Archivo de la categoría: hotel calvario

Apóstoles lunáticos

Mañana de sogas trepadoras. Un mono podría divertirse en mi selva de sudor. El soplete de julio.

Vivo aislado desde tu fuga anual hacia naciente. Conduzco con los ojos cerrados.

Veo el fútbol en la televisión. Cuando los jugadores españoles marcan, grito “¡gol!” pero interrumpo el grito porque es de lunáticos gritar para uno mismo.

Me acompañan Gillian Welch (“nobody knows my name”), el Bob Dylan más zascandil (“I wanna be your lover, babe”) y algunas historias de malaventura, calamitosas crónicas de calamitosos músicos, que leí anoche por casualidad en una vieja revista musical.

“Unlucky!”, dice el titular, en letras capitulares roídas por los caninos biliosos de la sub historia y la ingratitud.

Estos son algunos de mis compañeros de parranda, no espero llamadas de otros, ya no quedan números, todas las llamadas son para ti:

1.
El telefonazo anónimo a la Policía sobre un cadáver de yonqui, en diciembre de 1980. El muerto, jeringuilla en el brazo, era uno de los compositores más sutiles del siglo, Tim Hardin, colgado de un sueño. El mundo estaba demasiado ocupado en esas fechas llorando a John Lennon para preocuparse. Más de un muerto por vez se nos atraganta.

2.
La faringe insaciable de Little Willie John (tono claro como el agua de una fuente, necesitada, para compensar, de la combustión del whisky). El suyo fue un r&b con percusión de puñetazos y cerrojos de celdas. Demasiada furia en 150 centímetros de altura. Murió en la cárcel, en 1966, año de sonrisas. Nadie se moría en 1966, las gafas de sol eran muy oscuras.

3.
El nuevo Job, Roy Orbison. Accidentes de moto, hijos quemados en un incendio accidental… Pretty O, corazón roto como papel de celofán de la voz.

4.
El infortunio de los Zombies, el pop más inteligente de la british invasion, sancionado con la omisión.

5.
El blues en blanco de Jackson Frank, de ternura nubosa. Hospital tras hospital, día tras día. Cuando descansaba la vejez y el desaliento en el portal de su casa de Queens, una bala perdida se le clavó en un ojo. Ningún obituario para los ciegos.

6.
Bobby Fuller sonaba a los Beatles antes de los Beatles. Sucedió en Texas, donde la arena tiene surcos de pentagrama. En una madrugada de 1966, se metió en su coche y chocó, por decisión propia, contra un tanque de gasolina. El humo dibujó letras en el amanecer:  I fougth the law (and the law won).

7.
Moby Grape, los primeros en encararse con tres guitarras al mismo tiempo. También se encaraban con otros instrumentos: durante la última grabación, el genio extraterritorial Skip Spence atacó al resto de la banda con un hacha.

8.
Calor fatídico. El mejor grupo de blues del planeta, Canned Heat, los únicos escuchados con respeto por los negros. Ganaron la lotería del cementerio: Al Buho Ciego Wilson cayó con los barbitúricos; Bob Hite, con la heroína, y Henry Vestine, con un infarto…

9.
Sadfinger. Apadrinados por los Beatles cuando quisieron ser mecenas, Badfinger fueron representaciones en negativo del primor de sus canciones. Pete Ham y Tom Evans, como buenos colegas, escogieron la misma puerta de salida: el suicidio.

10.
Terry Reid. Tuvo el coraje de decir no a Jimmy Page cuando lo invitó a ser el cantante de Led Zeppelin (una pena, la voz de Reid rasga con la espontaneidad de la que carece el niño de pasarela Robert Plant). Hizo un disco inolvidable, River, y se esfumó en la nada.

Apóstoles blandos, buena compañía para gritar como lunáticos.

Anuncios

4 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

Tinta válvula

“Soy la sed de la tierra de Joshua, algún día beberé”, había escrito Gram en una carta a Emmylou.

Hablaban durante horas, pero necesitaba escribirle: la tinta parecía dar más alcance a las palabras. La tinta, una vez derramada, sigue palpitando, es una válvula.

