Archivo mensual: abril 2010

Paren máquinas

Tenía escrito un borrador para esta entrada de la bitácora en el cuaderno que llevo en la chaqueta.

Quería hablar de la última novela que he terminado, una historia de sexo y muerte que se desarrolla entre Venecia y Benarés.

Hoy me han informado que la revista en la que trabajo está condenada a un casi seguro cierre. El grupo multinacional del que formamos parte no quiere productos con pérdidas, por mínimas que éstas sean (como es el caso: el déficit mensual desde hace un cuatrimestre no ha superado nunca los 4.000 euros, el precio de un billete de avión ida y vuelta a Benarés con alojamiento incluido).

El cierre –que no se ha materializado pero es inminente a no ser que ocurra un milagro– me dejará en el paro. Sean cuales sean las condiciones del despido, que pueden ir de pésimas a regulares, romperán el que con toda seguridad será mi último contrato por cuenta ajena. Tengo 55 años, no suelo callarme, valoro lo que hago, mantengo cierta conciencia de clase, creo que el periodismo debe ser moral y padezco tendencia a la depresión…

Es decir, tengo el peor de los perfiles laborales posibles en estos tiempos de “sí bwana, me hace usted feliz con esa sodomización laboral diaria, soy joven y me dilato a su gusto”.

Aunque la posibilidad del despido existía desde hace un tiempo, no puedo dejar de apenarme por otra causa perdida. Parecer ser que elijo los diarios que quiebran, las productoras de vídeo que no tienen futuro y las revistas gestionadas por pícaros diletantes que dejan la tierra tan quemada a su paso como para que nadie esté interesado en acudir a salvarnos.

No hablaré de Venecia o Benarés.

Quizá sea un buen momento para decir: “¡Al diablo todo eso!”.

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Mareo

Desde hace tres semanas vivo esperando que el despacho de agencia se me clave en el pecho como un cuchillo impersonal preguntando quién, cuándo, dónde, cómo y, sobre todo, por qué.

Así es el mareo que me ataca diez, quince, veinte veces cada día.

A veces es corto, un pinchazo, un lametazo de lengua de perro. Otras, generoso en duración, digno como el cordero de Pascua.

Siempre, breve o largo, me aborda con la violencia de un despacho de agencia con el que no tenía cita y me deja estremecido, convertido en cesto para el holocausto, atado a la viga del tiempo, con el pecho anidado de serpientes huidizas…

Es mi susto de niebla en la ventana, cuando al otro lado del cristal aparece, con velocidad fílmica, un niño famélico a punto de agonizar.

No me enorgullezco de mis mareos (son atardeceres huraños para el resto del día, para los demás, para mí), pero creía conocerlos tras casi dos décadas de convivencia marital: vamos juntos a la compra, seleccionamos pescado fresco y verduras, compartimos vacaciones y días de labor, nos guiñamos el ojo cuando alguien pretende hacerse el gracioso, discutimos por el placer de discutir…

Ahora, desde hace tres semanas, no sé qué pensar. Tengo la impresión de que me visitan otro tipo de mareos, más matriarcales y poderosos…

Me dejan grasa bajo la piel, dibujos de harina en la mirada y flores de suero en el pensamiento.

Es una forma de hablar, porque en realidad es imposible pensar cuando tienes un cuchillo en el pecho y las palabras no sirven de nada porque son musgo en el tabernáculo del sacrificio.

Si acaso piensas en la ortopedia de seguir y te preguntas qué anhelas encontrar, qué hueso expiatorio, qué alameda de laurel, qué cera derretida, qué plegaria, qué faz de sábanas, qué disputa luminosa, qué cartera vacía, qué fosa…

He recibido esta mañana un inesperado mensaje del director de la revista en la que trabajo. “Lo tenemos chungo, compañero”, me dice, cómo si yo fuese su colega de farra, como si su sueldo, tres veces el mío, no fuese frontera de clase suficiente. Hay cierta posibilidad de que la empresa transnaccional que nos domina decida el próximo lunes echar el cierre de nuestra publicación.

No me alegro. Tampoco me voy a poner a llorar.

Tengo un cuchillo en el pecho: ahora mi lengua tiene forma de príncipe, ahora mi lengua es voz de polvo, abreviada arboladura, piel afeitada.

Desde hace tres semanas vivo en el calabozo del mundo, en la vía destructora.

Soy hielo de cuchillo sobre la inflamación, callejón sentenciado a mí mismo. Deportado está todo.

