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Perfil

Pongamos a cocer un pastel de jengibre para llenar el día de coronas.

Estampemos sellos de correos en el orín de las campanas.

Encontremos la tendencia, vivamos de hebras de niebla, cultivemos parodias para merendar como sabios.

Imitemos al Santo Niño de Van Der Weyden, rasguemos el Viejo Libro.

Midamos el progreso. Descálzate, la espalda recta contra la pared del patio.

Trazaré tu altura con una linea de lápiz.

Redactaré nuestra Constitución.

Toda mi ley será un perfil.

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Deseo de ser futuro

Dicen que el futuro es la cabeza de un perro, que se presenta como una niña enferma, una boca hambrienta de recuerdos. Dicen, cabrones, que es un planeta insólito, que no hay suficientes filtros para la máscara, que el último aliento es un caricia quirúrgica.

Dicen que las fauces del futuro son el bolsillo de un preso, una biografía de migas de pan, agua destilada y paquetes de tabaco, que el futuro es un garito donde siempre eres demasiado joven para entrar, un camino continuamente desandado, que el futuro, como la madre tierra, deja suturas y no reembolsa donativos, que se pone serio si pretendes bromear.

Dicen que el futuro es un grupo armado, el peligro en todo silencio, un número oscuro impropio del álgebra.

Dicen que el futuro se suicidará -porque los chicos de campo adoran el cuero- colgándose del cinturón, exhalando un último suspiro de siete octavas de pana

Dado que los límites del mundo son límites de lenguaje, dicen que el futuro gobernará como un adolescente, callando lo que no se puede hablar.

Leo que Pola Oloixarac, la nueva Lolita de la literatura del glamour maleducado (pero no tanto, vean su blog de beauty queen de las de siempre) también, mientras posa para la foto, habla del futuro:

La modernidad es nuestra antigüedad, recurrimos a Baudelaire y Duchamp como los renacentistas babeaban con los grecolatinos. En términos culturales, es un poco inevitable. Ésta es una época renacentista. No me culpes por ello.

Deseo que me entregues a las fauces del futuro, a la tautología de tu cuerpo, solamente una vez conocido pero siempre repetido.

Cuando braceo en la métrica de la ropa de dormir, cuando quiero que tu mano buscadora sea mano de choque, cuando te repito con aplauso de alas, cuando me suspendo de los hilos que empuñas, cuando imponemos silencio quitándonos bocados con percusión de dientes, cuando pido la muerte y autorizas, cuando prensas en un segundo, un aislado segundo, el caramelo del futuro disolviéndose sin enigmas, cuando soy el borde de tu barranco y el fondo de tu barranco…

Entonces el futuro, como la revelación de un martir, deja de ser inexpresable en ti y sé que nuestro futuro será desesperado o no será.

La modernidad es nuestra antigüedad, recurrimos a Baudelaire y Duchamp como los renacentistas babeaban con los grecolatinos. En términos culturales, es un poco inevitable. Ésta es una época renacentista. No me culpes por ello.

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Deseo de Denver

Anoté dos sentencias de Papá Cheever, de quien releo Bullet Park:

Una:

No podemos desentendernos de la universal soledad de los tiempos que vivimos.

Otra:

Viajamos casi siempre en avión, pero el espíritu de nuestro pueblo sigue siendo aún el de un país de trenes.

No nos tocará una vida suburbial, chejoviana, en ese lugar de los Estados Unidos donde supusimos, quizá demasiado ciegos, que podríamos establecernos.

Te llevaré a través de Papá Cheever. No tengo más defensas contra la soledad que mi mano abierta y el montón de libros que voy olvidando en cada esquina.

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Deseo de ser escudilla de arroz

“Cuán monótona sería la vida sin mi soledad”, escribió el poeta-samurai japonés Saigyõ (1118-1190), un espíritu limpio que se retiró a vivir en una choza de montaña, sin más posesión que unas escudillas para hervir arroz y un manto de arpillera para abrigarse del frío. Saigyõ estaba convencido de que cuanto más se posee, más libertad se pierde. Sus únicas ocupaciónes eran contemplar el mundo, como flotando sobre él, tres centímetros por encima del suelo, y, mientras tanto, escribir poemas.

