Archivo mensual: febrero 2010

2+8+2+1+9+5+5

Más de una vez me entretengo en la poderosa apatía de los cuartos de baño, en su perfección clínica.

Me agacho con las piernas encogidas y la pared apoyada en el alicatado, tabique de quirófano, y espero en el blanco detenido hasta segregar el mareo en cualquiera de las formas posibles: orina, palabras, gesticulaciones, fotografías…

En la novela La broma infinita, David Foster Wallace dice que los retretes son las nuevas enfermerías “para la ansiedad pública, el sitio para recuperar el control”.

Me mareo con frecuencia desde hace unos 25 años. La primera vez conducía un automóvil. En un cambio de rasante, bajo la luz todavía intensa del sol poniente de septiembre, la carretera vino hacia mí con una velocidad astronáutica.

El mareo es más ligero que un suspiro. Contradigo a Peter Handke cuando afirma que el suspiro es “el sonido más íntimo del ser humano”. Nada más privado que el mareo en un lavabo.

Ejerzo el periodismo desde hace unos 25 años. Lo primero que publiqué fue una entrevista con el presidente del gremio español de farmacéuticos. Lo último, una entrevista-semblanza sobre una fotógrafa. No creo en las contingencias de la eventualidad: soy un buen cliente de las farmacias y quisiera tener derecho a presentarme como fotógrafo.

¿Cuánto pesa el mareo? ¿Menos que la nausea? ¿Más que la luz de la cruz de neón verde que sirve de reclamo a las farmacias? ¿Menos que mis brazos extendidos, Norte y Sur, proyectando una sombra de cruz sobre la pantalla de la ropa tendida bajo los ventanales? ¿Más que la fotografía encerrada en el fondo de mis ojos, también verde, un mar otoñal de marea viva y algas revueltas?

Hace 25 años cumplí 30. Ahora, 25 años después, cumplo 55. De acuerdo con la arcana ciencia de la numerología, la fecha de mi nacimiento, 28 de febrero de 1955, daría lugar (2+8+2+1+9+5+5 = 32 | 3+2 = 5) al número 5.

Alguna vez leí en un tratado cabalístico que el 5 es el signo de la acción, pero también de la inquietud; la adaptabilidad y la inconsistencia; la aventura y la impaciencia…

En su Adagia póstuma, el poeta Wallace Stevens escribió:

No hay nada en la vida excepto lo que uno piensa de ella.

También:

Se lee poesía con los nervios.

Stevens, a quien algunos aplican con justicia el título de padre del modernismo y de quien el desconsiderado T.S. Eliot copió más de una fórmula de estilo, murió en el mi año de nacimiento.

Stevens era un poeta a escondidas. Bajo el disfraz humano se manejaba como abogado y vicepresidente de una compañía de seguros. Apuesto a que se retiraba al cuarto de baño para imaginar faisanes desapareciendo en la maleza.

También quise ser poeta. Desde los 15 hasta los 50 escribí de modo eléctrico pero nada astuto.

1.

Una persona que hoy es un autor de éxito masivo leyó algunas de mis páginas y me las devolvió sin comentarios.

2.

Una amiga entregó otras haciéndolas pasar por suyas en un taller literario.

3.

En alguna Navidad edité pequeñas tiradas para regalar a los cercanos.

No puedo saber qué significa la enumeración de estas tres situaciones, pero no me consta que alguien haya leído mis poemas con los nervios.

En 1955 murieron también el saxofonista Charlie Parker (riendo ante un show televisivo, como un ángel, como un niño), el pesadísimo Thomas Mann (de seguro no sin antes pronunciar una de esas abultadas germanías que se citan en los departamentos universitarios) y uno de los mejores periodistas de la historia, James Agee.

Agee había escrito, además de buenas novelas, el reportaje de los reportajes, Elogiemos ahora a hombres famosos, con fotos de Walker Evans, donde se limitaba, por ejemplo -la literatura es simple y la complicidad absoluta-, a enumerar las chanclas en el porche de la cabaña de los jornaleros de algodón: ésas son de la niña, aquellas del niño, de la madre, del padre…

Terminé como periodista porque quería escribir y no adivinaba nada mejor para hacerlo de manera pronta y, digamos, sin la mediación de lo importante, lo noble, la literatura para la cual no me sentía -no me siento- capaz.

