Sin calcetines blancos

El tocadiscos familiar era uno de esos muebles de madera con cuatro patas en los que insertaban un sintonizador de radio y un solo altavoz, cubierto por una telilla con hilo dorado.

Levantabas la tapa superior y dejabas al aire el giradiscos. Los fabricaban en los Estados Unidos y les llamaban pick-up. En todas las casas había uno. Al menos eso es lo que recuerdo.

El sonido era monoural, pero los discos también lo eran y, además, dios no creo el mundo en estéreo.

Mis padres solían colocar sobre el mueble la foto familiar con el marco de plata.

En algunas grabaciones hay pequeñas lecciones, parábolas que sólo pueden ser apreciadas en el soporte fonográfico original de vinilo, porque la tecnología es un instrumento ideológico que depura con ánimo atravesado para que olvidemos y caigamos en el conformismo, para que dejemos de ser los niños insomnes que recorríamos la casa en calcetines blancos, mientras papá y mamá dormían, esperando con inocencia que mañana fuese el mejor día del resto de los días.

Se equivocaban.

Nuestra casa era muy pequeña: sólo un dormitorio. Yo dormía en un pequeño sofá-cama frente al pick-up. No había mejor lugar.

Tomas el vinilo y, con dedos de novio, lo desvistes de la bolsa de plástico lechoso para situarlo en el giradiscos, olvidando las partículas de suciedad, que son las arrugas del tiempo y nunca deben ser limpiadas, porque esto no es una maniobra sanitaria, al contrario, se trata de ensuciarte,  porque también los arañazos hablan de ti.

Escuchadas en aquel tocadiscos, las canciones adquirían un eco singular, parecían cantadas desde el final de la galería de una mina y exigían un precio, una contribución de tu parte: soñar al cantante, buscarlo en el improbable paisaje de tu propia imaginación.

El sonido no era bueno, pero era el sonido, el único posible, y recuerdo haberme decepcionado cuando, con el paso del tiempo, tuve un equipo de sonido mejor pero, sin duda, menos comprometido con la música.

Nunca volví a escuchar canciones con aquella locura de amor.

Nadie dice ahora tocadiscos: optan por ‘equipo de música’, ‘cadena de sonido’ u otras expresiones que parecen más técnicas o precisas, pero que no usan calcetines blancos. Yo tampoco los uso. Tampoco sé dónde acabó nuestro pick-up.

El tocadiscos familiar era uno de esos muebles de madera con cuatro patas en los que insertaban un sintonizador de radio y un solo altavoz, cubierto por una telilla con hilo dorado.

Levantabas la tapa superior y dejabas al aire el giradiscos. Los fabricaban en los Estados Unidos y les llamaban pick-up. En todas las casas había uno, al menos eso es lo que recuerdo.

El sonido era monoural, pero los discos también lo eran y, además, dios no creo el mundo en estéreo.

Mis padres solían colocar sobre el mueble la foto familiar con el marco de plata.

En algunas grabaciones hay pequeñas lecciones, parábolas que sólo pueden ser apreciadas en el soporte fonográfico original de vinilo, porque la tecnología es un instrumento ideológico que depura con ánimo atravesado para que olvidemos y caigamos en el conformismo, para que dejemos de ser los niños insomnes que recorríamos la casa en calcetines blancos, mientras papá y mamá dormían, esperando con inocencia que mañana fuese el mejor día del resto de los días.

Se equivocaban.

Nuestra casa era muy pequeña: sólo un dormitorio. Yo dormía en un pequeño sofá cama frente al pick-up, no había mejor lugar.

Tomas el vinilo y, con dedos de novio, lo desvistes de la bolsa de plástico lechoso para situarlo en el giradiscos, olvidando las partículas de suciedad, que son las arrugas del tiempo y nunca deben ser limpiadas, porque esto no es una maniobra sanitaria, al contrario, se trata de ensuciarte,  porque también los arañazos hablan de ti.

Escuchadas en aquel tocadiscos, las canciones adquirían un eco singular, parecían cantadas desde el final de la galería de una mina y exigían un precio, una contribución de tu parte: soñar al cantante, buscarlo en el improbable paisaje de tu propia imaginación.

El sonido no era bueno, pero era ‘el sonido’, el único posible, y recuerdo haberme decepcionado cuando, con el paso del tiempo, tuve un equipo de sonido mejor pero, sin duda, menos comprometido con la música.

Nunca volví a escuchar canciones con aquella locura de amor: Tampoco sé dónde acabó el pick-up.

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5 comentarios

Archivado bajo huesos

5 Respuestas a “Sin calcetines blancos

  1. carolina

    Me da mucha pena que se pierdan según que cosas. Yo echaría de menos un pick-up así…

  2. parecían cantadas desde el final de la galería de una mina y exigían un precio, una contribución de tu parte: soñar al cantante, buscarlo en el improbable paisaje de tu propia imaginación.

  3. bichito

    carolina: creo recordar -siempre que recuerdo debo conjugar el verbo creer, de nada estoy del todo seguro- que el tocadiscos se quedó en Caracas (quizá vendido o tirado a los trastos) cuando, en 1967, regresamos a España con la intención de establecernos aquí… a los dos años -todo salió mal- volvimos a Caracas… el pick-up ya no estaba

    con el viento…: si alguna frase debiera salvar del texto es precisamente la que has seleccionado, gracias

  4. I like the word, tocadiscos. As a child, the word was tastier in Spanish than in English. My father’s Chelo Silva records were played on a tocadiscos. A record player would never play his Amor De La Calle or my mother’s favorite Sarita Montiel song, Quizas Quizas.
    I don’t know when I stopped using the word, tocadiscos, I don’t know when I traded it for record player. Was it the first time I listened to the opening riff of Pink Floyd’s Have Cigar? Or the time I listened to Patty Smith’s Because the Night? I don’t know.

    (señor, su post tiene alas)

  5. bichito

    I don’t remenber neither… In Spain we have a slang word for ‘tocadiscos’, ‘tocata’. Now it sounds a bit naive, but was a top-word during the last 70’s.

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