Matadero dónde

¿Dónde nacen los libros?.

Quizá de una conciencia extrema del momento:  el roce de las sábanas contra una uña rota, el extremo cansancio al ascender las escaleras, la confrontación con la infinita tristeza de saber que acaso nunca te sea dada la emoción de una puesta de sol en el Pacífico…

Los libros pueden ser moldeados más tarde con el torno técnico del autor, pero su primera forma es la de una amalgama de intuiciones, acaso un breve suceso, la tormenta de una idea, las huellas en un camino futuro.

De la primera plana del New York Times del 4 de octubre de 1951 nació Submundo, una de las grandes novelas del siglo XX.

Don DeLillo, el autor, leyó el diario por casualidad en una librería de Nueva York que frecuentaba porque el dueño le permitía hojear la colección encuadernada del periódico que guardaba en el sótano.

Hay un subterráneo para cada revelación

Llamaron su atención dos reseñas yuxtapuestas, un par de titulares, ambos a tres columnas y tres líneas con el mismo tamaño de fuente tipográfica. Era también gemela la sustancia dramática del par de noticias.

También a mí me hubiesen tocado con especial hondura: béisbol y bombas atómicas.

El primer titular decía:

Giants capture pennant beating Dodgers 5-4 in 9th on Thomson’s 3-run hommer

[Los Giants obtienen el banderín ganando 5-4 a los Dodgers con un home run de tres carreras de Thomson en la novena entrada].

El segundo:

Soviet’s second atom blast in 2 years revealed by U.S.; details are kept a secret

[EE.UU. destapa la segunda explosión atómica sovietica en dos años. Los detalles se mantienen en secreto].

DeLillo, fanático observador de la realidad y sus telas de araña, sintió el peso de la historia, una conexión que superaba el humo del lenguaje y los hechos. Se le erizó el vello de los antebrazos, se quiso ver como el espectador de un gran documental.

A las pocas horas comenzó a escribir sobre aquellos sucesos absorbentes proporciones, capaces de encadenarse hasta contener cada uno de los pequeños actos -una palabra de despedida antes de la muerte, el encuentro inesperado con un fantasma, la perfección de un plato de sopa… – de toda la historia, pasada y por venir, de todo el mundo y cada uno de sus pobladores.

Así nació Submundo, publicada en 1997, una historia que abarca cincuenta años, comienza con una evocación del cuadro El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel El Viejo -guardado a unos cientos de metros de casa, en el Museo del Prado- y culmina con la palabra ‘paz’ escrita en la pantalla de un ordenador, el único espacio donde tal idea parece posible en estas horas de jaquecas y acero.

De la novela, el escritor Rodrigo Fresán, con su habitual código rockista, dice:

Don DeLillo es a Thomas Pynchon lo que Nick Cave es a Leonard Cohen: un brillantísimo alumno pero que -empeñado en ser el más grande y levantar siempre la mano para pasar al frente- sacrifica por el camino el sentido del humor del maestro. Así mientras Pynchon y Cohen alumbran cada tanto una genialidad que parece estar construída a fuerza de pasarlo bien durante su construcción, DeLillo y Cave sudan como condenados en busca de algo que no puede ni debe ser menos que una obra maestra. Así DeLillo -dejemos de lado ya a Cave- es el autor de varias obras maestras conscientes de serlo y, entre ellas, Submundo es la más impactante de todas

(Al leer no se puede eludir la sensación de que Fresán, también novelista, persigue en vano, incluso cuando redacta una crítica, la sombra de la obra maestra consciente que desaira en los demás).

Me interesan los detalles: yo también, a mi escala, desde mi condición de rebuscador de inferencias y desviaciones, suelo indagar en esos golpes imprevistos y, cuando me atrevo, jugar con ellos a las metamorfosis. En alguna ocasión encontré, con más serenidad que sorpresa, mi historia enlazada con otras lejanas y casi míticas.