Aprendí como se debe: leyendo diarios, muchos, fantaseando con Agee y sentándome en el cesped a fumar hachís y soñar el mundo nuevo que nunca llegó. Después vino la realidad: periódicos, radios, televisiones, revistillas de singular pelaje. Evidencié en todos los destinos que la teoría económica marxista no es una paparrucha.

No puedo decir que me desilusionó el ejercicio: algunos días fui feliz; otros, creí ser, inocente y orgulloso, perdurable; casi siempre, entendí que la información es un hijo bastardo de la manipulación.

James Agee murió en el asiento trasero de un taxi. En silencio. El conductor acabó la carrera y, sin saber que transportaba un cadáver, dijo:

Hemos llegado, señor.

En 1955, en un cruce de carreteras de un lugar llamado Cholame, en California, entre la chatarra de otro auto, un sensual Porsche 550 Spyder, murió James Dean, de quien nunca me apasionaron las películas, ni siquiera sabiendo que en Rebelde sin causa el director John Huston no le dejaba orinar en la sagrada quietud del cuarto de baño. Con la prohibición pretendía que Dean actuase con más nervio.

Me gusta la foto clásica de James Dean tomada por Dennis Stock: en Times Square, con un cigarrillo pese a la lluvia. Es de 1955, semanas antes del acccidente. El fotógrafo, que siguió retratando los momentos homéricos de mi generación (los Ángeles del Infierno, Miles Davis, los festivales hippies…), falleció hace sólo un mes.

Pero no se trata de mi generación, claro. ¿Quién es mi gente?, ¿dónde está?; ¿en qué paraíso vive?, ¿en que infierno se consume?

Se dice de las personas de mi edad que tenemos una buena ‘agenda’. En la mía figuran unos cuantos muertos:

C., consumido por la heroína y el sida.

L., quemado por la heroína y la mala suerte.

T., noqueado por un mal chute, asomado a la ventana, pidiendo socorro a los paseantes en una educada tarde de domingo..

R., un cadáver en la cuneta de una villa-miseria.

M. y R., con la transparencia del cáncer.

De todos recuerdo algo bueno y algo malo. Eran resistentes, pelearon, sabían que T.S. Eliot no tenía nada que hacer frente a Karl Marx.

Tenían mi edad y son people who died. Ya puedo decirlo, como Jim Carroll, otro cadáver.

¿Qué aprendizaje? Y antes, ¿qué iniciación? Y aún antes, ¿qué traspatio, qué infancia?

Y ahora, ¿qué futuro? Tengo anotada en mi diario una frase de A.M. Homes:

No hay sala VIP en la realidad, y no hay realidad en esta ciudad. No puedes pedirle a Google las respuestas.

Me gustan las mujeres que atienden las farmacias. Son pacíficas. A veces yo también lo soy: cuando me olvido de mí mismo y de las farmacias, en el traspatio inmaculado del cuarto de baño. También ahora, a los 55 años.

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Anoche hubo fiesta en casa: bebimos gin-tonics de lujo, jugamos a hacer el payaso adivinando películas con la ayuda de gestos mímicos, me dejaron ser DJ residente y sólo puse música cantada por negros, me regalaron varios libros y una imprentilla. Esta mañana, unos bellos zapatos negros. Llamaron mamá y papá. Ella, como siempre, fue la más dulce: “Eres joven, vive el momento”.

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Sin decir

Duke Ellington componía en el coche, en los incalculables trayectos nocturnos entre actuación y actuación.

Un tren, apenas sombra en movimiento, le proponía una melodía; de un pueblo dormido emergía el espíritu de un arreglo de cuerda; de la línea blanca sobre el asfalto, el solo de piano; de la tormenta distante, la percusión…

Para la suite Such sweet thunder (1957), que tanto te gusta para iluminar las mañanas, Duke pensó también en Shakespeare.

Shakespeare dijo:

El amor de los jóvenes no esta en el corazón, sino en los ojos

Duke ni siquiera tenía necesidad de decirlo.

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Cuchillo

Hermoso es que tú seas para mí el cuchillo con el que me torturo
Franz Kafka, en una de las cartas a Milena Jesenská (14 de septiembre de 1920)

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Ciertas vísperas y días de 1955

Alguna vez cometí el pecado irracional e imperdonable de iniciar un texto con el mismo verso que Borges emplea en el Otro poema de los dones.

