Orange Crush

Jugábamos porque vivíamos, o quizá, como entendí más tarde, vivíamos gracias al juego.

El juego era la guerra. No había otro para Los Evadidos, labradores de pasadizo, escaladores de alambrados, topógrafos.

Era corto el intermedio de los días y nos sentíamos como reyes conectados a las tomas de riego, ocho años de golpes de naranja, niños sucios y extranjeros, anguilas fugadas de la página.

Entrábamos en el campo superando la sección más escondida de la tapia fronteriza: nunca hubo otra forma de hacer la revolución que saltando muros.

Jugábamos a la II Guerra Mundial en el campo de golf del Country Club. La variedad del césped era una invitación a la rebeldía: bluegrass, hierbazul, con puntas ligeramente curvadas que te acariciaban como si fuese pelo de niña.

Nazis contra americanos: la historia no importaba, los tabúes tampoco.

Por honradez debo decir que el recuerdo es impreciso, pero aquella tarde sé, de cierto, que el guardia nos sorprendió. A nosotros, Los Evadidos.

Circulaba en un carrito eléctrico y nos la tenía jurada porque éramos sospechosos de robar bolas perdidas para venderlas. Pero no queríamos aquellas pelotas de pijos: sólo nos importaba la guerra.

El guardia ejercía privilegios de sheriff: uniforme azul y una escopeta de aire comprimido que cargaba con balines de sal.

Aquella tarde nos arrinconó en un bunker de arena.

Escapamos (ya dije, éramos anguilas). Todos excepto Luismi, demasiado sólido para la fuga aunque imbatible en el cuerpo a cuerpo. Pero no era una pelea igualada, la sal muerde cuando entra en la piel.

Escuchamos el tiro, apenas una fricción suave contra la tarde: algunos miramos hacia atrás, algunos insultamos al hijo de puta.

Esperamos a Luismi en el muro roto. Llegó cojeando pero sin lágrimas. Regresamos al barrio. Nazis y yanquis juntos.

Bebimos Orange Crush: todas las tardes eran idénticas, un golpe de naranja en espera de la guerra de mañana.

Dicen que pica como cien avispas.

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8 comentarios

Archivado bajo huesos

8 Respuestas a “Orange Crush

  1. carolina

    Una infancia fascinante…

  2. Follow me
    Don’t follow me
    I got spine
    I got my orange crush
    Collar me
    Don’t collar me
    I’ve got my spine
    I’ve got my orange crush….

    (Your post reminded of REM’s song. Wrong orange crush, I know. REM sang about Agent Orange used by the U.S. military in Vietnam).

    Some Vietnamese people would probably agree with
    “dicen que pica como cien avispas”

  3. bichito

    carolina: a esa edad, de los 8 a los, digamos, 11, era como cualquier niño, travieso, feliz, despreocupado… luego todo se torció =)

    trying: has conseguido que lea lo escrito con otros ojos… la invasión-ocupación de Vietnam fue ‘mi guerra’… en Bachillerato quise leer en público clase de Lengua un informe sobre My Lai que Cortázar incluye al final de “El libro de Manuel” y, tras dos párrafos, el cura-profesor me lo prohibió: “¡Deje de leer, González! ¡Todo eso son mentiras!”… casi todos mis compañeros me pidieron que lo leysese en el recreo… el Orange Crush era mi refresco favorito… pero, es verdad, no cien, mil, cien mil avispas

  4. carolina

    Ya, pero mi infancia fue más “urbana”, con todo lo que éso conlleva.

  5. bichito

    Mi narración está situada en Caracas, que era una urbe de tamaño abarcable en los 60, pero urbe al fin y al cabo. Si el campo de golf de los millonarios era nuestro terreno de juego, lo puedes imaginar.

  6. Me parece que todos dejamos de sonreír más o menos a la misma edad. Luego ya es como luchar por recuperarla. Nunca se habla de la precocidad de las pérdidas.
    Nosotros nos amurallábamos tras torres de pacas de trigo y usábamos panochas de maíz como artefactos. Jugábamos cerca de un vertedero donde decían que todavía había bombas de cuando la guerra. Cada vez que nos internábamos nos acordábamos del par de niños destrozados que hicieron saltar las alarmas y a nuestros padres prohibirnos acercarnos.
    Para mí una infancia urbana tienes los ‘colores’ de Los 400 golpes, donde ví la misma libertad de la que gozábamos nosotros, sólo que en la ciudad.
    Volver a casa sin querer volver cuando el campo se está oscureciendo y sigue tirando de ti, eso no tiene precio.
    Me acaba de venir de golpe toda la infancia. Gracias Jose.

  7. En Mexico, los envases de Orange Crush los usaban los niños pobres para llevar el ritmo raspando una varita contra ellos, mientras cantaban en los autobuses pidiendo dinero.

    Se me ocurre que podriamos subirnos a un autobus, cada quien con su envase y su palito y cantar Orange Crush de REM.

    Al final leerias el informe de May Lai. y pediriamos dinero =)

  8. bichito

    No es mala iniciativa tal como se nos presenta el futuro. Seríamos como los Merry Pranksters pero sin LSD (ya no tengo el cuerpo para acid trips).

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