“Ha venido a verme la vejez al espejo, siempre el voraz mar en calma del cristal, encerrando mi alma en la oscura mazmorra, el eje sobre el que todo gira. Alojado en la memoria, en una posada subterránea. Así vivo. La luz del sol entra filtrada por un colador, nunca es íntegra. Me olvido con frecuencia, decaigo, conjugo el verbo trasladar y termino detenido. Quizá así sea siempre, todo oscuro, como la sombra entre las palmas de las manos. Tengo muy poco, Emmy, muy poco. Las bisagras de mi carrusel han encallecido: ya no se alza la montura, no se encabrita, el mundo se escurre y ni siquiera lo advierto, ¿es posible un endurecimiento de la vista, un desinflarse de la voz? El tiempo se disuelve, no queda rastro. Tengo miedo, pero ni siquiera padezco el miedo. Soy el sin sentir. Pero, tranquila, ardillita, será fácil olvidar. Es fácil considerar que vivir y revivir y pervivir y sobrevivir son colillas chupadas”.

Ella encontró la carta cuando, meses después de la muerte de Gram, fue capaz de sobreponerse y, soportando la mancha de petroleo de la ausencia, se decidió a repasar los papeles. No había leído nunca la carta, redactada en un incongruente papel cuadriculado. Gram no franqueaba el correo. Gram no sacaba la basura.

Emmylou leyó oprimida por una camisa de latón. Leyó por segunda vez y cerró los ojos. Leyó por tercera vez.

“Para siempre, para siempre a pesar de todo. Yo era la única que sabía del eclipse, pero no estaba allí para alumbrar, para encender la vela que parecía inagotable, la del pequeño vaso azul, nuestra hermana de tardes perezosas. Me has amputado”, escribió a lápiz en los márgenes de la carta, queriendo que las arañas de sus letras tendiesen una red con la caligrafía del muerto.

(Esto es una mínima porción de lo que algún día será mi libro pendiente. Lo publico en honor a una amiga que conoce los secretos botánicos de las flores que poblaban el jardín de Gram y Emmylou)

2 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

Víctimas

Elvis está muerto, enterrado en mi garganta inflamada de eclipse..

Está muerto, destripado por sus emuladores, aplastado por un camión con llantas de alambre.

Elvis dijo: “Tengo miedo de apagarme de la misma forma en que me encendí”. En 1956, un siglo antes de Kurt.

Bien muerto, su cuerpo es una foto, un beso de puntas de lengua, un flash que, zas, ya pasó.

Cuando a Elvis le pidieron que se definiera a sí mismo, se negó. “¿Por qué?”, insistió el periodista. “Porque me asusta”. En 1956, muchas noches antes de Kurt.

Elvis está muerto. Vi el cadáver, hinchado como un odre, en el Hotel de los Corazones Solitarios. Los forenses no paraban de reír.

Elvis está muerto. El coche fúnebre era un tren.

Elvis era perfecto: guapo, inocente, víctima. Las víctimas son los muertos.

Deja un comentario

Archivado bajo hotel calvario

Hoscos

Escuchar a Elvis como sorprendiendo un acto prohibido, escupiendo sobre la tumba de tu madre, rayando el cristal de la foto de bodas con uñas de heladero despechado.

Escuchar a Elvis (cuando todavía hablaba en plural):

Somos hoscos, somos melancólicos, somos una amenaza.

Escuchar a Elvis en las sesiones secretas de los años setenta, penetrando en el cañón de la pistola, extendiendo el cieno mientras esperas las fauces del caimán.

Escuchar a Elvis:

Ojalá fuese una manzana colgando del árbol.

Escuchar a Elvis entregándose a la cartografía de los tigres y las camisas de labrador, abriendo el grifo de agua caliente para escaldarse.

Necesito que me cuides cuando hace calor.

Escuchar a Elvis en la luz sombría de una feria de ganado en Jacksonville, una silueta de ave rapaz sobre el tablado mojado de agua fangosa y orín.

Ven a casa, Cindy, Cindy, ven a casa conmigo.

Escuchar a Elvis dejándose embrujar con la camisa color lavanda, la levita de brillos viejos, la hebilla del cinturón haciendo percusión con la caja de la guitarra.

Ojalá fuese un pájaro azul sobre tu hombro.

Deja un comentario

Archivado bajo hotel calvario

Difunto

No busques a nadie, opta por la primera persona que encuentres, opta por la primera idea que tengas.