Me gusta pensar que algunos factores exógenos se funden para engrendar un libro.

En este caso:

Los Dodgers y los Giants, los equipos de béisbol, respectivamente, de Manhattan y Brooklyn. Retratos divergentes: los primeros se establecían en un terreno pijo y remilgado; los segundos, en el barrio de los inmigrantes trabajadores.

La lucha de clases es muy visible en el deporte: en el caso de los Dodgers y los Giants, la rivalidad tenía trazas de guerra, tanto entre los jugadores como entre los aficionados. Brooklyn era tierra de lucha franca, en ocasiones salvaje, pero siempre descubierta. En Manhattan, el cinismo sustituía a la navaja y el dinero a los revólveres.

En octubre de 1951 los equipos llegaron como líderes de sus divisiones a la fase final de la liga de béisbol profesional: debían enfrentarse al mejor de tres partidos para decidir quién jugaría por el campenato. Cada equipo ganó uno de los dos primeros encuentros. El último, que daría el banderín del pase a la final, se celebró en el estadio de los Dodgers, el viejo Polo Grounds, en las orillas pestilentes del río Harlem.

En la novena entrada, la última de un partido de béisbol, los Dodgers ganaban con comodidad por 4-2. Por los Giants bateaba Bobby Thomson, un escocés de 28 años, nacido lejos, en Glasgow, Escocia, pero patriota yanqui bregado en las trincheras espantosas de la II Guerra Mundial. Dos de sus compañeros habían logrado golpes de hit y estaban en la segunda y tercera bases, nerviosos como hormigas. Se enfrentaba al lanzador Ralph Branca, que llevaba el número 13 en la espalda del uniforme de los Dodgers.

El batazo seco del escocés salió del estadio por la izquierda: un home run de tres carreras que dio la victoria a los Giants. Lo bautizaron como el golpe que se escuchó en todo el mundo.

(Años después se supo que los Giants habían ganado con malas artes, robando el código de señales que utilizan los lanzadores y receptores: Thomson jugaba con ventaja, sabía que tipo de lanzamiento le iba a hacer Branca, el pobre hombre con el número 13).

La pelota cayó en las gradas, entre el público.

En Submundo, DeLillo cuenta la historia de esa pelota, su devenir, de mano en mano, a través de medio siglo.

El contrapunto es una nube de polvo con forma de hongo que se levanta en el áspero paisaje nororiental de Kazajstán, cerca de Semipalatinsk, donde Stalin edificó el mayor área -y había muchas– de pruebas nucleares del mundo: 18.000 kilómetros cuadrados para ensayar la coreografía de la muerte.

La primera explosión atómica, en 1948, y la segunda, en 1951 –a la que se refiere Submundo– expusieron a unas 25.000 personas a productos radiactivos derivados de la fusión nuclear.

Los soviéticos llamaban en clave a aquellos ingenios Joe 1 y Joe 2.

Hasta 1989 se detonaron en Semipalatinsk 456 bombas nucleares, atómicas y de hidrógeno, tanto en superficie como en la inmensa red de túneles excavados en el lugar.

Los Dodgers y los Giants trasladaron su rivalidad a otras ciudades: Los Angeles y San Francisco. El eslogan de los primeros es: Piensa en azul. El de los segundos, Tus gigantes.

San Francisco, ciudad de negocios y alcurnia liberal; Los Angeles, terreno seco de bandas y espaldas mojadas.

En los Estados Unidos la pasión es una franquicia.

El campo de pruebas nucleares de Semipalatinsk fue clausurado en 1991.

A Don DeLillo, en una entrevista, le preguntaron cómo empieza un libro, dónde está el matadero. Contestó:

Creo que la escena llega antes, la idea de un personaje en un lugar. Es algo visual, en Technicolor, algo que veo de forma vaga (…) Hay un ritmo que oigo, que me lleva a la frase. Tecleo y esculpo las frases en la página. Forman extrañas armonías. No encajan sólo por significados, sino por sonido y aspecto.

