Grillos

la vida secreta de las canciones
en algunas se escuchan grillos
los nombres de algunas calles, un santoral para los pasos
la filiación de los ajusticiados, la filiación de los verdugos
la niebla sobre un lago artificial, un pañuelo para toda lágrima
las letras que componen tu nombre
los trazos de una caída, la tierna verdad de las rodillas despellejadas
el tono de un abrigo, el envés del abrigo, la piel dentro del abrigo
la fisonomía de la ciudad antes de ser entregada, dádiva, a los especuladores, los gangsters
la forma exacta, imperecedera, de mi primer Tom Sawyer
el final exacto de la Divina Comedia:
Aquí fuerza faltó a la fantasía / pero a mi voluntad tras de sus huellas, / rueda del engranaje, ya movía / Amor que mueve al sol y las estrellas
el estrépito de cada pájaro caído
la bolsa de papel que empleo como pulmón
los restos de arroz, como lágrimas, en un plato de porcelana
el dolor de uñas de la soledad
la mano roja de un blues
las cantinas sucias, las cantinas mejores
el trote de tus caballos en mi espalda
los collares verdes de la costa
la cabeza afeitada de un niño enfermo
los brazos de alambre de un amigo muerto
mi aldea arruinada
los timos del progreso
los motines en el cielo
la lana roja de un pullover
el grito de los barcos en la niebla

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Clic

Según sostienen algunos exegetas, la pintura puede representar a las palabras.

Dicho de otro modo: el lenguaje tiene una forma pictórica inicial.

Así, un brochazo no sólo estaría comunicando la tensión anímica del ejecutante, sus irascibles demonios o las dificultades para llegar a fin de mes.

Un brochazo, acaso una mancha redonda como un tomate lanzado a la calle, sería una proyeccción, de igual forma que la notación musical de una sinfonía sería proyectada en el contenido de un disco gramofónico o, por ejemplo, aquello que no quieres decir porque, crees, haría daño, pero ya lo estás diciendo en el no querer decir.

Las salpicaduras del tomate contra la falda clásica de la señorita, la pelambre de brocha del perro, las botas casi nazis del idiota nazi…tendrían tanto sentido como un signo.

De ser cierto, cabe que me pregunte qué jeroglífico dejan mis pasos, qué miserias proponen, qué odio rezan, qué soledad transplan para el diseño de la máscara…

Qué fraguan los suspiros contra la tarde cautelosa, los cigarros a medio fumar, transversales en el cenicero…

Qué proceso de desbrozo cometes cuando das el golpe y eres transfomado campo abierto.

El manicomio de una ciudad que dejé atrás se llama Los Abetos. El nombre también está proyectado, es un símbolo.

Porque nada hace clic como un manicomio, excepto el miedo previo a los manicomios y a la fonética apatía de los árboles que nada quieren decir y todo están diciendo.

Digo poco, no hay verdad eterna oculta bajo la vulgaridad de las cosas.

Todo sigue igual: espero que me despidan. Lo harán en unos días, quizá unas semanas.

Ojalá mis manos oliesen a pintura y trementina.

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Recidivante

1.
Por lo que sé, mi despido se concretará dentro de las próximas dos semanas. En tanto no sepa en qué condiociones me despedirán –pueden pagarme, según la ley de los patronos, entre 20 y 45 días por año trabajado–, me limito a dolerme de la situación, sin ser capaz de tomar decisión alguna.

2.
He pasado cinco días en Barcelona sin estar en Barcelona.

3.
Las fotos de la exposición están otra vez en casa. Todas. Sólo una venta (y ésta, a una amiga). La otra persona que había apalabrado una compra la anuló porque ha perdido el empleo.

4.
Mi diagnóstico sicológico ha sido modificado. De trastorno depresivo mayor de carácter moderado F32x (296.2x) ha pasado a ser trastorno depresivo mayor recidivante de carácter moderado F33x (296.3x) según la DSM IV

5.
Según el Diccionario de la Real Academia Española la palabra ‘recidivante’ no existe. Algunos, entre ellos mi sicóloga, la utilizan como sinónimo de reincidente.

6.
El día que me despidan quiza cometa alguna saludable gamberrada.

7.
Me siento recidivante.

8.
Perdón.

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Paren máquinas

Tenía escrito un borrador para esta entrada de la bitácora en el cuaderno que llevo en la chaqueta.

Quería hablar de la última novela que he terminado, una historia de sexo y muerte que se desarrolla entre Venecia y Benarés.

Hoy me han informado que la revista en la que trabajo está condenada a un casi seguro cierre. El grupo multinacional del que formamos parte no quiere productos con pérdidas, por mínimas que éstas sean (como es el caso: el déficit mensual desde hace un cuatrimestre no ha superado nunca los 4.000 euros, el precio de un billete de avión ida y vuelta a Benarés con alojamiento incluido).

El cierre –que no se ha materializado pero es inminente a no ser que ocurra un milagro– me dejará en el paro. Sean cuales sean las condiciones del despido, que pueden ir de pésimas a regulares, romperán el que con toda seguridad será mi último contrato por cuenta ajena. Tengo 55 años, no suelo callarme, valoro lo que hago, mantengo cierta conciencia de clase, creo que el periodismo debe ser moral y padezco tendencia a la depresión…

Es decir, tengo el peor de los perfiles laborales posibles en estos tiempos de “sí bwana, me hace usted feliz con esa sodomización laboral diaria, soy joven y me dilato a su gusto”.