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Víctimas

Elvis está muerto, enterrado en mi garganta inflamada de eclipse..

Está muerto, destripado por sus emuladores, aplastado por un camión con llantas de alambre.

Elvis dijo: “Tengo miedo de apagarme de la misma forma en que me encendí”. En 1956, un siglo antes de Kurt.

Bien muerto, su cuerpo es una foto, un beso de puntas de lengua, un flash que, zas, ya pasó.

Cuando a Elvis le pidieron que se definiera a sí mismo, se negó. “¿Por qué?”, insistió el periodista. “Porque me asusta”. En 1956, muchas noches antes de Kurt.

Elvis está muerto. Vi el cadáver, hinchado como un odre, en el Hotel de los Corazones Solitarios. Los forenses no paraban de reír.

Elvis está muerto. El coche fúnebre era un tren.

Elvis era perfecto: guapo, inocente, víctima. Las víctimas son los muertos.

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Hoscos

Escuchar a Elvis como sorprendiendo un acto prohibido, escupiendo sobre la tumba de tu madre, rayando el cristal de la foto de bodas con uñas de heladero despechado.

Escuchar a Elvis (cuando todavía hablaba en plural):

Somos hoscos, somos melancólicos, somos una amenaza.

Escuchar a Elvis en las sesiones secretas de los años setenta, penetrando en el cañón de la pistola, extendiendo el cieno mientras esperas las fauces del caimán.

Escuchar a Elvis:

Ojalá fuese una manzana colgando del árbol.

Escuchar a Elvis entregándose a la cartografía de los tigres y las camisas de labrador, abriendo el grifo de agua caliente para escaldarse.

Necesito que me cuides cuando hace calor.

Escuchar a Elvis en la luz sombría de una feria de ganado en Jacksonville, una silueta de ave rapaz sobre el tablado mojado de agua fangosa y orín.

Ven a casa, Cindy, Cindy, ven a casa conmigo.

Escuchar a Elvis dejándose embrujar con la camisa color lavanda, la levita de brillos viejos, la hebilla del cinturón haciendo percusión con la caja de la guitarra.

Ojalá fuese un pájaro azul sobre tu hombro.

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Hot Parade

Siempre me gustó recortar. Gran parte de mis libros guardan reseñas, entrevistas, artículos y, por desgracia, una progresiva cantidad de obituarios.

Siego revistas, agrupo postales, tomo esto y aquello y lo dejo en una caja de zapatos.

Me fascinan los libros de Sebald, donde las fotos son parte de la historia y se abren como mapas o telas de araña.

Porque no tengo ánimo para las tijeras y la goma arábiga, estar sentado me consuela y poder reunir, por simple capricho, imágenes, vídeos y música es como bailar con el mundo, he abierto un álbum virtual de recortes.

Se llama Hot Parade. Es, como indica la traducción textual, un desfile caliente de sensaciones físicas y también un hit parade de lo que voy recolectando en estos días de mareo y pérdida.

Las palabras, escasas o excesivas, seguiré anotándolas aquí, y mis fotos, cada vez menos, cada vez peores, seguirán apareciendo, en silencio, en Flickr y, con algún somero comentario, en Cadena de Huesos.

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Aquí

rendido aquí
ante los charcos de lluvia

los dedos índice heridos tras doblarte
y la música portátil de los Rolling Stones
tan idiotas tan sagrados tan malasombra en 1970

aquí escribo
nuestra biografía

crucificado
aquí ante los tomavistas
ceñido al rótulo Se Vende

como un lisiado a las muletas
de la sangre antigua derrochada

aquí ardo
en el lado oscuro
“para gloria de las artes”

según consta en el monumento ecuestre
con sus fauces de caballo

sobre la mandolina
de los niños jugando
aquí rapto

la floresta
soñando almendras

aquí en la orfandad de tus canas
en el compás de espuma
hundida atada

mía
aquí escribo

la única cifra
el número de un culto
la ceremonia de tu nostalgia

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Difunto

No busques a nadie, opta por la primera persona que encuentres, opta por la primera idea que tengas.

El rock trata casi siempre sobre trasladar grandes cajas negras de un lugar a otro de la ciudad en la parte trasera de tu coche, tu propio coche, O SEA QUE no hace falta nadie para conducirlo porque puedes hacerlo TÚ MISMO.