:::

Quiero pensar, me trae sin cuidado que no sea cierto, que Joseph Conrad redactó Lord Jim a partir de la picadura de un mosquito mientras su embarcación sobrellevaba una calma chica en los bancales del río Níger.

Que William Faulkner desplegó Santuario durante una visita de cortesía a un juzgado de paz.

Que Robert L. Stevenson presintió Catriona en el aroma del tabaco de pipa que fumaba un amigo.

Que Edgar Poe descubrió el terror de Arthur Gordon Pym en la pesadilla de una duermevela.

Que Jorge Luis Borges escribió El hombre de la esquina rosada tras percibir el rostro de su abuelo materno en una de las manchas con que le agasajaba la ceguera.

:::

¿Dónde está mi matadero? ¿Desplumaré alguna vez el ave para dejar al aire la piel de axila pálida de las páginas? ¿Qué medida tiene el bate? ¿Qué seña secreta debo robar? ¿Qué sótano guarda el diario atrasado que me espera?

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5 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

5 Respuestas a “Matadero dónde

  1. carolina

    Estoy convencida de que algún dia desplumarás el ave y hasta la servirás en pepitoria. Ese libro de DeLillo no lo he leído, pero va a la lista.

    En cuanto a Fresán… ¿son imaginaciones mías o es tonto? Comparar a Nick Cave con Leonard Cohen es como comparar un pato con un perro. Son dos artistas muuuuuuuy distintos. En fin… “fucking” generación nocilla. Si es que el nombre, “nocilla”, ya lo dice todo.

  2. bichito

    Fresán no es nada nocillero -sus referentes son más bien yanquis y muertos (es, por ejemplo, el compilador e introductor en España de John Cheever)-. Era íntimo de Bolaño, adora a Ballard, coordina una colección de novela negra que es lo mejor del género que hay en España ahora, le fascinan DFW y Dylan…

    Es decir, nada sospechoso de parecerse al insufrible Fernández Mallo. A veces, es verdad, a Fresán le pierde cierta tendencia, muy argentina, por otra parte, a pontificar, pero que tire la primera piedra quien esté libre de ese pecado.

    El paralelismo Cohen-Cave sí me parece pertinente, sobre todo en el sentido epifánico de las canciones y en algunas constantes (sexo, oración, culpa, redención). No creo que sea casual que Cave haya participado en el disco de homenaje a Cohen con “Tower of song”, gran canción, por cierto.

    La única vez que vi a Cave, por cierto, me pasó algo que viene al caso. Al acabar el concierto (excelente), me encontré con Julián Hernández, de Siniestro Total. Me dijo, a gritos:

    -¡Jose Ángel, estaba seguro de que vendrías a ver a Leonard Cohen!

  3. Yo creo que tienes el avecica por las patas y el cubo de agua debajo para que no se te vuelen las plumas.

    De DeLillo no he leído nada, curiosamente me compré hace un par de semanas dos: Ruido de fondo y Cosmópolis. En breve me pondré con ellos, hacía tiempo que tenía ganas de hincarle el diente.
    Fresán posiblemente no se equivoque y no vaya muy desencaminado. Por fotografías de DeLillo y alguna entrevista que le he leído me cuadra que pueda decir algo así de él. Al fin y al cabo, obras maestras hay muchas, pero tocadas por la gracia no tantas.
    Pero, como no lo he leído, pues mejor me cayo.

  4. bichito

    David: “Ruído de fondo” es una sátira incisiva sobre el mundo académico. Fue la primera que leí de DeLillo y me recuerdo cayéndome de risa al suelo. No te cuento más.

  5. carolina

    Mmm, entonces me retracto con lo de Fresán. Pero sigo pensando que Cave y Cohen no son comparables. Supongo que si te centras sólo en la discografía de sus últimos años es pertinente, pero si no, nada que ver.

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