Costurero voceante

Conocí a Adolfo Domínguez por motivos profesionales. Le hice dos entrevistas hace unos cuantos años, cuando era poco más que otro costurero buscando cancha en los medios y subvenciones públicas en los despachos mediante aparatosos eslóganes (“la arruga es bella”, era el de entonces) y la manufactura de chaquetas de lino de corte saco-de-patatas que costaban tanto como el PIB mensual por habitante de, por ejemplo, Rumanía.

Era pedante, citaba sin venir a cuento a, digamos, Kavafis, bebía agua mineral embotellada, tenía un lenguaje corporal de prima donna de la danza y no se separaba de un jefe de prensa que había sido compañero mío en la universidad y militante troskista y ahora se dedicaba a humillar a los camareros porque el vinagre de la ensalada no era de Módena.

Domínguez tuvo éxito. Abrió tiendas en medio mundo, convenció a politicos, explotadores, usureros y terratenientes de que los sacos de patata sentaban bien, se construyó una mansión en la capital de su Ourense natal (disimulando que se trataba de una mansión de oligarca con un proyecto arquitectónico tan minimal como un saco de patatas), pontificó sobre moda, patentó un perfume que se llama Lloro, cotizó en bolsa y predicó una filosofía de andar por casa (algo entre zen, cristianismo nazareno y mariconería) que le daba buenos resultados mediáticos.

A partir de cierto momento (el incendio, no recuerdo si aclarado o no, de su factoría, en los años noventa), la egolatría del costurero, que ya era monumental, se disparó hacia Alfa Centauri. Escribió una novela, Juan Griego, y una pieza de teatro, Todos los hombres, de las cuales lo mejor que se puede decir es que garantizan la pervivencia de las polillas, y produjo una película, La Moños, que sólo merece mencionarse como apunte curricular o lápida funeraria cinematográfica.

Hace unos días, en una conferencia, Domínguez voceó –el verbo, por su matiz de pregón y pulpito, le sienta mejor al costurero que su ropa a los demás– su ideario sobre la sociedad y el mercado laboral. Me importa poco lo que diga (costurero a tus costuras, vendría al caso) sobre la educación o el “elogio de la pereza” que, según él, nos comanda, pero me pone de muy mala leche una de sus reflexiones, citada así por el despacho de agencia de prensa:

“No creo en un sistema que permite que alguien se coja un año por depresión, la mayoría de las veces fraudulenta, se reincorpore y tenga 30 días de vacaciones”, añadió, para reprobar un sistema que genera “un montón de pícaros” y rechazar la pereza. “Sólo podemos solucionar esta crisis trabajando más”, sostuvo.

No sé si a Domínguez se le han arrugado el alma y el ánimo en alguna ocasión por mor de la tenaza candente de una depresión. Acaso, dado su carácter diletante, cometa el pecado esnob de equiparar esta enfermedad –catalogada por la OMS como pandémica– a cierto tipo de laissez faire grecolatino o disfraz existencialista. Quizá se trate de ignorancia, quizá de la lengua de patrón que no puede camuflar, quizá de simple deshumanización…

Yo he estado de baja más de un año por depresión. Ahora sufro una recaída. La somatización de la enfermedad y la ansiedad asociada me impiden afrontar el trabajo. La verborrea de Domínguez me insulta no sólo a mí, sino a los entre cuatro y seis millones de españoles que tienen depresión en algún momento de su vida.

Los supuestos “pícaros” de los que se mofa y a quienes estigmatiza Domínguez quizá estarían un poco mejor si las subvenciones públicas que el Estado español y las Autonomías dedican a los costureros clasistas se empleasen en mejorar el caduco sistema de salud mental del país. Que iguale enfermedad a pereza es un puro disparate.

A causa de mi trato con la enfermedad sé reconocer en otros con bastante certeza los síntomas y las marcas de la depresión nerviosa. Me resulta singular que tanta saña provenga de una persona cuya mirada acuosa, porte iluminado y apetito por destacar me hicieron pensar, con ternura, que se trataba de un enfermo, de un cliente potencial de los ansiolíticos, de alguien que, en fin, debería saber que la depresión no es bella. Las arrugas dialécticas y la mala baba aún lo son menos.

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Pido disculpas a los habituales por esta incursión en las suciedades de la realidad. No es el estilo de esta bitácora. Pero romper estilos es una de las pocas libertades que nos dejan ejercer.

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6 comentarios

Archivado bajo huesos

6 Respuestas a “Costurero voceante

  1. H

    Disculpas más que aceptadas.
    Todos los días se nos impone la tarea de ver y escuchar a las mismas rémoras, los mismos parásitos, personajes vácuos que tienen como único mérito haber sabido estafar o sobornar a los mandamases adecuados. Éste es, desgraciadamente, sólo un ejemplo.

  2. carolina

    No hace falta que te disculpes. Cuando lo leí ayer, me entraron ganas de tenerlo delante y decirle cuatro cosas.

  3. What a heartless jerk! He sounds like those assholes from the Chicago School of Economics.

    (please excuse my vulgarity, this man makes my blood boil)

  4. Los despidos “a la anglosajona” de los que habla este animal permiten que un empleado que ha laborado 40 años en una empresa ser simplemente echado a la calle, sin indemnizacion de ley y a veces sin aviso previo.

    Yo me se un monton de historias de despidos “a la anglosajona”: Personas a las que solo les envian un mensaje de texto; otras a las que un dia no las dejan entrar a su centro de trabajo e incluso les arrojan sus objetos a la calle; otras que descubren al regresar de vacaciones que la empresa se ha mudado a otro estado. Y muchas mas.

    Te dejo este sitio donde gente que ha sido despedida cuante su esperiencia con el “sistema agnlosajon” que el sujeto que mencionas defiende. Aunque no te recomiendo su lectura, pues con tu padecimiento este tipo de lecturas depresivas no es buena terapia:

    http://howigotlaidoff.com/

    Que no se haga pendejo: Esgrimiendo argumentos de productividad, este imbecil pretende que se pase por enciuma de los derechos laborales -y humanos- de los trabajadores, dejandolos en el mas absoluto desamparo legal.

    No te disculpes por el tema, que yo no me pienso disculpar por los insultos con los que me refiero a este hijo de la chingada.

  5. Por cierto, la mala ortografia y los errores al teclear son mi sello particular cuando me enojo. Por eso si me disculpo.

  6. Ego te absolvo.
    En fin, sin comentarios, en estos tiempos de tanto ‘talante’ y tantas leches, te dan ganas de empezar a soltar mamporros a diestro y siniestro y poner a la gente en su sitio. Mi abuela, que siempre fue más de Dior y Balenciaga, ya me dijo que no me fiara de alguien con tremendas cejas, que tienen más de lobo que de otra cosa.
    La gente nunca deja de sorprenderte. Lo que me jode es lo poco combativos que somos los rojillos. Percibo una especie de amilanamiento que esta asquerosa derecha va a saber aprovechar, como siempre.

    PD: por supuesto, mi abuela ni sabe quienes son Dior y Balenciaga, ella lleva, como una cebolla, batas y delantales unos encima de los otros.

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