A veces llevas el cadáver de uno de tus hijos en una de esas cajas y no recuerdas quién lo ha metido ahí, tan bien doblado que parece esperar que lo despiertes con tierra o que llame por teléfono uno de sus limpios amiguitos.

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Las únicas canciones que valen de algo son aquellas por las que transitan personajes que saludan al perro, piensan en profetas, viven en un mundo sin electricidad, aseguran que el asesinato es una forma de protesta social, dejan de escuchar para siempre los discos de Neil Young, entran en un bar y hablan con la camarera, compran una camiseta con la inscripción: I like The Kinks, life stinks, saben quién era Sugar Ray Robinson… Personajes peligrosos como lápidas.

El rock es mala poesía pero, gracias a dios, la vierten sobre primitivos ritmos folklóricos, es decir, la redimen.

Y al final regresas a tu cuarto: para matarte o para quedarte dormido.

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No es verbal, no es narrativo, no pierdas el tiempo pensando cómo es.

La ropa interior del rock debe estar sucia; el alimento, amargo; el futuro, muerto.

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Escenarios recurrentes: casas humildes, bares sin posters de John Lennon en las paredes, cañaverales en las riberas de un río contaminado….

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Nunca te vistas de rayas, nunca uses zapatillas: contraste y botas.

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duerme, niña, duerme, no dejes que la sierra te despierte
envuelve en tus sábanas de bucanera las espinas de cristal
destellos y crepúsculos para ti, delirante
ventanas de lágrimas para ti, gota de sangre
rock and roll all night long para ti
ebria y blanca, so fuckin’ nigger

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En la tradición de la música folklórica, a la cual el rock se encadena de manera inevitable, la imagen del río es una de las más poderosas.

Se trata de un refugio de ópalo, un mustio crepúsculo para el amor empobrecido, donde, como sucede en Down in the Banks of the Ohio o Story of the Knoxville Girl, las jóvenes preñadas son asesinadas por sus amantes y arrojadas a las aguas.

La esencia del rock es un crimen.

Neil Young la respetó en Down by the River y Bruce Springsteen la profanó en The River, donde el incorrecto crimen se transforma en un moral doble suicidio (quizá en un crimen y un posterior suicidio).

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los discos deben saber a sal
a tristeza sin nombre
al espíritu del viejo río callado

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En febrero de 1923, para contestar a los universitarios burgueses y protofascistas de Lisboa que pretendían moralizar a la sociedad, Fernando Pessoa difundió un manifiesto:

Ser joven es no ser viejo. Ser viejo es tener opiniones. Ser joven es no tener que dar opiniones (…) Escuchad niños: estudiad, divertíos y callaos la boca (…) Porque sólo hay dos maneras de tener razón. Una es callarse, y es la que corresponde a los jóvenes. La otra es contradecirse, pero hay que tener más edad para practicarla.

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El rock de ahora –si es que tal cosa pervive–, comparte jeringa con el dogma: pienso esto, creo aquello, conviene que hagas tal movimiento, sufro mucho…

Hedonismo pancista.

Un tipo como Presley –cuyas letras son accesorias: aire y fonemas– es inconcebible en estos tiempos.

Lo lapidarían por ser tan católico, tan Niño Jesús.

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Por ejemplo, la desesperación de imitar.

Todos esos hijos renegados, ¿la sienten?.

O, ya que quizá no dispongan de la sensibilidad adecuada para sentir, ¿la perciben?.

Tienen suficiente competencia (económica) para descubrir Japón y talento (de sastrería) para moverse por el downtown de Nueva York.

Pero no tienen dignidad para reconocer a sus padres.

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Esto no es una narración, esto es la realidad tal como sucede en este momento, Radio Verdad.

Así era el rock en otros tiempos, puro hasta la obscenidad, expuesto como la cuchara de plata de un viejo yonqui.

El mundo era de cera y el rock la moldeaba.

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Por ejemplo, el exhibicionismo sacerdotal de los prima donna de este tiempo, la relación sexual que mantienen con los medios de propaganda (el photocall, el phoner cronometrado, el estilismo, los negociados de imagen y comunicación…).

El ruido, el maldito ruido manso.

Cuando solamente necesitamos cebollas y pan.

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Arcilla febril en las manos de un niño: una bendición nacida de la inagotable fe en las múltiples formas del futuro, en los sueños ganados.

Así era el rock de los años puritanos, acaso por ello él mismo puro, ignorante, un canto total y nada confortable.