Sencillez, es cierto. No deberíamos estar atados a nada, ni siquiera a nuestras propias acciones; deberíamos vivir desvinculados, educarnos en la oscura intuición de la duda, infinitamente pobres, nobles, despiertos. Como el poeta-samurai, con la única compañía de las flores, la luna y las palabras.

Ojalá pudiera aplicarme un downshifting semántico, un camino hacia la esencia como sordo germén creador, un menos es más léxico en busca del ser de las palabras. Dejar de vivir en las cuevas de Altamira de la lengua.

Estamos apagando la luz del lenguaje con las nuevas hoja en blanco, estos sanatorios virtuales que frecuentamos, con el mismo ánimo que a una conversación de zoco, con la lengua desatada y supuestamente libre del alboroto. Cuando paseo anónimamente por algunos e-foros sociales de gran tráfico siento lo mismo que en algunas cafeterías: un colosal estruendo bélico. Desde el punto de vista del cómputo, el barullo de la simpleza da resultado, sin duda. Los banderines publicitarios que presiden estas nunciaturas del “hola, tronko, mírame, sé tanto, siento tanto” son atareadas cajas registradoras, interpretando los sabroses acordes del dinero en efectivo.

Del mismo modo que confundimos espectáculo con escándalo y arte con pirotecnia, la palabra es jerigonza. Nos llenamos la boca de ciempiés para no mostrarnos mudos, tal cual somos. La sencillez, la espontaneidad que se despacha en las provedurías de la nada es un énfasis plagado de admiraciones y exclamaciones, incluso de iconos gestuales que hablan por nosotros. Smiley y su prole han secuestrado nuestra voz.

No está bien poseer las palabras como saldo bancario ni utilizarlas como lápida. Como patrimonio indispensable merecen un respeto devocional. Es suicida arrancarlas como se arranca una flor de la grieta del muro, o dilapidarlas como se dilapidan los bienes materiales. Las palabras, sobre todo las escritas, fijadas en el lienzo, son la “duda sabedora” de Rilke y el “largo silencio” de Pavese, la casa de nuestro retiro y silencio, la única fidelidad.

Otro poeta japonés, Tachibana Akemi (1812-1868), otro cultivador de palabras como bulbos, dijo:

Todo lo que puedo hacer es
Jugar a escribir poemas
Ya me encuentre
En el cielo o en la tierra
O haya entrado
En el otro mundo
Los escribiré
Como si estuviera en éste

No debemos pedir sencillez a las palabras. No debemos pedirles nada, como nada pedimos tampoco a la escudilla de arroz y la arpillera.

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Deseo de ser rata

Me asomo al diario como al balcón, en busca de un panorama, una mirada… En mi caso, la ceremonia tiene carácter tóxico: si no leo el diario sufro arritmia y sudor frío, me asalta el desconcierto, creo residir en un planeta extraño, no soy capaz de manejar máquinas de precisión, dejo de entender la progresión inexorable de los días y las noches, desayuno vodka y ceno café con tostadas, llamo “amor mío”  a la vecina y confundo a los guardias con reinas del carnaval. Si no leo el diario, en suma, bordeo la sociopatía.

No importa la cabecera de mi preferencia, no estoy dispuesto a revelar en qué periódico empleo mis primeras monedas del día, secreto reservado que compartimpos mi quiosquera y yo. Apenas dejaré constancia, porque presumo de no formar parte de ciertas cuadrillas de tarugos, de que no se trata de una gacetilla de sólo-deportes con hombres enseñando las piernas con la misma procacidad que su pobreza mental. Tampoco, los tarugos con attaché también son tarugos, de uno de esos legajos asalmonados donde disfrazan de información económica las notas de prensa de los patrones.