Hoy he vuelto a dar con mi desmañada emulación. Leo también el del viejo ciego y encuentro una línea que no recordaba:

Por ciertas vísperas y días de 1955

Dentro de unos días celebro mi cumpleaños. Nací cierto día de 1955. Creo que se me puede consentir el capricho de pegar mi texto:

gracias quiero dar
por la exquisita geografía de las emociones
por los demorados que nunca alcanzan un término
por el Czernowitz de Celan, el Harar de Rimbaud, la Comala de Rulfo
por todos los puntos del mapa celeste de los hombres
por verte bailar y saber que mías son tus caderas
por el skate y el hip hop, sondas de nuevos Peter Pan
por la juvenil vejez de Bob Dylan
por las muescas del tiempo en la caja negra de una Fender negra
por la calleja de Praga que nos espera y la calleja de Lisboa que ya visitamos
por unos pies descalzos en la Malvarrosa
por la infancia de Pessoa en Sudáfrica, por su boca pronunciando en inglés el sustantivo river
por la leña de este invierno, que nos envolvió en llamas
por rastrearte cuando hablas, desenvolviendo palabras
por mis hijos lejanos, constatación de que la distancia es un embuste
por las revistas que robé de aquel quiosco
por el libro que escribiré algún día
por los mentores: Capote, Lowry, O’Connor, Shepard, McCarthy
por las migas de pan que no merezco
por una tarde de té
por la desnuda impericia de la primera vez, el asalto y la luz
por una taberna de puerto, última morada para la esperanza
por los reportajes sobre alambristas escritos desde el alambre
por la voz como sentido último
por la música, tiempo en sí misma

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Entrar saliendo

Lo rompió todo: el modo de soplar, la manera de impulsarse y los caminos de búsqueda. Finalmente, también se rompió a sí mismo, ahogado suicida en el río East, en Brooklyn. Tenía 34 años, la misma edad a la que había muerto Charlie Parker.

Albert Ayler, el saxofonista tenor que, en 1964, se adelantó en cuatro meses con Spiritual Unity al Love Supreme de San John Coltrane, fue el más radical de los renovadores del jazz en la primera mitad de los sesenta.

Cuando tocaba, buscaba a dios, pero lo hacía con ferocidad, porque los ojos del creador no pueden ser contemplados sin enloquecer.

Su música, un modo de ver de ojos cerrados, de entrar saliendo, era la más extrema: derretía todas las convenciones, tocaba sin ritmo pero con una energía violenta, gemía con rapidez de jet, añadía al saxo gruñidos humanos y crujidos metálicos.

El cofre Holy Ghost es brutal como la vida de Ayler: siete discos de grabaciones en directo que abarcan sus ocho años de gloria (1962-1970), dos más de verborréicas entrevistas y una extraña actuación con la banda de la Armada en la cual tocaba durante el servicio militar.

También incluye las míticas descargas de su trío en el club Cellar de Nueva York en 1964, quizá las más furiosas y extáticas nunca grabada, y la oscura y tristísima interpretación de Ayler en el funeral de Coltrane, quien le consideraba el mejor saxofonista de la historia.

En sus años finales, Ayler buscaba una nueva síntesis: quería que el jazz regresase al gospel y el blues del Delta. Estaba desesperado (la búsqueda de la divinidad no había impedido que su hermano Donald, también músico, se volviese loco). El 25 de noviembre de 1970, sin poder soportar una culpa que no era suya, cerró los ojos y se lanzó al agua.

Era el más grande pero no tenía ni contrato discográfico ni dinero. Nadie quiso hacerse cargo del entierro. La Armada vino en su ayuda: le enterraron en un cementerio militar de Ohio.

En la lápida no consta que fuese músico.

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Spitual Unity’ en cuatro entregas: 1 | 2 | 3 | 4

‘Holy Ghost’ y otras grabaciones: aquí

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El futuro es un adverbio

“Utilizar adverbios es un pecado mortal”, dice el siempre cascarrabias Elmore Leonard en una encuesta de un diario inglés que pidió a un grupo de literatos una decena de consejos para escribir ficción.

Estoy de acuerdo: los malditos complementos circunstanciales son pura bazofia que demuestra la ineptitud del escritor para encontrar el adjetivo justo y, lo que es peor, la necesidad del escritor de dar al lector una palmada en el hombro, como para decirle: “oye, oye, estoy remarcando esto que te digo”.

Los adverbios de modo (adjetivo más sufijo mente) son dignos de lástima y, en lo que a mí respecta, razón suficiente para dejar un libro al capricho de las polillas.

En otro diario hablan de los grandes reporteros (Grossman, Kapuscinski, Littell –quien me quiera regalar algo, que, por favor, tome nota del nuevo libro del tercero: Chechenia año III–).

