No importa

Regreso con frecuencia a tres libros del mismo autor, Greil Marcus, un prima donna del periodismo: Mystery Train: Images of America in Rock’n’roll Music; Invisible Republic: Bob Dylan’s Basement Tapes, y Like a Rolling Stone: Bob Dylan at the Crossroads.

El tercero acaba de ser traducido al castellano. Tardaron cinco años y no pude esperar tanto. Fue un golpe de suerte: estaba de visita en Edinburgo cuando lo publicaron en el Reino Unido y compré la bella edición de Faber & Faber.

Es la mejor monografía nunca escrita sobre una canción, la canción, la espoleta, la barbaridad, el vitriolo, la pezuña, la última frontera… Like a Rolling Stone.

Hace unos cuantos años tuve la impertinencia de preguntar a una maestra zen qué es el satori.

Ella palmeó las manos, dejó pasar unos segundos y permaneció en silencio, diciendo sin decir (porque quien habla no escucha y quien escucha no habla) que en el intervalo entre el golpe, su eco reververante y el silencio posterior está el secreto del loto: un perpetuo fluir entre lo lleno y lo vacío.

Like a Rolling Stone comienza un golpe de batería que es un disparo y termina con un soplo de armónica que se esfuma en un desierto. El satori entre uno y otro dura seis minutos y, al contrario que la armonía blanca del zen, calcina al oyente como roca fluida.

La discográfica Columbia no quería editar el single con la pieza. Uno de sus ejecutivos, Shaun Considine, lo recordó hace pocos años en un artículo titulado The Hit We Almost Missed (El éxito que casi perdimos). Argüían que la canción era demasiado larga y Dylan sonaba colérico y eléctrico en exceso.

Hablamos de 1965, cuando el mundo aplaudía las letras-sandez de John Lennon (When you sigh, my, my insides just fly, / Butterfly) o los cantos mucho-macho de Mick Jagger (If you try acting sad, you’ll only make me glad) como si anunciasen el advenimiento de una edad dorada de la lírica.

Considine, uno de esos héroes ocultos a quienes debemos la felicidad, tuvo una idea brillante. Llevó un acetato de la canción rechazada por Columbia a la discoteca Arthur’s, frecuentada por los animales más bellos del zoo de Manhattan y exclusiva hasta el punto de que a Dylan le habían vedado la entrada por su mala catadura externa.

El ejecutivo pidió al pinchadiscos que hiciese sonar el disco cuando tuviese un hueco. Eran las 11 de la noche y me gusta pensar que en ese momento todos los relojes dejaron de funcionar.

El efecto fue de seísmo. La gente empezó a bailar y no dejó de hacerlo durante los siguientes seis minutos. Quienes estaban sentados dejaron de hablar para escuchar la canción. “¿Qué es esto?”, me preguntó el disc-jockey. “¡Bob Dylan!”, grité. El nombre empezó a extenderse por el local. Los escépticos pidieron que sonase otra vez la canción, y otra, y otra…, hasta la medianoche.

No tengo mucho que decir sobre Like a Rolling Stone que no parezca artificio o simulación. Recuerdo la primera y la última vez que la escuché, puedo cantarla de memoria, conozco todos los intentos fallidos (el tanteo inicial sobre el piano, el sórdido vals, la toma donde Dylan dice: “se fue la voz”…) hasta la asombrosa sesión accidental (toda gloria es un accidente) del 16 de junio a las 14.30 horas. Es el momento más alto del rock and roll.

Me sigue aterrando y conmoviendo. No me importa si se trata de un reproche mayúsculo y despectivo contra Edie Sedgwick, la infanta caprichosa (y vacía) de la aberrante realeza (también vacía) de la Factory de Andy Warhol, o, como opina Marcus, una llamada humanista a la superación de nuestras taras y límites.

Entendí la canción mucho antes de conocer sus posibles significados.

Apenas leo los tres libros de Marcus que cité al principio de esta entrada -la vida es flaca y nunca haces lo que debes, sino lo que puedes-, pero me gusta jugar a combinaciones con los títulos:

tren misterioso / república invisible / Bob Dylan en la encrucijada

Es una forma como cualquier otra de perder el tiempo o tal vez de imaginar que pierdo el tiempo del que no dispongo, porque el tiempo no se renueva, sólo se pierde a gotas y recuerdos borrados por otros recuerdos, solapándose hasta que el recuerdo como tal se destiñe y te das cuenta de que sólo queda la nieve, que engulle toda huella en un silencio que, escuchado fuera de sincronía, puede ser música, porque cuando pisas sin convicción el sonido del paso está antes o después pero nunca al mismo tiempo que el paso.

Los tres títulos, diluidos entre sí, transfronterizos:

república encrucijada tren misterioso

Suenan a buen alimento, a medicación blanda, pero leo poco esos libros que tanto me gustaron en el primer enfrentamiento, el único notable.

A veces persigo, es verdad, pequeños armazones de palabras, destellos en una página: por ejemplo, ayer, cuando me llamó con potencia de camino sin rotular la frase de Robbie Robertson sobre el satori de Dylan:

He would pull these songs out of nowhere.

Pero no tengo tiempo para leerlos, no sé qué significa nowhere y no debería llevarlos encima, además, porque, con ellos, no siento nada y no importa.

En realidad, en quiebros nocturnos, torturado por un sueño agotado, soberano aunque poco reparador, leo varios libros a la vez.

Es mi forma de desaparecer, reducirme, por razones, digamos, morales, a una molécula esencial y discreta, alguien que anhela la invisibilidad de mirar al suelo.

No es una historia nueva: apagarse, asfixiarse.

Acabo de entrar en la cocina para servirme un vaso de agua: no encendí la luz.