Leo un diario, ¿qué pasa?. No me importa reconocerlo. Un diario normal, de pulpa de papel y tinta negra, uno de esos anacrónicos milagros que mueren cada día para renacer al siguiente. Un diario escrito antes que maquetado, no una pizarrita digital donde lo que prima es el tamaño del pixel y la colocación del banner. Un diario sin más links que mis propias manos.

¿Qué busco en la superficie de las planas del rotativo, cada vez menos ásperas, porque las bobinas de papel de Armenia, a precio de saldo, tienen textura de seda a costa de las coníferas taladas del Caspio? ¿Qué encuentro en las páginas ordenadas por secciones, en el mismo orden que la vida: nacemos internacionales, vivimos en sociedad, morimos, cada noche, en la programación televisiva, nuestro ataúd electrónico?

Mis paseos por el diario gozan de la deriva del jazz de Ornette Coleman, son inciertos, con desvíos y alejamientos. No busco nada concreto, mantengo una discreta independencia, me dejo asir por la música del lenguaje de los titulares, aunque no leo, por salud moral, ninguna información que contenga las palabras Real Madrid o Internet. Nunca escarbo túneles en la misma tierra que algunas lombrices.

No me interesa tanto la historia, la literatura del periodismo -que no es ningún cuento, como sostiene Gabriel García Márquez, sino pura necrología-, como el nombre del redactor, la firma, la mano que mece el tecladon de mi querido diario. ¿Qué cigarrillos fuma? ¿Qué secretos esconde? ¿En qué gasta el sueldo? ¿Aspira a medrar en la pirámide mediática? ¿Sueña con montar un e-media, uno de estos agujeros negros, vórtices donde el tiempo y la felicidad se pliegan sobre sí mismos? ¿Miente a menudo? ¿Acepta regalos de sus fuentes informativas? ¿Se deja la piel en el oficio o es simple albañil, pasteando texto? ¿Escucha la caja-engaña-bobos de los Beatles que compran las niñatas tontipop para convencerse de que “se parecen a Alondra”?

Pierdo el tiempo en ejercicios estériles, lo sé, pero tengo derecho a mi porción de pastel de ociosidad.

No siempre me comporto así, fisgando al cantante sin escuchar la canción. A veces me entero de cuestiones trascendentales en el diario, secretos alquímicos atravesados entre los desastres, la miseria y la dominación, vetas áureas en el estercolero.

Lo último realmente conmovedor que he averiguado es que las ratas de laboratorio sueñan repetidamente con laberintos. El hallazgo demuestra dos cosas. Primera, que papá Freud estaba equivocado, una vez más, cuando sostenía que los animales, al no disponer de lenguaje, de verbalización articulada, no tienen sueños.

Segunda, que soy una rata de laboratorio, porque todos mis sueños se limitan a la repetida circunvalación de una babélica estructura que nunca aprendo a recorrer en el buen sentido.

Estoy jodida y definitivamente mareado otra vez. Como la rata que deseo ser.

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Deseo de no usar comas

mientras estaba ahí tumbado boca arriba con la boca abierta como un cadáver soñaba con arroyos de agua de montaña negra y húmeda

A Cormac McCarthy no le gustan las comas. A mí tampoco, pero yo no hablo como las piedras, los zopilotes o los pellejos de ganado muerto.

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Deseo de ser necio

Cansado de otro día sin tono, carente de impulsos, pero desearías la falta de impulsos absoluta: la quietud en blanco de las técnicas simples (si es que la constancia y la entrega lo son) de vaciarse en una cañería, cerrar los ojos, tocar con la punta de la lengua la parte posterior de los dientes, aflojarse con naturalidad, cayendo (y callando) en los brazos suaves y perennes del aire que expiras, dejar de pensar, intentarlo, asistir al cine de nubes de las ideas, tan estúpidas, tan engreidas, tan débiles, y vivir sin ellas, pasear sin norte, dejar de tener idioma, meterte en la ropa como en los años…

Acercándote sin saber, deseando ser necio.

Ahora, en otro día, de nuevo la alianza de síntomas que tan bien conoces: el asco (no existencial, no es de tanta altura, sólo simple asco de faringe y estómago), la angustia, el mareo.

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