Escuela de Amor

John Cheever baja a la calle y, comprueba, entre sorprendido y asustado, que Ossining-New York ya no es Ossining-New York sino Madrid, que un golpe ha despedazado todos los símbolos y el sonido parece amortiguado por la cualidad amenazante y saturnal del agente de policía que vigila el pleno del Congreso.

El camino hacia el autobús, la náusea de la oruga…

Llama a alguien, cuelga unas palabras en un nicho de voz, en otro idioma, ya no sabe hablar inglés, tropieza en los tiempos verbales.

No encuentra el bono de transportes. ¿Compraste un bono?, se pregunta. No lo recuerda y paga con una moneda de dos y una de diez y una de cinco y le devuelven un euro y, un segundo más tarde, no recuerda el gesto de la devolución, tan importante, trascendente incluso para hacer el trayecto más fácil.

Castellana arriba, hacia los barrios altos en cuyos locales y embajadas y negociados teme entrar porque alguien podría partirle los dientes, se sienta en sentido contrario a la marcha, frente a un par de hombres extranjeros, imagina que peruanos, quizá chilenos, ambos con gafas graduadas de sol y con sendas carpetillas transparentes con cédulas, impresos y otros papelajos, que hablan sobre permisos de residencia y trabajo y esos temas de los cuales nadie debería hablar porque vivir es suficiente.

En la cafetería, donde entra para hacer tiempo, porque siempre, maldita sea, llega con un cuarto de hora de adelanto, hay equipos de televisión que esperan para entrar en un estadio de fútbol que la parece  insultante y dos tipos que negocian un asunto inmobiliario y mencionan, y la cantidad flota como un ángel sobre el olor a tortilla y carne, la cifra de “doscientos millones.”

Resuelve algún asunto cretino y vuelve Castellana abajo, hacia la casa -qué tranquilidad ansiolítica contienen algunas palabras-, abre un cuaderno y, con la delicadeza necesaria para tocar una fuga en el piano, anota:

Caminas sobre piedras de colores extraños. Contemplas la multitud de formas, desconcertado y contento. A cien metros de la playa encuentras una caracola con una telaraña en la boca. Durante la pleamar aparecen las rocas frente a la costa, coronadas de algas oro verde. He aquí una concha, semejante a una pelota aplastada, con el centro rosa. La línea, torcida y cambiante, señalada por la hierba marina y las cajas de comestibles, las botavaras de los barcos y un timón roto, es una de las imnumerables imágenes de la muerte que causan poco a nada de miedo, porque hay cambio, hay recrudecimiento y putrefacción: el aire está impregnado de su hedor, su ruido casi no cesa. Y por otra parte te sientas junto al mar a beber ginebra, fumas, charlas, hablas demasiado y sin objeto, te quitas los zapatos y paseas por el suelo del mundo pensando en deudas impagadas, gastos de colegio y cheques sin fondo.

John Cheever se queda dormido en la butaca y sueña con un icono del siglo XVI que compró en Atenas y que ahora preside la sala principal de una Escuela de Amor, donde imparten clases sobre “el mortal error de confundir la adoración con la ternura” y “el poder de la ansiedad para iluminar el mundo con morbosos y atractivos colores”.

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1 comentario

Archivado bajo hotel calvario

Una respuesta a “Escuela de Amor

  1. trying hard not to sell dreams for small desires

    I like the idea of Cheever in Madrid.

    Me llena de imaginación ver a un Cheever que no sabe inglés.

    Cuando era una chica de 20 y algo yo no le tenía miedo a Cheeverland. Ahora si. Creo que había leído tres o cinco de sus 100+ short stories y ya me creía experta. Ah, que pena me da mi arrogancia de esos años.

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