Al otro lado del patio, mientras yo abría la nevera, la joven vecina guisaba para mañana, acaso para la tartera que lleva su marido al banco en el que trabaja.

Alguien podría pensar que la escena merece la mano de un pintor, pero yo no sentí nada.

A veces me gustaría construirme tras desaparecer y, sin alarma pero con curiosidad, advertir que nadie me echa demasiado en falta.

Me gusta una canción de Bob Dylan sobre la oportunidad de desaparecer y disolverse, Not dark yet, sobre todo uno de sus versos:

Every nerve in my body is so vacant and numb

Nunca he visto a Bob Dylan cantar esa canción y no me importa.

En el documental de Martin Scorsese sobre Bob Dylan hay unos minutos de metraje dedicados a Positively 4th street, con The Band, ya desaparecido el niño que guardaba la llave de todos los sueños, masticando ahora palabras-benzedrina, calzado con los botines de ante negro de yonqui y vestido con el dos piezas de pata de gallo ampliada, sometida a una lupa, el mismo traje que llevaba, flaquísimo, como un guiñapo sin carne, en el cartel que trasladé conmigo durante quince o veinte años por el laberinto de mis casas sucesivas…

¡Qué importa!

You had no faith to lose
And you know it

Quizá porque la película de 16 milímetros está mal sincronizada con la pista de audio del grabador Nagra, los labios se adelantan a la palabra, como sin decir lo que oyes sino otra cosa distinta.

Y la piel de Bob Dylan es pálida, de inédita amplitud.

No leo esos libros pero no importa, está bien, porque leer es extraviar para siempre lo que tú jamás escribirás, adelgazar hasta quedarse sin carne.

Elias Canetti escribió:

Aprender otra vez a hablar. A los cincuenta y siete años aprender no un idioma nuevo, sino aprender de nuevo a hablar.

Robert Walser, es cosa sabida, murió sobre la nieve, el día de Navidad de 1956.

Paseaba, era feliz, pero no importa.

En 1956 yo tenía un año, soy de ese tiempo en minúsculas, desincronizado, con poco por llorar, y no me veo en la piel de los espectadores emocionales de los que habla Scorsese cuando dice:

Mucha gente que vivió aquellos años me ha confesado que llora cuando acaba la película. Son conscientes de todo lo que se ha perdido y todo lo que han perdido ellos.

No, no soy de esos: sólo recuerdo el suelo que he pisado y, en lo que a este momento concierne, tampoco importa.

La búsqueda del menos que cero de Wasler, gran soñador de los rinconces, feliz en la insensible ausencia…

Uno de sus poemitas –el diminutivo no es rebuscado, Wasler sostenía la palabra con flaqueza, con mano de clochard– está dedicado al elemento de su muerte, la nieve:

Ofrenda de una calma y de una amplitud inéditas,
me ablanda el mundo blanco de la nieve

Siempre hablamos de lo mismo: las diminutas ansiedades y la única respuesta, líneas telefónicas mudas, es no contestar.

Al fondo del cuarto en el que escribo la ropa que tendimos ayer en el tendal plegable cae por el peso de la humedad: parece cosida para gente sin carne, molecular, muy flaca.

Enciendo un cigarro, abro un libro al azar. Página 256:

quedarme por fin al aire libre, aparte ya

La ropa del cadáver de Walser era negra: el abrigo, que, como algunos niños, había nacido viejo; el traje sin lustre, colgante; la ridícula corbata…

Aún más negra sobre el embozo de cuna de la nieve, sobre la cual el sombrero, también negro, había decidido mantenerse apartado: un punto, a distancia, not dark yet, fuera del laberinto, como el hombre delgado, muy delgado, out of nowhere, sin otra carga que un sombrero.

E incluso éste separado, fuera de la cabeza, like a rolling stone, pero no importa.

:::

Escribí esta entrada a lo largo de los dos últimos días. Mientras trataba de encajar las piezas para terminarla, tuve siempre frente a mis ojos las tres postales que el buzón desparramó ayer en mis manos cuando lo abrí. Una de ellas es una foto de la estación Grand Central. Otra, un dibujo de los años veinte anunciando las máquinas de escribir Olivetti. La tercera, un retrato de John Cheever donde el escritor sonríe y parece feliz. Los reversos -bastante más importantes que los anversos- están llenos de palabras hermosas. Las escribieron L y V, con los que acabo de pasar varios días en Nueva York. Escuchamos jazz callejero, buscamos la casa de Dylan en el Village, tomamos sopa de champiñones, bailamos en la estación, leímos a Salinger, hicimos fotos y sorteamos la lluvia con cara de provincianos sorprendidos. Lo repetiremos.

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5 comentarios

Archivado bajo huesos

5 Respuestas a “No importa

  1. eres un orfebre ensamblando y encajando piezas. Si pudiera regalarte algo sería un flashback sin retorno posible y sin memoria para que no pensaras que es un déjà vu y poder así empezar de cero.

  2. trying hard not to sell dreams for small desires

    Many years ago there was a radio station in Los Angeles, it was called the mighty KMET. The station had a disc jockey named Jim Ladd that gave me my first rock and roll education. He played Dylan, The Band, Pink Floyd and others. I didn’t have a “stereo” in my bedroom so I used to beg my older brother to wash his car (an ol’ piece of crap). Oh, man, he had a car stereo and I could listen to rock music at full blast. My idea of Saturday afternoon heaven was washing his car while listening to Like A Rolling Stone. I didn’t understand the meaning of the song, but it didn’t matter.

    • bichito

      In the good old days of Spector, Motown and Stax they equalize thinking in car radios… Those songs only have power inside of a car.

  3. trying hard not to sell dreams for small desires

    p.s. i love your music posts!

    and….

    we’re glad you received the postcards

    : )

    thank you, sir

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