El rock trata casi siempre sobre trasladar grandes cajas negras de un lugar a otro de la ciudad en la parte trasera de tu coche, tu propio coche, O SEA QUE no hace falta nadie para conducirlo porque puedes hacerlo TÚ MISMO.

A veces llevas el cadáver de uno de tus hijos en una de esas cajas y no recuerdas quién lo ha metido ahí, tan bien doblado que parece esperar que lo despiertes con tierra o que llame por teléfono uno de sus limpios amiguitos.

:::

Las únicas canciones que valen de algo son aquellas por las que transitan personajes que saludan al perro, piensan en profetas, viven en un mundo sin electricidad, aseguran que el asesinato es una forma de protesta social, dejan de escuchar para siempre los discos de Neil Young, entran en un bar y hablan con la camarera, compran una camiseta con la inscripción: I like The Kinks, life stinks, saben quién era Sugar Ray Robinson… Personajes peligrosos como lápidas.

El rock es mala poesía pero, gracias a dios, la vierten sobre primitivos ritmos folklóricos, es decir, la redimen.

Y al final regresas a tu cuarto: para matarte o para quedarte dormido.

:::

No es verbal, no es narrativo, no pierdas el tiempo pensando cómo es.

La ropa interior del rock debe estar sucia; el alimento, amargo; el futuro, muerto.

:::

Escenarios recurrentes: casas humildes, bares sin posters de John Lennon en las paredes, cañaverales en las riberas de un río contaminado….

:::

Nunca te vistas de rayas, nunca uses zapatillas: contraste y botas.

:::

duerme, niña, duerme, no dejes que la sierra te despierte
envuelve en tus sábanas de bucanera las espinas de cristal
destellos y crepúsculos para ti, delirante
ventanas de lágrimas para ti, gota de sangre
rock and roll all night long para ti
ebria y blanca, so fuckin’ nigger

:::

En la tradición de la música folklórica, a la cual el rock se encadena de manera inevitable, la imagen del río es una de las más poderosas.

Se trata de un refugio de ópalo, un mustio crepúsculo para el amor empobrecido, donde, como sucede en Down in the Banks of the Ohio o Story of the Knoxville Girl, las jóvenes preñadas son asesinadas por sus amantes y arrojadas a las aguas.

La esencia del rock es un crimen.

Neil Young la respetó en Down by the River y Bruce Springsteen la profanó en The River, donde el incorrecto crimen se transforma en un moral doble suicidio (quizá en un crimen y un posterior suicidio).

:::

los discos deben saber a sal
a tristeza sin nombre
al espíritu del viejo río callado

:::

En febrero de 1923, para contestar a los universitarios burgueses y protofascistas de Lisboa que pretendían moralizar a la sociedad, Fernando Pessoa difundió un manifiesto:

Ser joven es no ser viejo. Ser viejo es tener opiniones. Ser joven es no tener que dar opiniones (…) Escuchad niños: estudiad, divertíos y callaos la boca (…) Porque sólo hay dos maneras de tener razón. Una es callarse, y es la que corresponde a los jóvenes. La otra es contradecirse, pero hay que tener más edad para practicarla.

:::

El rock de ahora –si es que tal cosa pervive–, comparte jeringa con el dogma: pienso esto, creo aquello, conviene que hagas tal movimiento, sufro mucho…

Hedonismo pancista.

Un tipo como Presley –cuyas letras son accesorias: aire y fonemas– es inconcebible en estos tiempos.

Lo lapidarían por ser tan católico, tan Niño Jesús.

:::

Por ejemplo, la desesperación de imitar.

Todos esos hijos renegados, ¿la sienten?.

O, ya que quizá no dispongan de la sensibilidad adecuada para sentir, ¿la perciben?.

Tienen suficiente competencia (económica) para descubrir Japón y talento (de sastrería) para moverse por el downtown de Nueva York.

Pero no tienen dignidad para reconocer a sus padres.

:::

Esto no es una narración, esto es la realidad tal como sucede en este momento, Radio Verdad.

Así era el rock en otros tiempos, puro hasta la obscenidad, expuesto como la cuchara de plata de un viejo yonqui.

El mundo era de cera y el rock la moldeaba.

:::

Por ejemplo, el exhibicionismo sacerdotal de los prima donna de este tiempo, la relación sexual que mantienen con los medios de propaganda (el photocall, el phoner cronometrado, el estilismo, los negociados de imagen y comunicación…).

