El niñito duerme

Navegar é preciso; viver não é preciso

Sólo existe una foto del poeta, quizá retratado en el martirio de saber que esa fotografía, una vez pegada al pasaporte, pervivirá como retrato administrativo y reposará durante largos años en un manso futuro, vacío de hombres y poblado por fotos, fantasmas de hombres.

El poeta aparece tocado con un sombrero de fieltro, con el cuello prensado por el almidón de la camisa y anudado por una sensata corbata negra.

En la mirada hay una tristeza que podría ser hija de un fracaso: se esfuerza en hacer pasar por dignidad el lejano atardecer de los ojos.

El poeta viaja a París en 1912 y regresa más tarde, en julio de 1915.

Quiero imaginar que la ciudad que encuentra es tal como aparece en el cuadro Suburban Train Arriving in Paris, del futurista italiano Gino Severini: superpuesta en colores, en carteles arrancados de cuajo por el ímpetu de la guerra o, como diría el poeta, una ciudad mareada por un

milagroso tiovivo
en la feria de carnaval

En 1915 el poeta se establece en el Hôtel de Nice, en la calle Victor Massé, en la cómoda zona de los ruidosos bulevares.

En las tardes pintadas de alfabetos cultiva el delirante idioma del Café de la Paix, el meeting point de aquel tiempo y pasea por Pigalle. También entra en las tabernas con el ánimo lumínico de quien entra en una biblioteca.

En alguna caminata, el poeta, quizá vestido con el mismo traje de la foto, compra cinco frascos de esctricnina que, una vez en el hotel, deja reposar sobre la cómoda de nogal para contemplar como el cristal de los envases dora las paredes del cuarto con el color (y el ensueño provocado por el color) que le recuerda a uno de los ríos de su tierra, el Douro, que los castellanos secos prefieren llamar Duero.

Douro, piensa: miel y alabrastro, puñal y herida.

El poeta flota más abajo, hasta el el Tejo, río de ríos, uña pintada de bribona democrática que sólo admite dos salidas: ahogarse o largarse.

Al demonio con el vino tinto y las sardinas fritas, las manzanas y la república, Portugal y sus intrigas, el Douro y el Tejo, había proclamado en una advocación, poco antes de la ruptura, envuelto en la húmeda tarde de los almacenes del Chiado.

Portugal, tan atrás, amante olvidada que duele, patria dividida entre la nostalgia de la gloria pasada y la atracción por los desvaríos de Europa, patria disociada y huérfana, como el poeta, hijo único de un ingeniero y una mãezinha portuguesa, muerta cuando el niño tenía dos años.

Nadie sabe mejor que un portugués del cansancio de no tener madre y estar, como tu país, disociado, triste por fracasar ante el riesgo de encarnar la imaginación en la vida, por haber perdido la audacia de la belleza, por ser incapaz…

En los últimos días en París, el poeta escribe a su único amigo, otro poeta portugúes, para hacerle cómplice de la decisión, ya tomada. En la última carta, fechada el 18 de abril, dice:

¿Qué ha sido de mi pobre orgullo?

El 26 de abril, vestido de frac, con 26 años, el “dudoso enmascarado”, el “sin nervios ni ansia”, el “papamoscas”, el “mago sin don”, el “Esfinge Gorda”, bebe los cinco frascos de estricnina.

Encuentran el cadáver dos días después, tan hinchado que no cabe en el mayor ataúd y deben atarle con cuerdas para el descenso hacia la calle.

Le entierran en una tumba sin nombre.

Nadie llora en París a Mário de Sá-Carneiro.

En Lisboa, su amigo Fernando Pessoa enmudece al ser notificado de la “enorme tragedia”.

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El Hôtel de Nicel ha cambiado de nombre: ahora se llama como la calle, Victor Massé, dedicada a un insignificante compositor de óperas francesas, es decir, las peores. Han colocado en la fachada del edificio una placa sobre un poeta que cometió suicidio en las instalaciones. No dicen quién, no dicen nombre alguno.

En mis dos visitas a París no busqué la tumba del petulante Jim Morrison, pero sí la del niñito dormido entre cobertores de estricnina. Sin éxito.

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En cuanto a ti, amor mío, puedes venir los jueves
a preguntar qué tal estoy, si quieres ser amable.
Pero en mi habitación tú no entras, ni con los mejores modales…
No hay nada que hacer, ricura. El niñito duerme. Todo lo demás se acabó

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1 comentario

Archivado bajo hotel calvario

Una respuesta a “El niñito duerme

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