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Poniente

Los mapas me seducen. Entre mis primeros recuerdos prevalece el de un gran atlas universal, muy pesado y de cubiertas sólidas. Lo desplegaba en el suelo de mi cuarto y, tendido sobre él, comenzaba el juego que superaba en hechizo a todos los demás. El Gran Juego: recorrer con el dedo caminos, ríos, elevaciones, sendas, terrazas, desiertos, tundras, bahías, cordilleras…

Todos los territorios del mundo eran abarcables y, pese al vértigo profundo de aquella inmensidad, me sentía como una melodía topográfica. El dedo escribía una balada de nombres de ciudades y villas, deteniéndose en cada una para que mi lengua pudiese pronunciar, en voz baja y de seguro con hartas deficiencias lingüísticas, los topónimos que desconocía.

Aún puedo perderme en la meditación cartográfica con tanta alegría como entonces. Creo, y espero no perder esa fe como tantas otras cuyo culto he descuidado, que cada mapa es un poema, que cada recorrido es una canción y que todos los lugares, espacios y rincones son la cadencia de la canción.

Por consejo de un viejo amigo al que veo de tanto en tanto –también contra la amistad he pecado por negligencia­–, estoy leyendo un libro sustentado sobre un mapa. Se titula Otra idea de Galicia y no me había enterado de su éxito y del pequeño revuelo que ha montado en los círculos nacionalistas, siempre dados a la crucifixión propia o el martirio ajeno según, por este orden, la partida de nacimiento, el currículo indígena o la sumisión obligatoria al sacrosanto canon del idioma, un canon tan llamado a ser profanado como cualquier otro símbolo patrio, es decir, despótico.

Lo firma Miguel Anxo-Murado, uno de los mejores escritores gallegos y de seguro el mejor de los muchos periodistas que sobran entre mis paisanos. Está escrito en castellano por encargo de una editorial con base en Cataluña y, pese a estas patrias de cartografía tan encarada, es el más admirable ensayo divulgativo sobre Galicia desde Otero Pedrayo.

El libro empieza con la glosa de un mapa, el publicado en 1834 por el topógrafo y terco andarín Domingo Fontán, al que sólo la pericia fría y reciente de los satélites ha logrado superar en exactitud y ojo. El mapa de Fontán es “el rostro del país”, dice Murado citando a  Alvaro Cunqueiro, otro gran prócer que escribía en castellano, aunque sus libros hayan sido fruto de presurosa y correcta traducción al gallego subvencionada por el erario público regional.

Un país de tierra ácida, escasas ciudades en el sentido metropolitano –la mayor, A Coruña es en esencia una aldea, bien lo sé por la duración de las envidias e inquinas personales– y pequeño territorio (el seis por ciento de la superficie española). En esa menuda tierra se aglomera casi la mitad de los núcleos de población de todo el país.

En Galicia, si tiras una piedra de forma arbitraria, cae en una aldea. Soy hijo de una de ellas. La profusa toponimia gallega, que Fontán repasó a pie o a lomos de bestia, abunda en las monotonías. No puede ser de otra forma dado el laberinto de unidades de población: casi 30.000, de las cuales 12.600 tienen menos de una decena de casas. Es normal que predominen las aldeas con el mismo nombre o especulaciones sobre el mismo (una figura santa, un elevación del terreno, un bosque, un río, un antiguo señorío…), pero ninguna otra se llama como la mía, Instrumento.

Mi aldea tiene una docena de casas, está orientada al sur y edificada sobre una de las laderas del valle del Sar, un río con orla sacramental por su aparición en la obra de la poetisa nacional, Rosalía de Castro, una depresiva –quizá también anoréxica– a la que se exalta con demasiada indolencia crítica y cuya “negra sombra” se ha elevado a categoría de himno, lo cual me parece, cuando menos, cálido. ¿Qué otro país puede pavonearse de la tendencia neurótico-depresiva de sus habitantes? Una sola excepción que no lo es: Portugal, una misma tierra con Galicia.

Mi río Sar, en el que me bañé de niño, llevé maíz a sus molinos comunales y pesqué truchas, ya no huele al romanticismo lastimero de la señora De Castro:

Desbórdanse los ríos si engrosan su corriente
los múltiples arroyos que de los montes bajan;
y cuando de las penas el caudal abundoso
se aumenta con los males perennes y las ansias,
¿cómo contener, cómo, en el labio la queja?,
¿cómo no desbordarse la cólera en el alma?

El Sar es desde hace muchos años, y nadie ha movido un dedo para evitarlo, un río pestilente, cargado de aguas fecales y residuos de una papelera… Tras las crecidas invernales, que dejan el cauce a diez metros de la casa de mis padres, las bolsas plásticas azules, blancas y verdes cuelgan de los pocos árboles de las riberas, quemados por la química.

Acaso por la distancia, acaso porque me siento habitante de una discutible pero probable Galicia fuera de Galicia, el libro de Murado me emociona. No carga las tintas en las previsibles y coreadas peroratas sobre la tierra verde, madre, bravú y poblada de seres entrañables dotados por una especie de divina genética de capacidad para el humor con retranca. Tampoco se solaza en la sensiblería arcádica a la que conducen, si no te pones el tan necesario bozal de estilo, el paisaje y el océano.

Otra idea de Galicia habla de los males del monocultivo del maíz traído de América, del ilusorio sueño del reducto celta del que sólo se encuentran pruebas en los mercadillos de artesanía, de las hambrunas, de la pobreza intelectual de los padres del nacionalismo, de las mentiras históricas consentidas en pro de un bien superior (la patria, siempre la patria), del pérfido trato de España (y sus prohombres, desde Lope de Vega hasta Unamuno) con los gallegos (“gitanos, desterrados, delincuentes y gallegos”), de la influencia benéfica de la costa (dos mil kilómetros), de los falsos mitos de la “Galicia salvaje” y la “Galicia adánica”, del también incorrecto lugar común del atraso y el talante conservador…

Y, claro, de la emigración, la diáspora que me tocó vivir de niño en la Venezuela del petróleo y que practicaré otra vez en pocos meses, saltando contigo el Atlántico hacia el único rumbo posible, el oeste.

Murado concluye que el pesimismo y la melancolía de los gallegos tienen que ver con el mapa, inclinado hacia poniente. Estés donde estés el ocaso es visible. Todo en Galicia, desde las tumbas megalíticas hasta las almas, esta orientado hacia el horizonte donde el sol naufraga.

En unos días iremos juntos a Galicia. Veremos el atardecer final de Europa que tanto asustaba a los fenicios, a los romanos, a los suevos…

Comprobarás entonces, en el fin de la tierra, que el paisaje, como decía Pessoa, “no está en parte alguna”. Está allá, más allá, en la forma de soñar, con todo el cuerpo sorprendido, el mapa que nos espera tras la lejanía, en la distancia.

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