El ruido, el maldito ruido manso.

Cuando solamente necesitamos cebollas y pan.

:::

Arcilla febril en las manos de un niño: una bendición nacida de la inagotable fe en las múltiples formas del futuro, en los sueños ganados.

Así era el rock de los años puritanos, acaso por ello él mismo puro, ignorante, un canto total y nada confortable.

Un canto que hacía sonreir a la muerte, como en las canciones de la Carter Family.

Un canto de baratijas momentáneas, porque, hermana, nadie leía a Schopenhauer, a Walser, a ninguno de esos feriantes europeos.

Manchar de arcilla tus labios tras robarte un beso, eso era lo necesario.

:::

En el prólogo a la primera edición castellana (1947) de la insólita novela Ferdyduke, publicada por primera vez en Polonia diez años antes, Witold Gombrowicz (1904-1969), resume en dos los problemas de su protagonista, la inmadurez y la forma:

Es un hecho que los hombres están obligados a ocultar su inmadurez, pues a la exteriorización sólo se presta lo que ya está maduro en nosotros. Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima? Mientras fingís ser maduros vivís, en realidad, en un mundo bien distinto. Si no lográis juntar de algún modo más estrecho esos dos mundos, la cultura será siempre para vosotros un instrumento de engaño.

:::

Los mitos del rock, una forma culturalmente no lograda, son mitos inmaduros: el camionero (Presley), el granjero (Hank Williams), el mentiroso (Dylan).

Amenazantes, absurdos, anárquicos.

No les importaba el baile: bailaban.

:::

Ahora priman los grupos de artificiosa inmadurez, grotescos en su niñería treintañera, irresponsables, sub-cultos, animadores del Halloween-todos-los-días.

O bien los cargantes artistas de lo artístico: intelectualistas de birra y estrellas, mórbidos nuevos rojos, payasetes con derecho a titular, tan educados que apestan.

:::

En fin, el racismo contra todas las personas, animales y cosas que pueblan los Estados Unidos.

Una xenofobia de ámbito geográfico que se resume en la frase “no parece yanqui”, un recurso para emitir una condena a los malos y un salvoconducto a quien conviene, para no enviarle al crematorio que administra la podrida Europa y su podrido etnocentrismo.

:::

Por ejemplo, la única música viva que hereda el dolor del blues, la agitación del rock and roll primero y la sensualidad del soul es el hip-hop.

“Cosa de yanquis”, se dispara sobre el género al completo, sin esperar a la comprobación, sin interés por nada más que las emisiones de la MTV o la VH1, sin tener la decencia de escuchar, de reconocer, de dar nombre a cada canción.

:::

¿Hay algo más absurdo que las obras completas en el rock?

El verdadero juicio debería plantearse canción a canción.

Siempre triunfaría Phil Spector. En segundo lugar, la Stax. Después, Folkways. Más atrás, la Motown.

Todo lo demás es prescindible, placebo, mentira.

:::

No gusta la extravagancia sino la locura: vivos colores, grandes palabras, gestos…

La extravagancia susurra, elegante y sola, aniñada, arrimada a los calmantes: da miedo.

La locura vende bien.

:::

Natalia Ginzburg escribe sobre Emily Dickinson:

Bovaristas como somos, llenos de autocampasión, nos sentimos escépticos e incrédulos ante todo cuanto pasa a nuestro lado con indumentaria provinciana de diario.

:::

Así, digamos, Tom Waits es el inteligente loco al que adoramos: culto, con buenos amigos y bonita ropa, aire canalla y letras respetables según los cánones de las facultades de Filología.

Firmado, sellado, enviado, es nuestro: “parece europeo”.

Es decir: “no parece yanqui”.

Pese a que adora el rap (cuya técnica vocal utiliza desde desde hace años: llegó tarde al oficio, pero, al menos, se abrió de orejas) y su maestro, Harry Partch (1901-1974), del que bebe desde hace un cuarto de siglo, sigue siendo el provinciano extravagante del que reirse un poco.

Una moneda para el fundador de la música de huesos, el extravagante; un Nobel para Waits, el loco domado.

:::

En la última novela de Cormac McCarthy, The road, uno de los personajes afirma:

There is no God and we are his prophets.

Esa sencillez de la que brota una luz profética teñida de sangre es lo único que busco.