Aseguran que para ser un reportero “hay que tener un punto de inconsciencia”, porque “una persona sosegada, ponderada, equilibrada, respetuosa de los derechos del prójimo, no es que no pueda ser un buen periodista, es que se dedica a otra cosa”.

También estoy de acuerdo. Cuando crees saberlo todo dejas de ser reportero y te transformas en esa perversión monstruosa del oficio: columnista, opinador, tertuliano…

John Lee Anderson, uno de los últimos grandes dice que el comienzo de la decadencia es tener “una pauta” y que la cualidad básica de reportero es “ser siempre inseguro”.

He ejercido como reportero en tres diarios y en una productora independiente de televisión. Aunque he deseado y sigo deseando contar una guerra desde dentro, sentir de cerca la indecencia de la muerte y el aliento del mal, no cubrí conmociones de carácter mundial, sino simples sucesos: ataques terroristas, vicisitudes personales, tragedias

Creo que casi siempre cumplí el mandamiento de Anderson: mantener la inseguridad, dudar de mí mismo antes que de nadie.

No estoy seguro de haber respetado el de Leonard: evitar los adverbios.

Añoro los reportajes, las crónicas, la espera, los cuadernos de notas (papel y bolígrafo, nunca la maldita grabadora, jamás una cinta para sustituir a la mirada), el movimiento lento, la convivencia de 24 horas diarias con el reportaje, el momento de ponerse a escribir, sentir la emoción –una aspereza en la lengua, una picadura de insecto en la espalda– de saber contar sin ponderación ni equilibro, siendo extremado, jugándote algo en el envite, haciendo música con las palabras…

Durante medio año hice una serie de reportajes (Galicia en tránsito era el lema) para un diario de provincias. Fue un privilegio. Viajaba solo en mi automóvil y también me encargaba de las fotos. Me dirigía a donde me empujaban el ánimo o alguno de los libros que cargaba en una maleta y hojeaba en las pensiones en las que dormía. Me movía en un tránsito incierto y sin destino final y publicaba un reportaje por semana. Me pagaban un salario más o menos decente y los gastos de gasolina, comida y alojamiento.

Todo aquello permanece en los osarios de las hemerotecas. Era antes de que Internet condenase a la inmortalidad a cualquier texto, cualquier rebuzno, cualquier mínima divagación de aburridos o cínicos, cualquier comentario escrito por un imbécil desde su trono electrónico, cualquier adverbio…

Hice kilómetros y muchos reportajes: vigilé un parque natural con el única guarda forestal encargado de sus miles de hectáreas; compartí un día con una anciana noble que esperaba la muerte en un pazo; entré, en el día de la matanza del cerdo, en la casa donde pudo haber nacido Cervantes; recorrí las tierras altas de O Incio, donde aún manda el lobo…

Añoro aquellos días y no encuentro sentido en el porvenir profesional. El futuro parece estar lleno de adverbios.

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Sólo conservo los reportajes de ‘Galicia en tránsito’ en fotocopias encuadernadas. Están en algún lugar de casa, pero, al buscarlos para comprobar cómo escribía yo entonces se han negado a aparecer, como si no quisieran darme un disgusto.

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Dieta

Protejo mi plato como si temiera que alguien  me quitara la comida. Nací en febrero, las campanas tocaron y todavía están tocando.

A veces, una luz escasa como los abrazos interrumpe el tiempo de la tinta. ¡Tantísima tinta, lápices y vestidos! Esperando el último tren, el convoy que nunca se detiene en la estación correcta.

Luz macerada en furia. El cielo es todo ciclotimia. El día necesita pastillas para pisar el suelo de febrero. Como yo.

Una dieta para olvidarlo todo.

Debería mudarme a tierras hondas, interpretar la cosmogonía de las señales en el mapa, las muescas de una perfecta vejez, de unas botas nunca jubiladas

¡Qué dura es la abstinencia!

¿Cuando fallé? ¿Hubo una primera vez? Ahora apenas puedo volver a la música como a una tumba, una cama de hojarasca, rendirme en las acrobacias del aire, rendirme… Volver a Graceland es ya imposible.

Los recuerdos me han abandonado. Todos, dulces y amargos.

Cada vez que acaricio este papel con la palma abierta de la mano cansada, me devuelve una cosecha de granos de polvo.

Esa es toda mi contribución, en tiempos de hambre, a la agricultura de la subsistencia.

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