Leyenda

Un historia con foto: promoción de 1973.

Enredado en rojo, Luis H., mi mejor amigo. Su familia, con ancestros en las Canarias, tenía más dinero que la mía.

Su padre era director de la empresa que explotaba una salina a cielo abierto y en su casa nunca faltaron lujos que a mí me parecían estrafalarios pero admirables. Tenían un equipo de alta fidelidad con grabadora de bobinas y una batería colocada en mitad de la habitación.

No entendía para qué necesitaba Luis una batería si soñaba con ser como Paul Mauriat, el director de orquesta que empalagaba incluso a los pasteleros, y le gustaba Engelbert Humperdinck, cuyo nombre ya anunciaba lo que podías esperar.

Enredado en verde, Guillermo L.: padre alemán y madre criolla. Un tipo al que envidiar: feliz y excelente jugador de béisbol.

Para sacar algo más de dinero, mis padres habían realquilado mi cuarto a un tipo inglés que siempre vestía camisas blancas, tenía aspecto de espía y guardaba en el armario una pequeña colección de revistas Playboy que yo examinaba a escondidas de vez en cuando.

Desde que llegó a casa, me tenía que apañar durmiendo en el sofá de dos plazas del salón, que siempre olía al sudor de los hijos de italianos, árabes y portugueses a los que mi madre ayudaba con las tareas escolares durante toda la tarde.

Como no podía estar en casa, pasaba bastante tiempo fuera, lo cual no era buena cosa en aquel barrio. Me metí en unos cuantos líos, pero ninguno fue demasiado grave.

Un día, cuando regresaba del liceo donde estudiaba bachillerato, un muchacho de mi edad que estaba en la acera junto con otros me pegó, sin previo aviso, una tremenda bofetada en la cara.

No me detuve ni apuré el paso. No hice nada.

Al que me pegó le llamaban Gargajo ‘e Bruja (Escupitajo de Bruja). La verdadera filiación nunca dice quién eres con tanta fidelidad como los apodos.

A mí me cambiaban el apellido materno, Balsa, por Bolsa, que en nuestro argot era alguien torpe y obtuso.

No eramos gente con demasiados problemas, verdaderos problemas. Casi todo se reducía al grano en la mejilla, el pantalón manufacturado en los Estados Unidos por el que suspirábamos, la niña a la que veías tras la cortina cuando, cada día, pasabas ante su edificio y a la que jamás dijiste nada…

Teníamos sólo un gran problema: la manera de esquivar al Demente, uno de nuestros compañeros de clase.

No recuerdo el nombre, pero su aspecto aún me impide concentrarme en el vacío: parecía un matarife. No lo busquen en la foto, no aparece. Aquel día no se presentó, conocedor, quizá, de que no conviene dejar rastro.

Era enorme, alguien le había aplastado la nariz y en los labios siempre mostraba restos de una saliva levemente gris y con espuma.

Nos odiaba y yo presentía que acabaría matando a alguien.

Más  tarde,  desde  otro  país -aún así, sabiéndome lejos, jamás he vuelto a dormir en paz-, confirmé que mi intuición era buena: el Demente se había disparado con una de las carabinas de su padre.

La bala le atravesó la cabeza en vertical. No murió, pero las secuelas le dejaron convertido en una especie de pelele sin voluntad.

Enredada en amarillo, nuestra profesora de Inglés. Por mucho que lo intente y pese a que fue la madrina de la promoción, tampoco logro dar con su nombre.

Me dejaba llevar a clase un reproductor de casetes y escribir letras de canciones en la pizarra que luego cantábamos a coro. Por ejemplo, Ohio, que Neil Young había compuesto para narrar la masacre de la Universidad de Kent, donde cuatro estudiantes que protestaban contra la guerra de Vietnam fueron acribillados por la Guardia Nacional.

Tin soldiers and Nixon coming,
We’re finally on our own.
This summer I hear the drumming
Four dead in Ohio

Hace unos meses alguien me dijo que la profesora de Inglés se había suicidado.

Enredado en el azul, yo, González Bolsa.

Teníamos 18 años recién cumplidos y ningún toque de queda. Éramos leyenda.

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3 comentarios

Archivado bajo huesos

3 Respuestas a “Leyenda

  1. I want to sing “Ohio” with you and your classmates.

  2. Los enredados en verde y rojo parecen tener una historia que contar.

  3. bichito

    Trying: that was a really weird chorus, as you can imagine… we reach the maximun power with “Marrakesh Express”:

    Take the train from Casablanca going south
    Blowing smoke rings from the corners of my mouth
    Colored cottons hang in the air
    Charming cobras in the square
    Striped djellebas we can wear at home Well, let me hear you now

    David: de ninguno de ambos he sabido casi nada tras 1973. A veces pienso que es una pena. Otras que ha sido así por algún motivo

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