Es muy yanqui.

:::

No es arte, no tiene afán de perdurar, su olor subsiste menos que el de un excremento animal al sol.

La historia del rock es la de un exilio: llegar a otra tierra con dioses difuntos y ritos desacralizados por el roce.

Ya no queda nada, ni siquiera el perfume podrido.

El rock es un difunto y, como nos enseñaron padres, maestros y sacerdotes, honramos a los muertos.

:::

Este texto, una suerte de oratorio, me acompaña desde hace varios años. Añado cuentas al rosario de vez en cuando, copio nuevas diatribas que antes escribí en libretas o papeles sueltos. Es una salmodia. Por tanto, ha de ser repetido desde el inicio cada vez que se enuncia. Si alguien ha leído parte de él en alguna de mis casas virtuales, le permito eludir el sometimiento a esa regla, que me pertenece sólo a mí y que yo sólo estoy obligado a cumplir.

2 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

Año Rimbaud

A los 16 años busca agotar cada variedad de veneno para alcanzar un “largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Dice “trabajar para ser el vidente”, porque “yo es otro (…) ¡y al carajo los inconscientes que pedantean acerca de lo que ignoran por completo!”.

A los 18 se confiesa “maldito” y “hastiado”, reniega de la “mala sangre” europea y escribe el único libro que publicó en vida, Una temporada en el infierno, obra alquímica y de una perenne capacidad para producir vértigo: “La desgracia ha sido mi dios. Me he tendido en el fango. Me he secado al aire del crimen”.

El poeta borracho, el punk ilustrado, el salvaje niño de pies alados, tenía el carisma hipnótico y rebelde de una estrella del rock.

Su frenético vómito manchó a todos. Sin Arthur Rimbaud (1854-1891) no hubieran sido posibles, al menos tal como los conocemos, el surrealismo, los beats, Jim Morrison y la prole de chamanes aullantes del hipismo, Bob Dylan, Patti Smith, Kurt Cobain, Henry Miller, William Burroughs…

Entre los 14 y los 18 años, le llamaban “el niño sublime”. Era caprichoso, iluminado (pintaba “Muera Dios” en las iglesias) y daba sablazos a los amigos con tanta destreza como la que empleaba en la diaria nigromancia poética (“registrar lo inefable” para “cambiar la vida”). Todos sucumbían ante sus andrajos, cabellera desquiciada y santidad febril de los ojos azul pálido.

Dijo de sí mismo que sólo tenía un emblema, “la bandera del hombre que sangra”. Desde 1875 la desplegó para darle la espalda al niño en llamas y ser, finalmente, otro. Hasta su muerte -a los 37 años, con un cáncer de huesos agravado por una mal curada sífilis- no volvió a escribir literatura (“soy mayor para eso”). Quizá ya la había escrito toda. Quizá dolía demasiado.

Ahora tenemos la oportunidad de leer en castellano el único género que cultivó Rimbaud tras escapar de sí mismo, el epistolar. Todas las cartas conocidas escritas por el poeta son el debut de la editorial Barril & Barral (Prometo ser bueno: cartas completas, 25,50 euros).

El volumen revela con una luz de blancura despiadada la retraída intimidad y vocación de huida de Rimbaud: caminante sin rumbo, mendigo y empleado de circo en Alemania, Austria, Holanda e Italia; mercenario y desertor en Java; capataz de obra en Chipre y, finalmente, comerciante de lo que se terciase, traficante de armas y, según algunas biografías, también de esclavos, en Harar (Somalia).

Desde la ciudad islámica, asediada por siniestras hordas de hienas nocturnas, en la que Rimbaud vivió entre 1880 y 1891, proceden las misivas más conmovedoras y ajenas a la leyenda.

Gran parte están dirigidas a su querida hermana Isabelle. “La soledad es cosa mala. Yo echo de menos estar casado y tener una familia. Pero estoy condenado a errar”, dice en una. “Me porto bien, pero el pelo se me encanece por minutos”, añade en otra.