Aunque la posibilidad del despido existía desde hace un tiempo, no puedo dejar de apenarme por otra causa perdida. Parecer ser que elijo los diarios que quiebran, las productoras de vídeo que no tienen futuro y las revistas gestionadas por pícaros diletantes que dejan la tierra tan quemada a su paso como para que nadie esté interesado en acudir a salvarnos.

No hablaré de Venecia o Benarés.

Quizá sea un buen momento para decir: “¡Al diablo todo eso!”.

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Mareo

Desde hace tres semanas vivo esperando que el despacho de agencia se me clave en el pecho como un cuchillo impersonal preguntando quién, cuándo, dónde, cómo y, sobre todo, por qué.

Así es el mareo que me ataca diez, quince, veinte veces cada día.

A veces es corto, un pinchazo, un lametazo de lengua de perro. Otras, generoso en duración, digno como el cordero de Pascua.

Siempre, breve o largo, me aborda con la violencia de un despacho de agencia con el que no tenía cita y me deja estremecido, convertido en cesto para el holocausto, atado a la viga del tiempo, con el pecho anidado de serpientes huidizas…

Es mi susto de niebla en la ventana, cuando al otro lado del cristal aparece, con velocidad fílmica, un niño famélico a punto de agonizar.

No me enorgullezco de mis mareos (son atardeceres huraños para el resto del día, para los demás, para mí), pero creía conocerlos tras casi dos décadas de convivencia marital: vamos juntos a la compra, seleccionamos pescado fresco y verduras, compartimos vacaciones y días de labor, nos guiñamos el ojo cuando alguien pretende hacerse el gracioso, discutimos por el placer de discutir…

Ahora, desde hace tres semanas, no sé qué pensar. Tengo la impresión de que me visitan otro tipo de mareos, más matriarcales y poderosos…

Me dejan grasa bajo la piel, dibujos de harina en la mirada y flores de suero en el pensamiento.

Es una forma de hablar, porque en realidad es imposible pensar cuando tienes un cuchillo en el pecho y las palabras no sirven de nada porque son musgo en el tabernáculo del sacrificio.

Si acaso piensas en la ortopedia de seguir y te preguntas qué anhelas encontrar, qué hueso expiatorio, qué alameda de laurel, qué cera derretida, qué plegaria, qué faz de sábanas, qué disputa luminosa, qué cartera vacía, qué fosa…

He recibido esta mañana un inesperado mensaje del director de la revista en la que trabajo. “Lo tenemos chungo, compañero”, me dice, cómo si yo fuese su colega de farra, como si su sueldo, tres veces el mío, no fuese frontera de clase suficiente. Hay cierta posibilidad de que la empresa transnaccional que nos domina decida el próximo lunes echar el cierre de nuestra publicación.

No me alegro. Tampoco me voy a poner a llorar.

Tengo un cuchillo en el pecho: ahora mi lengua tiene forma de príncipe, ahora mi lengua es voz de polvo, abreviada arboladura, piel afeitada.

Desde hace tres semanas vivo en el calabozo del mundo, en la vía destructora.

Soy hielo de cuchillo sobre la inflamación, callejón sentenciado a mí mismo. Deportado está todo.

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Víctimas

Elvis está muerto, enterrado en mi garganta inflamada de eclipse..

Está muerto, destripado por sus emuladores, aplastado por un camión con llantas de alambre.

Elvis dijo: “Tengo miedo de apagarme de la misma forma en que me encendí”. En 1956, un siglo antes de Kurt.

Bien muerto, su cuerpo es una foto, un beso de puntas de lengua, un flash que, zas, ya pasó.

Cuando a Elvis le pidieron que se definiera a sí mismo, se negó. “¿Por qué?”, insistió el periodista. “Porque me asusta”. En 1956, muchas noches antes de Kurt.

Elvis está muerto. Vi el cadáver, hinchado como un odre, en el Hotel de los Corazones Solitarios. Los forenses no paraban de reír.

Elvis está muerto. El coche fúnebre era un tren.

Elvis era perfecto: guapo, inocente, víctima. Las víctimas son los muertos.

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Hoscos

Escuchar a Elvis como sorprendiendo un acto prohibido, escupiendo sobre la tumba de tu madre, rayando el cristal de la foto de bodas con uñas de heladero despechado.

Escuchar a Elvis (cuando todavía hablaba en plural):

Somos hoscos, somos melancólicos, somos una amenaza.

Escuchar a Elvis en las sesiones secretas de los años setenta, penetrando en el cañón de la pistola, extendiendo el cieno mientras esperas las fauces del caimán.

Escuchar a Elvis:

Ojalá fuese una manzana colgando del árbol.

Escuchar a Elvis entregándose a la cartografía de los tigres y las camisas de labrador, abriendo el grifo de agua caliente para escaldarse.

Necesito que me cuides cuando hace calor.

Escuchar a Elvis en la luz sombría de una feria de ganado en Jacksonville, una silueta de ave rapaz sobre el tablado mojado de agua fangosa y orín.

Ven a casa, Cindy, Cindy, ven a casa conmigo.

Escuchar a Elvis dejándose embrujar con la camisa color lavanda, la levita de brillos viejos, la hebilla del cinturón haciendo percusión con la caja de la guitarra.

Ojalá fuese un pájaro azul sobre tu hombro.

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