Nada de tubos

Desde hace días sólo escucho música del señor James Dewitt Yancey, alias Jay Dee y/o J Dilla.

Mañana se cumplen cuatro años de su muerte, el 10 de febrero de 2006. Tenía 32.

No sabía nada del lamentable aniversario cuando, hace unas semanas, leí algo sobre su manera de vivir entregada, inflamada, hermosa y di con una discografía casi completa que ahora no me abandona.

J Dilla murió en un hospital de Los Angeles. Sufría lupus y una rarísima enfermedad de la sangre, púrpura trombocitopénica trombótica. Era un freak plasmático, con el cuerpo y los fluidos peleados entre sí.

Durante los últimos meses estaba tan delgado como un cable y sufrío varios colapsos hepáticos.

Aunque apenas conservaba el ocho por ciento de su capacidad pulmonar, se negó a ser conectado a un respirador mecánico.

Dio una orden taxativa a los quince médicos que le atendían. Era una declaración digna de ser estampada en cada uno de nuestros corazones:

Nada de tubos

En la habitación esterilizada había mucho trasto ajeno a la medicina paliativa, puro material trascendente y luminoso: giradiscos, auriculares, un sampler, una caja de ritmos, una computadora y la materia prima sagrada, el verdadero recuento de leucocitos de J Dilla: montones y montones de discos.

Me consuela la imagen. El cuarto de un moribundo atestado con todas las formas del verbo ser conjugadas en placas de acetato de vinilo: sencillos y flexi discs de siete pulgadas; extended plays de siete, diez y doce; maxi singles de 12 y, los reyes del baile, long plays.

El hospital era el escenario de un retorno, un loop existencial.

Treinta y tantos años antes, en el sótano de la casa paterna de McDougall con East Nevada, en el gueto de Conant Gardens, en el Eastside de la intolerable Detroit, el niño J Dilla jugaba con una pletina de cassette, grabando y regrabando los discos de la colección familiar (la madre cantaba ópera, el padre era bajista de jazz) y los que empezó a comprar con sus ahorros. Iba a la tienda, probaba y elegía. Nunca puso puertas al campo: el estilo era lo de menos, sólo importaba el beat.

Lo demás es leyenda: la tutela de Joseph Amp Fiddler, en cuyo estudio siguió enredando aunque con aparatos un poco más complejos; la producción convulsa y underground –bajo seudónimo, sin ego– para los mejores (A Tribe Called Quest, De La Soul, Pharcyde, Busta Rhymes…); las sesiones de 6 de la tarde a 6 de la madrugada en el sótano de McDougall con East Nevada para enseñar gratis a los niños que venían empujando –entre ellos uno que se llamaba Marshall Bruce Mathers–; la tormenta creativa de finales de los años noventa y siguientes, trabajando con Erykah Badu, Talib Kweli y el gran Common (escuchen, por favor, escuchen esto y esto); la sociedad con Madlib…

Siempre al margen, siempre jugando, con poco o ningún interés por los contratos, el satén de la fama y los paseos por las alfombras. Colgando en Internet sus discos y mezclas al alcance de cualquiera, colaborando por el gusto de colaborar, sin preocuparse de papeles y formalidades. Cuando murió no tenía nada o casi nada y su familia todavía está pagando los gastos médicos.

Nunca dejó de hacer música. En el hospital, su madre le tenía que dar masajes en los dedos para evitar dolorosos los punzantes calambres de J Dilla cuando hacía mezclas.

No sé qué me pasa con J Dilla. No soy negro, no debería sentir el apetito, no debería erizarme con las crónicas de esquina y auxilio social, no debería advertir la sacudida religiosa del ritmo inclemente…

No hay caricias en la música que dejó: un ronco y quebrado gemido lo mancha todo, sorpresas rítmicas insólitas, desvergüenza, rotura de códigos, sexualidad, una inmensa belleza, un salmo de piel, un cristal roto, la sal del trueno y la huella de la sed, la carne rezando, el tacto en la cara y el llanto en los pies, funk de caballos relinchando y soul de pañuelo empapado por la fiebre…

Pese a su progresiva trivialización y sumisión al reinado del satén y las producciones de alto coste, sostengo que el hip-hop es el género musical más importante de nuestros tiempos, el más valiente y sincero, el más arriesgado, el más licencioso, la oración de esta época de harapos morales.

Sé con certeza que si estuviesemos en 1955, Elvis Presley cantaría rap como cura contra la palidez.

¿Cuántas veces he escuchado de mis amigos la sarta habitual de advertencias sobre los raperos: “demasiado jactanciosos”, “demasiado ególatras”, “demasiado vanidosos”…? ¿Cuántas veces me han intentado llevar al lugar común de los calibres balísticos, las cadenas de oro y los automóviles, casi siempre enunciados por quienes admiten idénticas veleidades en las rock star de vidas licenciosas, hedonistas y de culto a la dominación de la masa en el estadio hitleriano? ¿Por qué los roquistas solamente son capaces de citar los nombres de Eminem y Kanye West?

En el best-seller El ruido eterno, donde abunda el sesudo análisis sobre medianías como Radiohead, el gurú Alex Ross limita las referencias al hip-hop a media página de las casi 800 del libro. Lo hace para deducir que el hip-hop tiene su base en el minimalismo repetitivo de Steve Reich. Me gustaría estar presente cuando exponga esa tesis de esnob con doctorado  en un gueto de Detroit.

Tres días antes de la muerte, el 7 de febrero, Jay Dee celebró su último cumpleaños terminando los dos temas finales de su nuevo disco, Donuts, un disco-testamento que justifica una vida y salva unas cuantas más, un disco sagrado y trepanante (“le puso ese título porque los donuts le encantaban, una semana antes de morir me pidió que le comprase una caja”, dice Mamá Yancey).

El disco es un tesoro de 31 piezas mezcladas por un niño. ¿En el sótano, en el hospital?, ¿qué importa?.

:::

post-edit:  recuerdo que traté de expresar la misma sensación de injusticia roquista respecto al hip-hop en una entrada, nada menos que de 2006, del blog que compartía en el diario con Javi Rada.

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2 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

2 Respuestas a “Nada de tubos

  1. carolina

    Me parece genial lo de “nada de tubos”. Deberían estar prohibidos, de hecho, van contra natura.

    Escucha el primer disco de Dizzee Rascal: su primer disco, Boy in da corner, es genial. Gracias a él se dio a conocer el grime. También está alejado de todos los tópicos del gangsta rap, aunque es un chico que nació y creció en las calles y más de una puñalada se ha llevado.

    Un vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=kZGvnI37mxk

  2. Pingback: Música de camiseta blanca | joseangelgonzalez.net

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