Pide que le compren una media para las varices en “una pierna larga y enjuta” que predice el tumor; reclama manuales de geología, un sextante, una cámara de fotos con la que se retrata con el rostro casi velado; da cuenta de negocios, del precio del marfil, el café y el oro, de sus tratos con reyes tribales y aventureros de fortuna, de temerarias expediciones a territorios casi incógnitos…

“Uno envejece muy rápidamente aquí”, escribe en una de las últimas cartas africanas. En marzo de 1891, con la pequeña fortuna que ha amasado, le trasladan a Adén en camilla. Los dolores en la pierna son insufribles. Embarca hacia Marsella. “Me cortaron la pierna hace seis días (…). En unos meses volveré a Harar”, escribe tras la operación. Sólo piensa en desaparecer.

Los dolores no le permiten dormir y la morfina no aplaca el tormento. “No dejo de llorar día y noche, soy un hombre muerto”, dice a Isabelle, que acude al hospital desde la villa natal, Charleville, en las Ardenas francesas. El padre, militar disoluto, había abandonado a la familia. La madre, autoritaria y rígida, abjuraba de su hijo.

El 10 de noviembre de 1891, Rimbaud muere sin saber que ya era un mito entre los simbolistas.

A los 16 años, el autor de la obra más inflamada de la poesía moderna había dictado el único mandamiento necesario para la vida: “Hay que ser absolutamente moderno”. Antes de fallecer, por deseo de su hermana, recibe los sacramentos. Sus últimas palabras fueron: “Me creen loco y tú, ¿crees que lo estoy?”.

:::

Entre ayer y hoy D. y yo hemos cruzado un par de correos sobre Rimbaud. Empezó él, siempre atento, informándome del hallazgo de una nueva foto del poeta, mayor y vacío, en Adén. Yo le envié un vínculo al artículo que escribí para el diario y que pego en el cuerpo principal de esta entrada. Al releerlo caigo en que lo publicaron el 16 de abril de 2009, hace hoy un año. No sé qué demonios significa la coincidencia. Supongo que nada, supongo que todo.

2 comentarios

Archivado bajo hotel calvario

Madison, West Virginia

Madison, en West Virginia, en medio de nada, una realidad acartonada.

El zumbido de un camión en la carretera estatal 98 es el único encanto.

Las ceremonias religiosas con serpientes, el único show.

Demasiadas colinas, nominación de aquello que nunca será montaña.

El censo presente ronda las dos mil almas. En los años cuarenta encontrar un alma en Madison era tan difícil como encontrar una montaña.

Los niños tenían poco y Hasil Adkins tenía menos que poco. Resultaba natural enamorarse de la radio de onda media: Hank Williams vivía allí dentro.

El locutor decía:

Jambalaya, por Hank Williams.

No mencionaba a los Drifting Cowboys, no es insólito: tampoco se nombra al padre cuando se habla del hijo.

Hasil estaba convencido de que Williams era el todo-a-cien de aquella canción, el hombre-orquesta que guisaba aquel cocimiento de anguila y cangrejos de río, cantando, porque El Idioma es de de los simples, en una jerga de paleto:

Goodbye Joe, me gotta go, me-o my-o
Me gotta go pole the pirogue down the bayou
My Yvonne, the sweetest one, me-o my-o
Son of a gun, we’ll have good fun on the bayou

El chico de Madison decidió dedicarse a la artesanía, ser como el Hank que imaginaba: potente y suficiente.

Jambalaya, a-crawfish pie and-a file a-gumbo
‘Cause tonight I’m gonna see my machez a-mio
Pick guitar, fill fruit jar and be gay-o
Son of a gun, we’ll have big fun on the bayou

Hasil hizo tambor de un tonel y aporreó la guitarra de saldo. Cantó mejor que muchos, mejor que Gene Vincent, por ejemplo.

Registró las canciones en una grabadora de bobina de dos pistas.

Nunca se atrevió con Jambalaya, pero, al tiempo, nunca dejó de cantar Jambalaya.

Thibodeaux, fontainbleau, the place is buzzin’
Kinfolk come to see Yvonne by the dozen
Dress in style, go hog wild, me-o my-o
Son of a gun, we’ll have big fun on the bayou

Hasil Adkins murió en Madison, el mismo lugar en que nació. Falleció hace casi cinco años, el 25 de abril de 2005. Tenía 67 y seguía siendo The Haze, su nombre de guerra.

Tengo una razón para visitar Madison. La mejor de las razones: una tumba.

:::

The Wild World of Hasil ‘Haze’ Adkins
1 | 2 | 3

2 comentarios

Archivado bajo hotel calvario