado la persercución a los “muy peligrosos” libertarios de la facción dura de la central, que tenía 700.000 afiliados.

Decían de ellos que estaban “alucinados y enarnecidos”.

Entre las fichas penitenciarias me llamó la atención la de un tipo con aspecto bohemio y pelo desordenado a la francesa.

Se llamaba Aquiles Jordán, pero también le conocían por Largas Tierras. Había nacido en Valdepeñas (Jaen) y era tipógrafo. Tenía un número de identicación carcelaria que predecía el equilibrio, el extremo o quizá la sabiduría, el 100.

En la documentación libertaria que consulté en varios archivos y hemerotecas comprobé que siempre comenzaba sus arengas con la misma sentencia:

Mis queridos camaradas masculinos y femeninos, ¡ya hace veinte años que soy enemigo personal de Nuestro Señor Jesucristo!

Después hablaba de la inmoralidad del Estado, fundado en la sumisión y la autoridad; citaba a Malatesta y Bakunin, y proclamaba la fe libertaria basada en el modelo asambleario.

La ficha de la cárcel decía:

Ha vivido en la República Argentina, de donde fue expulsado y parece fue el autor de un atentado contra el Consulado de España en Buenos Aires.

También destacaba que Jordán era “partidario de la violencia con tal de conseguir un fin”.

Encontré a Jordán citado en la monumental obra (cuatro volúmenes, más de un millar de páginas) Los vengadores de la Patagonia trágica, del historiador izquierdista Osvaldo Bayer, que estudia la revuelta de los campesinos chilotes, entre 1920 y 1921, contra los terratenientes de Río Gallegos, conjurada a sangre por el ejército (1.500 fusilados).

Jordán, que había escapado de España en 1915 para regresar a Sudamérica, era amigo y confidente de Antonio Soto Canalejo, el actor gallego que lideró la revuelta y logró escapar de la represión, tras atravesar los Andes, para montar una sala cinematográfica en Porto Natale (Chile) a la que bautizó como Cine Libertad.

Después de varios años de seguir el rastro de Jordán, logré dar con Isabel, hija de Antonio Soto y su segunda mujer, la chilote Dorotea Cárdenas.

Tras muchas cartas y alguna llamada telefónica, viajé a la Patagonia y me encontré con ella en su casa de Punta Arenas, no muy lejos de la Costanera, el paseo portuario de la ciudad.

El día era borrascoso, pero se podía distinguir la joroba de la isla de Dawson.

La casita, como todas las de la zona, era de chapa acanalada pintada de gris azulado y en el pequeño jardín había laureles ribeteados de amarillo. El humo de leña colmaba la estancia y daba a la escena un aire de sueño o película de Dreyer.

Isabel Soto, que tenía entonces 61 años, me ofreció té. Cuando le mostré la foto del archivo de la cárcel de Lugo dijo:

Aquiles era buen mozo, pero le sobraba engreimiento para ser buen hombre.

Hablamos de los últimos empleos de Antonio Soto: el puesto de frutas, el restaurante Oquendo, la Pensión Soto y el camión de fletes que conducía él mismo.

También de su intacta nostalgia, incluso en los años últimos de enfermedad, por la justicia social: fundó el Centro Republicano Español de Punta Arenas durante la Guerra Civil.

No me atreví a preguntarle de nuevo por Jordán, que me interesaba, de modo irracional, más que su padre, pero fue ella quien me entregó una carta que guardaba en el buró.

Estaba fechada en Madrid, el 13 de diciembre de 1936, y dirigida a Antonio Soto:

Hermano Soto:

En la madrugada del 20 de noviembre murió Durruti. Una bala le perforó la espalda el día anterior.

Yo disparé esa bala. Usé papeles trucados y me hice pasar por sargento miliciano para ganarme su confianza.

Ya hace treinta años que soy enemigo personal de Nuestro Señor Jesucristo, lo sabes bien.

Pero ahora comprendo que para el triunfo de la Revolución necesitamos un nuevo Jesucristo. Durruti puede ser el Mesías que necesita el anarquismo.

Salgo para México en el primer barco. Aquí son muchos los peligros.

¡Salud y anarquía!:

Largas Tierras

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1 comentario

Archivado bajo huesos

Una respuesta a “Largas Tierras

  1. carolina

    ¡Qué historia más fascinante! Y bonita también, pese a todo.

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