Charlie Gillett, africaneando

Hola, Charlie:

No debo lamentar tu muerte. Ahora estarás celebrando el encuentro con los colegas de la mejor de las parrandas: Ian Dury, Chuck Berry, Blind Lemon Jefferson…

Quizá se reirán de tu libro mientras leen en voz alta párrafos sobre la africanidad del rock and roll. Quizá tú te rías también. Tenías mirada de catedrático pero alma de nómada. Nadie entendió mejor que tú que la música del diablo de cuyos perniciosos efectos advertían desde los púlpitos no era cosa de blancos. Lo nuestro es la polka.

Con Nick Cohn, Greil Marcus y Lester Bangs eras la crema del pastel de analistas. Nada cool (ni siquiera los Beatles te impresionaron: los habías presentido en Chuck Berry y Bo Diddley), nada etnocentrista (hablaste antes que nadie de world music, antes de que fuese eslogan), nada ciego (odiabas los sintetizadores amanerados de los ochenta)…

Esta noche buscaré tu libro en al arcón. Será mi catecismo.

Invita a una ronda por mi cuenta a la pandilla de gitanos.

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