Un canto que hacía sonreir a la muerte, como en las canciones de la Carter Family.

Un canto de baratijas momentáneas, porque, hermana, nadie leía a Schopenhauer, a Walser, a ninguno de esos feriantes europeos.

Manchar de arcilla tus labios tras robarte un beso, eso era lo necesario.

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En el prólogo a la primera edición castellana (1947) de la insólita novela Ferdyduke, publicada por primera vez en Polonia diez años antes, Witold Gombrowicz (1904-1969), resume en dos los problemas de su protagonista, la inmadurez y la forma:

Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño.

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Los mitos del rock, una forma culturalmente no lograda, son mitos inmaduros: el camionero (Presley), el granjero (Hank Williams), el mentiroso (Dylan).

Amenazantes, absurdos, anárquicos.

No les importaba el baile: bailaban.

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Ahora priman los grupos de artificiosa inmadurez, grotescos en su niñería treintañera, irresponsables, sub-cultos, animadores del Halloween-todos-los-días.

O bien los cargantes artistas de lo artístico: intelectualistas de birra y estrellas, mórbidos nuevos rojos, payasetes con derecho a titular, tan educados que apestan.

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En fin, el racismo contra todas las personas, animales y cosas que pueblan los Estados Unidos.

Una xenofobia de ámbito geográfico que se resume en la frase “no parece yanqui”, un recurso para emitir una condena a los malos y un salvoconducto a quien conviene, para no enviarle al crematorio que administra la podrida Europa y su podrido etnocentrismo.

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Por ejemplo, la única música viva que hereda el dolor del blues, la agitación del rock and roll primero y la sensualidad del soul es el hip-hop.

“Cosa de yanquis”, se dispara sobre el género al completo, sin esperar a la comprobación, sin interés por nada más que las emisiones de la MTV o la VH1, sin tener la decencia de escuchar, de reconocer, de dar nombre a cada canción.

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¿Hay algo más absurdo que las obras completas en el rock?

El verdadero juicio debería plantearse canción a canción.

Siempre triunfaría Phil Spector. En segundo lugar, la Stax. Después, Folkways. Más atrás, la Motown.

Todo lo demás es prescindible, placebo, mentira.

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No gusta la extravagancia sino la locura: vivos colores, grandes palabras, gestos…

La extravagancia susurra, elegante y sola, aniñada, arrimada a los calmantes: da miedo.

La locura vende bien.

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Natalia Ginzburg escribe sobre Emily Dickinson:

Bovaristas como somos, llenos de autocampasión, nos sentimos escépticos e incrédulos ante todo cuanto pasa a nuestro lado con indumentaria provinciana de diario.

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Así, digamos, Tom Waits es el inteligente loco al que adoramos: culto, con buenos amigos y bonita ropa, aire canalla y letras respetables según los cánones de las facultades de Filología.

Firmado, sellado, enviado, es nuestro: “parece europeo”.

Es decir: “no parece yanqui”.

Pese a que adora el rap (cuya técnica vocal utiliza desde desde hace años: llegó tarde al oficio, pero, al menos, se abrió de orejas) y su maestro, Harry Partch (1901-1974), del que bebe desde hace un cuarto de siglo, sigue siendo el provinciano extravagante del que reirse un poco.

Una moneda para el fundador de la música de huesos, el extravagante; un Nobel para Waits, el loco domado.

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En la última novela de Cormac McCarthy, The road, uno de los personajes afirma:

There is no God and we are his prophets.

Esa sencillez de la que brota una luz profética teñida de sangre es lo único que busco.

Es muy yanqui.

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No es arte, no tiene afán de perdurar, su olor subsiste menos que el de un excremento animal al sol.

La historia del rock es la de un exilio: llegar a otra tierra con dioses difuntos y ritos desacralizados por el roce.

Ya no queda nada, ni siquiera el perfume podrido.

El rock es un difunto y, como nos enseñaron padres, maestros y sacerdotes, honramos a los muertos.

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Este texto, una suerte de oratorio, me acompaña desde hace varios años. Añado cuentas al rosario de vez en cuando, copio nuevas diatribas que antes escribí en libretas o papeles sueltos. Es una salmodia. Por tanto, ha de ser repetido desde el inicio cada vez que se enuncia. Si alguien ha leído parte de él en alguna de mis casas virtuales, le permito eludir el sometimiento a esa regla, que me pertenece sólo a mí y que yo sólo estoy obligado a cumplir.

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